¿Que Los Pobres No Pagan Impuestos?

Osvaldo Montalvo Cossío

“Una nación que intente prosperar a base de impuestos es como un hombre con los pies en un cubo tratando de levantarse tirando del asa.”

Winston Churchill

Hace tiempo leí en un ensayo (lamentablemente no recuerdo su autor) que la diferencia más inútil es aquella que se establece entre los impuestos directos e indirectos. Dice el autor: todos los impuestos son directos. Totalmente cierto, como que todos los bienes económicos tienen un propietario. O no son bienes económicos. Todos los impuestos son directos en cuanto recaen directa o indirectamente, en lo inmediato o más adelante, sobre un contribuyente perfectamente identificable. Un contribuyente acorralado, preso, que no puede evitar el pago del tributo. Porque un supuesto de inicio, aquí como en todas partes, es que sólo se pagan aquellos impuestos que no se pueden evadir. (Este no es siempre el caso, pero otra cosa implica una sociedad solidaria, que no es la que tenemos.) Lo importante es seguirle el rastro al impuesto, analizar si una contribución aquí se asimila como un golpe inevitable y sin respuesta, o se traslada lateralmente y en el tiempo de manera que sean los más p… pobres quienes  paguen la cuaba.

Empecemos por entender que los impuestos son una simple exacción: quitar aquí para dar allá. El cobro de impuestos no añade absolutamente nada a la producción o a la riqueza. Peso cobrado en impuestos, peso pagado en impuestos por un contribuyente particular y específico. No ha sucedido nada más, ni se ha sembrado media tarea de arroz ni se ha exportado un saco de batatas. Lo que gana el Gobierno lo pierde el contribuyente. Esto es resultado de que los impuestos no tienen contra prestación, el Gobierno los impone (aquí el término no es retórico) en base a su fuerza política. De hecho, dicen los politólogos que el Gobierno, como representación del Estado, tiene tres monopolios que no cede: la emisión monetaria, el cobro de impuestos y la fuerza (las armas).

Hay tres racionalizaciones para el cobro de impuestos: a) el sostenimiento del Gobierno (el mantenimiento del rey y su corte, el pago de la nómina pública), b) la provisión de bienes y servicios públicos (la construcción de carreteras y parques, la salud, educación pública), y c) el subsidio a los más necesitados. Por supuesto que la mitad, no menos, de lo que se cobra en impuestos cae en un subcapítulo, e) corrupción e ineficiencia, el enriquecimiento e ineptitud de los funcionarios públicos. Por ello aumentar la presión fiscal es una batalla campal entre el Gobierno y los contribuyentes, porque están colocados en frentes opuestos. En principio no debía ser así. Si el rey fuese frugal, y la ayuda llegara a los más pobres, los impuestos se convertirían en bienes y servicios públicos a su valor. El país florecería, se vería limpio y solidario, porque lo que distingue el desarrollo del subdesarrollo no es la riqueza privada sino el capital social. Quien emigra a EUA no va con la expectativa de ganar mucho más dinero sino de utilizar –entre muchos otros servicios- un transporte público confiable.

La racionalización específicamente económica de una política fiscal activa se debe a Keynes. Ciertamente, los impuestos son quitar aquí para dar allá, pero quitar aquí donde no se gastan –reduciendo la demanda efectiva- para dar allí donde se gastan completamente –induciendo crecimiento-. Entonces, la política fiscal –que se extiende a política social- tendría un efecto favorable en el crecimiento del ingreso… Pero no siempre es así. En la prisa por dar a conocer la Teoría General, Keynes no analizó el asunto con suficiente cuidado. El efecto (Robin Hood) de quitar a los ricos para dar a los pobres tiene límites precisos: primero, el efecto sobre la propensión al consumo se agota rápidamente y no es suficiente para recuperar el empleo pleno. Segundo, la actividad privada tiene que mantener una rentabilidad satisfactoria, o cesa, provocando el efecto contrario al que inicialmente se pretendía. A partir de ese punto, el gasto público tiene que constituirse en inversión productiva –es decir, en facilidad de producción genuina y verdadera-, o si no, su efecto es de simple traslado de ingreso (Robin Hood de los políticos, quitar a la sociedad para dar a la clase política). Desafortunadamente, todos estos movimientos son simultáneos y están entremezclados por lo que en la práctica resulta imposible establecer qué hay de uno y qué de otro. Siguiendo de nuevo a Keynes, la tradición ha sido la de “es mejor esto que no hacer nada”, el gasto excesivo por lo menos mantiene las tuberías lubricadas. Aunque no tenga efecto real, aunque provoque inflación. Nos movemos, todos tienen la sensación de que vamos a algún lugar.

Pero llega un momento, como ahora, en que todo mundo siente que suficiente es suficiente. No más impuestos para mantener las queridas de los políticos. El Gobierno gasta como niño malcriado, a cada paso y problema quiere resolverlo con más impuestos que, por supuesto, paga la sociedad. Un segmento importante de la población llega a un nivel de ingreso disponible de apenas sobrevivencia. ¿Más impuestos? Entonces los técnicos oficiales se inventan aquello de: “los pobres no pagan impuestos”. ¿Ah, sí? ¿Y cómo es eso? ¿Acaso los productos que compran y consumen los pobres no pagan impuestos de ningún tipo en todo su encadenamiento anterior? Porque no hay que ser demasiado perspicaz para darnos cuenta de que los empresarios trasladan a precios todos los impuestos que pagan. De otra forma se caería su rentabilidad. Obviamente, lo pueden hacer en la medida en que dicho aumento de precio no derrumbe sus ventas. Por eso justamente es que la agresividad e injusticia fiscal concentra el ingreso en la raíz, porque imposibilita la producción a pequeña escala. Lo que pasa, mi querido Sancho, es que los pobres pagan impuestos en los precios, no sobre su ingreso. Una vuelta que quizás los haga sentir más felices, o menos tristes. Al cabo son tan p… obres.