¡Qué no sea radical!

PEDRO GIL ITURBIDES
Quien escribe se encuentra en la lista de cuantos se opusieron a la ocupación de Irak. En varias ocasiones escribí contra un acto que juzgábamos lesivo a Occidente. Pero sobre todo, a los estadounidenses, y a los Estados Unidos de Norteamérica. Aunque no contraté un servicio de inteligencia, la intuición nos decía que Saddam Hussein era un gato escaldado. En consecuencia, carecía del demoníaco arsenal que se le atribuía, y estaba lo bastante asustado como para esconder extremistas islámicos.

Siento la satisfacción de encontrarme, en esa oposición a acto tan descabellado, en el grupo del cual formó parte un iluminado del Espíritu Santo, Su Santidad Juan Pablo II. Pero él era uno entre muchos dirigentes mundiales, que trataron de evitar la invasión. Entre ellos, gobernantes que rigen, o regían, naciones habitualmente aliadas de los estadounidenses.

Hoy, tras los resultados de los comicios de medio tiempo en los Estados Unidos de Norteamérica, soy contrario a un cambio radical de política ante Irak. Muchos estadounidenses ansían que el capítulo de Irak quede atrás para siempre. Comprendo a los votantes estadounidenses que expresaron su descontento por el estado actual de aquella locura. Pero esa guerra, desatada sin ningún sentido por Washington, no puede concluir con un me voy y hasta nunca. Los políticos radicales estadounidenses, primos hermanos de los radicales islámicos, tienen un serio compromiso con los musulmanes de paz y de trabajo en Irak. Pero sobre todo con una caterva de políticos a los que no pueden ni deben abandonar como presa de buitres.

Por tanto, está contraindicado un cambio de política en Irak bajo las actuales circunstancias. Como también está contraindicada la muerte de Saddam Hussein, pese a la sentencia que lo condenó a muerte por genocidio y todas sus demás barbaridades. Porque lo digo hoy como ayer presagiamos lo que se vive en Irak: su muerte soliviantará, aún más, a los sunitas. Y bastantes problemas se viven en Irak, como para que Occidente compre nuevas dificultades.

De manera que los nuevos legisladores demócratas en el congreso federal de Washington no pueden doblegar a Bush.

Después de todo, este mandatario no optará por una reelección adicional, y tampoco se hallará en condiciones de propulsar un aliado. De hecho, sus esfuerzos no impidieron que los demócratas lograsen el dominio de las Cámaras del Senado y de los Representantes. Y las responsabilidades que él asumió no son de demócratas ni de republicanos.

Son una errática obligación de la política exterior del gobierno federal de los Estados Unidos de Norteamérica. Por tanto, tropas de la coalición angloestadounidense tienen que permanecer en el conflictivo territorio iraquí, hasta que un gobierno nacional consolide su mandato. Esta ocupación mantendrá la animadversión de muchos radicales iraquíes y de otras naciones de esa región. Pero ese fue un pleito comprado, en razón de que la búsqueda de los terroristas no siguió los mejores procedimientos.

Se quería matar un mosquito con un cañonazo. Y el boquete abierto ha dejado como secuela natural, hondísimo dolor. Más terrible aún es que ha despertado los crudos recuerdos de Viet Nam. Pero eso es irremediable, aunque fue previsto por muchos, alrededor del mundo.

El cambio de política, por tanto, no puede llevar a un abandono de los compromisos creados con el error cometido.