¿Qué impacto producen los llamados
capitales golondrinas?

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POR ADOLFO MARTÍ GUTIÉRREZ
Una gran afluencia de capital puede aportar importantes beneficios económicos a un país, en términos de mayor inversión y crecimiento. No obstante, si su gestión es inadecuada, pueden causar un recalentamiento de la economía, una mayor inestabilidad del tipo de cambio, riesgos financieros y, con el tiempo, cuantiosas salidas de capital.

Es por ello que muchos gobiernos se refieren a los movimientos de capitales “golondrinas”, como una forma de atraerse divisas frescas que pudieran solventar una delicada posición en la balanza de pagos. Pero, al tratarse generalmente de operaciones a muy corto plazo (el 80% de todos los movimientos vuelven al punto de partida en cinco o seis días), el carácter de estos capitales es altamente especulativo y se ven principalmente estimulados por esperadas fluctuaciones de los tipos de cambio.

Hoy día se entiende que la forma en que evoluciona el sistema financiero internacional y el mercado mundial han incentivado los movimientos internacionales de capital a corto plazo. Al mismo tiempo, se entiende que esos movimientos han incentivado el perfeccionamiento de los sistemas y la obtención de mejores resultados, pues los progresos tecnológicos de la información han permitido un comercio global las 24 horas del día. Ese progreso ha posibilitado la creación de nuevos productos financieros para responder a las crecientes demandas de los prestatarios y prestamistas respecto a la seguridad y al rendimiento. Las innovaciones comprenden “swaps” o trueques (mecanismos para transferir los riesgos, intercambio de obligaciones de pago), futuros financieros (contratos de ventas referentes a los valores que se ejecutarán en una fecha futura dada y por un precio estipulado), y opciones (instrumentos de protección frente a la volatilidad del mercado, con derecho a comprar o vender en una fecha futura dada).

¿Qué son y cómo operan?

Los llamados “capitales golondrinas” representan capitales especulativos que llegan con el principal objetivo de poder aprovechar las altas tasas de interés de un país. Otros analistas manifiestan que son también una de las causas de los bruscos cambios en el precio del dólar. Así, el “capital golondrina” es dinero que busca altos rendimientos financieros en poco tiempo. Estos capitales son hoy bastante abundantes en países emergentes, donde llegan para aprovechar las rentables tasas de interés. Generalmente, cuando el capital golondrina ingresa a un país, el ingreso de dólares (que se transforman en pesos) tiende a bajar la cotización de la divisa. Del mismo modo, cuando se retiran, una vez cobrados los intereses, la mayor demanda de dólares empuja hacia arriba el precio de la moneda extranjera.

Los capitales golondrinas tienen varias formas de ingresar a la economía de un país. Un mecanismo habitual se da cuando un inversor que tiene una cuenta en el exterior transfiere dólares a otra cuenta en el extranjero. Las divisas se reciben localmente a la tasa de cambio vigente menos la comisión correspondiente. Esto significa que hay más oferta de dólares, lo que tenderá a su vez a bajar su precio. Los recursos se invierten a un plazo fijo entre un 15-20% y, al vencimiento, se retiran los pesos del banco y se compran dólares (lo que sube su valor), siendo transferidos una cuenta en el extranjero. También hay países que experimentan estos flujos al poder comprar en el exterior acciones de empresas locales que cotizan en Nueva York. O acciones de compañías estadounidenses que se negocian en la Bolsa de Valores de un país determinado.

¿Buenos o malos?

Los países deudores, en especial aquellos países en desarrollo que han abierto sus puertas al capital extranjero, se han visto inundados por entradas de fondos extranjeros considerables. Los bancos locales de estos países se han financiado en mercados de divisas atraídos por los altos tipos de interés de sus depósitos. Se ha comprobado que el proceso puede incitar a los bancos nacionales a estimular nuevos proyectos de desarrollo, edificios de oficinas, viviendas urbanas u obras públicas, hasta el punto de regresar los fondos a su país de origen.

