Que la obsesión de poder no afecte la institucionalidad del país

El diccionario de la Real Academia Española define la palabra obsesión como “perturbación anímica producida por una idea fija”. Una idea fija puede ser tener poder y cuando esta idea domina a una persona se convierte en una obsesión, condicionando su comportamiento.
Lo anterior viene al caso porque lo que está ocurriendo hoy en el Partido de la Liberación Dominicana no puede desvincularse de la obsesión de poder que tiene el expresidente Leonel Fernández. Desde su salida de la presidencia de la República en 2012, Fernández ha estado actuando como si siguiera siendo presidente del país, en su entorno se le trata como tal y el mismo no ha ocultado esa situación cuando llegó a expresar en varias ocasiones que él era un presidente en busca de empleo.
Adicionalmente, es bueno mencionar que Fernández se ve a sí mismo como el hombre del destino, que tiene la misión mesiánica de volver a gobernar el país para completar un ciclo histórico. Su concepción del liderazgo así lo caracteriza.
Al cerrarse la posibilidad de la reforma constitucional que habilitaría al presidente Danilo Medina para un nuevo periodo gubernamental, Fernández expresó la inevitabilidad de su candidatura a la presidencia de la República de una forma tan segura que llegó a anunciar lo innecesario de celebrar primarias. Posteriormente, les inculcó a sus seguidores la idea de que ganaría las primarias con una votación arrolladora (70% a 30%), sin dejar abierta la posibilidad de una derrota, lo que expresó de manera contundente en un programa de televisión.
Por lo tanto, la no aceptación de Fernández de su derrota en las primarias del domingo pasado era previsible dado el comportamiento obsesivo que desde hace tiempo viene exhibiendo en relación con su deseo de volver a gobernar la República Dominicana. Su adicción al poder lo ha conducido a no reconocer la realidad y a no poner los pies sobre la tierra. Una frase de Franklin Delano Roosevelt resume lo que les ocurre a los adictos al poder: “el poder es peligroso, enlentece la percepción, nubla la visión, aprisiona a su víctima, por muy bien intencionada que sea, y la aísla en un aura de infalibilidad intelectual contraria a los principios democráticos”.
El obsesionado con el poder no acepta resultados electores que le sean adversos, contrariando así una de las bases fundamentales del juego democrático que establece que a las elecciones se va a ganar o a perder y de que una vez derrotados, los partidos políticos, los lideres, los candidatos, tienen que aceptar la derrota, sin importar la decepción que eso produzca. Lo contrario es poner en peligro la estabilidad del país y el Estado de derecho.
Lo que se impone en esta circunstancia es respaldar a la Junta Central Electoral por el gran trabajo realizado y exigir que se respete el veredicto de las urnas.