Qué se dice 
Menú con malos tragos

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Desde un principio la estrategia del gobierno fue ponerle un sello de “exógenos” a los imperativos de lanzarse al camino de una reforma tributaria, pero nisiquiera porque el primer cajetazo fue lanzado por el presidente Fernández desde Washington, la opinión pública  hizo suyo el enfoque de que la culpa de que se pretendan impuestos precipitadamente era de la responsabilidad del Fondo Monetario Internacional (FMI). 

Para pesar del oficialismo, a unanimidad  (algo pocas veces visto) los sectores nacionales coinciden en que bastaría con racionalizar el gasto, y hacer  más efectivos los cobros de algunos tributos, para que se logre el ansiado equilibrio fiscal.  Por demás, lo negativo de imponer nuevas cargas a la producción y al consumo se ha puesto en evidencia por anticipado. Muchos productos y servicios han subido de precio, y  algunos patronos de empresas grandes ya diseñan reducciones de personal, sin que se haya llegado todavía a los hechos que las motivarían. Sin que viniera al caso, el secretario de Finanzas, Vicente Bengoa, habló de “revólver” en el pecho, para  causar la impresión de que eran muchas las presiones del FMI, pero a pocos él mismo y el propio organismo se lanzaron a tratar de modificar el sentido de las palabras. Definitivamente, el Fondo lo que hace es proponer fórmulas para que cada quien diseñe  su política de ingresos y egresos y ya hasta tolera el exceso de personal (botellas) que cobra a costa del erario por aquello de la paz social. El “menú” en cuestión tiene grados y énfasis pero toca al oficialismo distribuir los sacrificios. Para desconcierto de la  presente administración, aún antes de servida la “mesa”, le ha tacado recibir los tragos amargos de una derrota de opinión pública a sus propósitos.

 

Pájaros de la misma pluma

Hace años –en la plenitud de las rivalidades- el doctor Joaquín Balaguer  se propuso minimizar el hecho de que los perredeístas estuvieran día a día combatiéndose  y desgastándose políticamente, en la apariencia de  unas luchas intestinas. El caudillo reformista sostuvo entonces que en el fondo no había tantas contradicciones y comparó a los jefes de las tendencias del Jacho de entonces  con ciertas aves que de día vuelan en dispersión pero que al caer la noche van todas a coexistir, durmiendo en el mismo palo. Hoy en día el veterano líder colorado habría tenido que reconocer un poco de esa subrepticia calidad para cohabitar a casi todos los políticos, incluyendo a sus herederos. Sucede que de un tiempo a esta parte el Senado está dedicado a un proceso de selección de los nuevos jueces de la Junta Central Electoral, tarea que, a la luz del día, consistió en aceptar aspirantes de las más diversas procedencias para luego, en varias fases, reducir la matrícula y preseleccionar a los finalistas, un poco al estilo de los concursos de Miss Universo. La nobleza y equidad de la escogitación (como tal vez hubieran dicho el cervantino Carlos Rafael Goico Morales o Demóstenes Cotes Morales) parece que podría desvirtuarse, pues las discusiones finales van a estar evidentemente, condicionadas por unas negociaciones de aposento. Fuera de la vista de la opinión pública en general, cada partido de los tradicionales que logran todavía llevar la etiqueta de mayoritarios va a tener derecho a poner su ficha. A la sombra de algunas de esas noches de conciliábulos, el “liderazgo” nacional, en secreteos con algún ente mayor de la sociedad civil, logrará también que la conformación final del tribunal pase por un filtro en el que el favoritismo valdrá más que los méritos individuales  de los postulados. La nocturnidad de que hablaba el doctor Balaguer ha tomado, pues, unas insospechadas dimensiones.

 

Boca Chica se acaba

 La erosión está devorando a la playa de Boca Chica, sobre todo después de unos trabajos de ingeniera que alteraron la naturaleza en lo que es el único balneario de verdadero dominio público  en las proximidades de Santo Domingo. El sitio que la tradición ha convertido en un patrimonio  para veraneo de los capitaleños, sobre todo de los de pocos ingresos.  A menos que se emprenda un proyecto de rehabilitación a cargo del Estado o algún poder municipal, Boca Chica quedaría en poco tiempo, inhabilitada, y la gente del pueblo tendría que buscar espacios en otras partes del litoral. ¿Pero en cuáles? La mayoría de las franjas arenosas del mar Caribe de estos contornos están parceladas para uso privado, y sobre esa base es que ha tenido un óptimo desarrollo el turismo de “todo incluido” y otras  modalidades. El dominicano de a pie, el de giras en guaguas, camionetas y carros modestos apiñados de familias y de romerías con ollas de espaguetti, pan y ensalada, no tendría mucho qué buscar por ahí. Es probable que aparezcan empresarios dispuestos a “salvar” con sus propios medios a Boca Chica, pero sería para crear más zonas exclusivas. El gobierno no debería esperar que eso ocurra. Debe salvar él la playa para dominio público.