Que hablen los valientes

CARMEN IMBERT BRUGAL
Tres décadas después del asesinato de Orlando Martínez, la ciudadanía se entera de unos detalles trascendentes, empero, como siempre ocurre, sirven sólo para el comentario. El decurso del proceso penal contra los autores materiales de su muerte, concluye sin mayores estremecimientos. Interesó a una minoría. De la conmoción colectiva provocada por su deceso, quedó la persistencia del afecto. El tiempo agotó a muchos. Fue la fatiga de los principios, la desconfianza, tal vez el miedo.

Hasta los abogados que con orgullo asumieron las diligencias procesales, abandonaron los estrados. Hoy, la parte civil está compuesta por profesionales que apenas balbuceaban el 17 de marzo de 1975.

Las revelaciones de los condenados proferidas en la Cámara Penal de la Corte de Apelación de San Pedro de Macorís, avalan la veracidad de hechos atribuidos a especulaciones, a distorsiones urdidas por adversarios de Joaquín Balaguer. Invectivas para perjudicar al artífice de “la revolución sin sangre”. Los ejecutores hablaron. Desvelaron indicios del crimen de estado. Con desenfado, esos sicarios baratos, confirmaron su proeza y la razón que la motivaba. Actuaban obedeciendo órdenes y defendiendo creencias. Era una cruzada en nombre de la paz. Uno de los condenados propaló: Todo aquel que se arrepiente es un cobarde. No hay tiempo para arrepentirse. Orlando era un comunista de ideología (sic) y su partido mató policías y guardias. El concepto de cobardía del susodicho es bastante original. Asesinar es de valientes, arrepentirse propio de pusilánimes. 

Otro de los integrantes de la Asociación de Malhechores (artículo 265 Código Penal) admite con descaro y convicción que “el servicio salió mal.” “No fue un crimen, fue un accidente”. Fue sin querer, caprichos del azar, como diría el poeta. Apuntaban de juego y mataban de verdad. Querían darle un “susto” al periodista. El porqué del susto es importante. Orlando ejercía un derecho y escribía, pero lo escrito disgustaba, ergo, asústenlo, y los esbirros actuaron.

Es inútil el análisis jurídico del caso. El juicio es más historia que logro institucional. Las declaraciones deben servir para comenzar la evaluación del  crimen de estado en la República Dominicana, la dimensión de la represión oficial, chapucera y certera. Esas confesiones permiten, treinta y dos años después, asumir la existencia en el país de una especie de Triple A. Ahora sabemos que los matones actuaban en nombre de las ideas, aunque le pagaran sus servicios con una botella de ron o un aumento de sueldo. Significativo sería averiguar adónde y cómo ocurría el adoctrinamiento. Quién impartía las lecciones y enseñaba cómo combatir el “comunismo ateo y disociador”.

¿Adónde están los maestros? ¿Por qué no hay banquillo que los soporte? Es hora de redactar, sin omisiones, el memorial del abuso, delimitar la  especialidad de cada uno de los grupos, la jurisdicción de La Banda Colorá. Quién subvencionaba “los servicios” y protegía a los autores?

El desparpajo de los culpables desmiente la hipótesis del terrorismo circunstancial, la malhadada creencia de “olas de violencia”. Con o sin pobreza, con o sin la existencia del narcotráfico, con o sin globalización, la vida nacional se ha desarrollado entre el pescozón y el disparo, la bofetada y el machete, la intolerancia, el estupro y la puñalada. Desde el torturador de la tiranía, convertido en buen cristiano, hasta el sicario balaguerista que cometía crímenes por encargo y utiliza la ideología como excusa o es erigido en prohombre y sus infracciones las atribuye a devaneos juveniles.

Los gestores del terror en Argentina durante el período 1976-83 esgrimieron escandalosas justificaciones para validarlo. Utilizaron como ardid la defensa de la argentinidad y la democracia. Se necesitaba sangre para despejar el camino. Los militares y sus secuaces llegaron al paroxismo. Sus tropelías fueron descarnadas, sin disimulo. Célebre la advertencia del general Saint Jean, gobernador de Buenos Aires: Primero mataremos a todos los subversivos, después mataremos a los que colaboran con ellos, luego mataremos a los indiferentes, finalmente mataremos a los tímidos.

Aquí nadie habló. Vivíamos felices, “sin injusticias ni privilegios.” Cualquier coronel matón, cualquier general torturador, cualquier civil cómplice e instigador, convivía con los demás, sin reflejar ferocidad. Durante años negaron la existencia de grupos cuya misión era el exterminio de la disidencia. Los cadáveres, el exilio, la prisión, las sevicias, parecían obra de ficción, invención de opositores, de vándalos sediciosos. El rumor imputaba. Cuando fue imposible continuar la negación el Presidente Joaquín Balaguer se refirió a “Los incontrolables”. Luego descubrieron las bondades de la transacción. El procedimiento adecuado para acallar y sanar heridas. Los paradigmas cambiaron y resulta necio el recuerdo. El tema fue perdiendo interés. La mención contemporánea es casual y se hace evocando el contexto de la guerra fría. Por eso es tiempo de hablar. Oportunidad para los responsables. Que hablen sin arrepentimiento, con la “valentía” exhibida por el gobernador Saint Jean y Lluberito. No habrá revancha. Es la costumbre.