Así, una situación donde tradicionalmente se comprueba el impacto de los capitales golondrinas en la economía de un país es cuando un grupo de especuladores deciden afectar el patrón de comportamiento de la moneda nacional, una vez las cuentas del presupuesto público y las cuentas exteriores se encuentran equilibradas. En este caso, las autoridades han debido permitir que las tasas de interés suban para que se asegure la defensa del patrón monetario (es decir, atraer capital extranjero para que contrarreste los efectos del ataque). Pero este aumento puede alterar las estimaciones de los costos y beneficios de la defensa de la tasa de cambio. Un tipo de interés más alto reducirá el producto nacional y, con ello, aumentará el costo de las políticas vigentes. Igualmente, aumentará la carga de las deudas e inducirá a la morosidad en el reembolso de las mismas, minando la estabilidad del sistema bancario. Posiblemente también requerirá la imposición de impuestos desestabilizadores. Bajo este escenario, soportar la austeridad a cambio de conservar la reputación de defensa del tipo de cambio puede ser menos atrayente.

Pero es útil considerar que las operaciones especulativas y los ataques monetarios no entrañan necesariamente movimientos internacionales de capital. La especulación puede ser llevada a cabo por residentes en su propio mercado. Sin embargo, se cree que este tipo de operaciones termina invariablemente en circulación internacional y con la participación de agentes económicos no residentes. Es hoy comprensible también que el continuo alto nivel de las fusiones y adquisiciones entre las compañías nacionales e internacionales debe también considerarse como una explicación clara de una mayor circulación de capital. Igualmente, gracias a los movimientos especulativos entre países, las empresas transnacionales cuentan hoy con nuevas estrategias de producción y financiamiento que les han permitido contar con considerable liquidez disponible durante largos períodos de tiempo.

Es obvio que, cuando la especulación crece gradualmente hasta llegar a su apogeo, el sentimiento general en una economía es llegar a creer que no se presentarían riesgos. La euforia se irradia también a partir del desempeño de los bancos, metidos a menudo en lo que se ha dado en llamar “préstamos conectados” (es decir, créditos que van principalmente a residentes influyentes). Si el sistema bancario de alguna manera falla y algo desagradable ocurre, todo el mundo espera que el gobierno saque a flote a los bancos en dificultades porque son demasiado grandes para “irse a pique” y los contactos con las esferas gubernamentales demasiado importantes como para que se ignoren sus gritos de clemencia; entonces, los inversores extranjeros no dudarán en aprovechar la oportunidad de los altos intereses de depósito (siempre y cuando la promesa del rescate del gobierno garantice que puedan salir de las dificultades sin pérdidas). Si el gobierno no es lo bastante fuerte en calidad de prestamista de último recurso, se supone que la comunidad internacional se ocupará de ello (a menudo a través del Fondo Monetario Internacional).

Los correctivos

La ofensiva contra los capitales especulativos de corto plazo comenzó con medidas monetarias “clásicas”. Cómo la intención de esos fondos es aprovechar las altas tasas de interés, lo normal es pensar que los Bancos Centrales de la región provoquen que bajen las tasas de las letras o los certificados financieros que emite la autoridad monetaria.

Pero algunas economías han delineado un mecanismo para limitar o mantener bajo control el ingreso de los capitales especulativos de corto plazo que afectan el precio del dólar. El mecanismo que anticipan los gobiernos  se ha fundamentado en la imposición de un plazo mínimo de permanencia de los capitales. Si bien con la baja de las tasas el problema disminuye, el ingreso de ese tipo de fondos es el principal enemigo de la política para mantener un tipo de cambio “relativamente alto” y sin cambios bruscos en la cotización. La idea de los funcionarios es adicionarle a ese plazo una traba extra de carácter impositivo y estudiar, además, otras opciones. Como ya no se tienen incendios para apagar los efectos, una forma en que de los gobiernos debaten cómo podrían utilizar la entrada de fondos golondrinas es aprovecharlos en proyectos productivos.

Hace ya unos años, “The Economist”, la conservadora revista inglesa, encontró una justificación poco sospechable de intervencionista. Una nota de la publicación, casi una Biblia para el mundo de los negocios y las finanzas internacionales, expresaba la preocupación por la “volatilidad” (cambios bruscos en los mercados) que provocan esos capitales de corto plazo y elogiaba el modelo que implementó Chile en buena parte de los 90 para frenar el ingreso de esos fondos. Sostenía que el sistema es relativamente simple: el capital financiero (no el aplicado a una inversión extranjera directa como la compra de una empresa o inmueble) que ingresa al país debe permanecer un lapso mínimo de tiempo. Este plazo, por lo general, no baja de los seis meses. Pero, si ese capital financiero decidiera retirarse antes, debería, sencillamente “abonar una multa”. 

El autor es economista y profesor universitario. E-Mail: adolfomarti@verizon.net.do