¿Qué hemos hecho con el vivir?

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Se trata de una incomprensible estupidez. Posiblemente la estupidez mejor disfrazada de todos los tiempos. Nos reímos y burlamos de los atrasos de la vida anterior a esta vertiginosa modernidad, tiempos aquellos cuando se trabajaba sólo lo necesario para estar provistos de techo, alimento, un modesto vestuario que no había que estar cambiando para seguirle el paso a las astutas ocurrencias de los modistos, y algún dinerillo para cubrir imprevistos y diversiones simples. Entonces las personas tenían tiempo para pensar, para darle reposo a la digestión de lo que comían sin prisas, para conversar con quienes les acompañaban en el discurrir de la vida, para disponer de un espacio para el ocio o para asombrarse de los prodigios de la naturaleza en todas sus manifestaciones humanas, celestes, animales, vegetales, pétreas o marinas.

Se supone que la vida es hermosa, tanto, que decía Blasco Ibáñez en La Voluntad de Vivir, que “la vida es hermosa por sí misma, al punto de que los sabios, que ni la inventaron ni la han estudiado con éxito en sus enigmas más hondos, la aman profundamente”.

Pero la tarea humana ha sido complicarla cada vez más.

Comemos, nosotros los civilizados, complicados platillos que, además de indigestos, carecen de saludables nutrientes mientras abundan los ingredientes que con el paso del tiempo nos van a traer un rosario de enfermedades.

Bebemos, y no agua, mucho más de lo que es saludable. Trabajamos para rodearnos de cosas superfluas, cada vez menos necesarias y, aún pero, cada vez menos importantes una vez que las poseemos. La vertiginosidad de la enardecida tecnología que en pocos días torna obsoleto un computador, un teléfono celular -que ha de ser cada vez más pequeño y complicado- o un sinnúmero de prodigiosos sistemas cibernéticos para el manejo de la vivienda o el negocio, nos hace víctimas de una comercialización tecnológica efervescente y aperplejante.

Esas prisas que nos pinchan todo el tiempo ¿para qué sirven, si no es para fabricar stress y descomponer nuestros sistemas orgánicos, creados para otro uso?

Cada vez hay menos tiempo para la familia, para las amistades, para el “dolce far niente” -dulzor de no hacer nada- que acuñaron los italianos, apercibidos de la importancia del reposo, entendiéndose que la dulzura del “far niente” se produce después de haber trabajado, porque todo lo estático e igual es aburrido.

Vivimos la prisa y la angustia de producir dinero que en verdad no podemos disfrutar, sino aparentar que disfrutamos mientras tragamos un monstruoso brebaje de sadismo-masoquismo digno de las brujas de Macbeth, que removían su gran caldero ebullente de espantosas hechicerías mientras chillaban “Double, double, toil and trouble”.

Siento algo de aquelarre en las velocidades que no nos dejan vivir.

¿Qué hemos hecho con la vida?

¿Trabajar más horas para vivir menos?

El proceso se ha hecho vertiginoso y está dotado de nuevas características pero el criterio tiene antecedentes lejanos en diversas culturas. Recuerdo un simpático chinito de Kowloon, en Hong Kong, cuando aún no habían llegado los insoñables años de ausencia británica. Era joyero y estaba instalado en una minúscula tienducha en la más importante avenida comercial, que tenía más luces y movimiento que Broadway. Para competir eficazmente contra la multitud de agresivos joyeros que pululaban en la trepidante vía, mantenía abierto su negocio las veinticuatro horas, alternándose con su esposa -que estaba embarazada. Vivían en un opresivo espacio, tras una cortina. Ella era tan efectiva vendedora como él. Trabajando día y noche en una vía en la cual el movimiento no cesaba, aumentaba el volumen de sus ventas y podían ofrecer precios más bajos. Allí pude adquirir un bello reloj Girard-Perregaux que había visto en Suiza al doble del precio que en Kowloon.

¿Pero vale la pena vivir así?

¿Es eso vivir?

No cabe duda. Vivir es un misterio, pero como escribía Benavente en Los Intereses Creados: “No todo es farsa en la farsa; hay algo divino en nuestra vida que es una verdad eterna y que no puede acabar cuando la farsa acaba”.

Hemos volteado el trabajar para vivir, convirtiéndolo en un vivir para trabajar, para sufrir la incesante tortura de las prisas, de las angustias hijas de la ambición o del nerviosismo automatizado que ya se ha hecho imperceptible, indetectable y prácticamente inevitable.

Pero hay que esforzarse en establecer una lógica. Como escribía Longfellow en su maravillosa A Psamto Life: “La vida es digna”.

No le robemos su dignidad con mecanicismos absurdos.