¿Qué caso puede hacérsele a perros rabiosos?

He dicho antes que me encanta el higo, sea fresco, en almíbar o seco. Es una de las más antiguamente cultivadas frutas de la historia. En la Biblia los higos son frutas del jardín del Edén, en la Mesopotamia, en el corazón de Irak. El higo, pues, une dulcemente a cristianos, judíos y musulmanes. Mahoma dizque dijo que “si hubiese una fruta que pudiera llevar al paraíso sería el higo”.

La higuera, o árbol del higo, figura no sólo en el Edén cristiano y judío y en las preferencias de Mahoma. Aparece también en la fundación de otras grandes culturas y religiones. La loba que amamantó a Rómulo y Remo, los fundadores de Roma, lo hizo a la sombra de una higuera. La revelación para fundamentar el budismo le llegó a Sidharta al reposar bajo una higuera.

En Grecia, durante los juegos olímpicos, los atletas ganadores recibían coronas de hojas de higo y eran premiados con jugosos higos frescos. El higo en realidad es una flor y su masa pulposa no es más que la continuación del tallo, que protege la parte interior, donde centenares de semillitas deben ser polinizadas por una abeja especializada que entra por el culito del bulbo.

Por esto, en varias lenguas, como el árabe, se usa la expresión “más raro que una flor de higo”, equivalente a nuestro “más escaso que una muela de garza”: los antiguos no entendían cómo el higo producía fruta sin dar flor.

En Grecia la pasión por los higos fue tal que una ciudad tenía el nombre de la fruta, sykos. Allí se prohibió la exportación de los higos, para no desabastecer al comercio local. Pero precios altísimos estimularon el contrabando. Ese trasiego ilegal hizo que el gentilicio de Sykos tomara otro significado. En lugar de querer decir “amante de los higos”, las imposturas y delitos usados para esconder el comercio tramposo de los higos, hicieron que la voz “sycophanta” (aquí en latín, pero éste del griego) pasara a querer decir “impostor, calumniador”, como todavía hoy aparece en el Diccionario. ¡Mire a ver de dónde viene el sicofante!

La curiosa etimología invita a reflexionar sobre qué clase de periodismo hacemos o queremos. A veces, nuestra prensa parece un higo, con su flor escondida en las entrañas y ocultas sus verdades cada día más indescifrables. ¡Justo como las muelas de garza!