¿Qué pasa en Estados Unidos?

Los resultados electorales que convirtieron a Donald Trump en presidente electo, traduce un fenómeno silencioso y de peligrosas potencialidades porque encontró en una competencia por la Casa Blanca, el “hecho visible” capaz de orientar tendencias de insatisfacción en franjas ciudadanas hastiadas de su clase política y legitimadoras de un modelo de la anti-política extremadamente popular.
Subyacente y vaso comunicante del desagrado, el estadounidense blanco socialmente disminuido y replegado a la ruralidad siente terriblemente una transformación económica que desplazó en los últimos 15 años a 5 millones de empleos fuera de Estados Unidos. Y esa dramática situación representa el caldo de cultivo de un discurso agrio e irritante frente a las minorías étnicas, pero seductor a los desvencijados financieramente y no aptos para ingresar a un mercado laboral muy exigente y de requerimientos académicos excepcionales.
Aunque el milagroso proceso de recuperación económica conducido por la administración Obama coloca el desempleo en 4.6% es innegable que la característica esencial de esas plazas de trabajo están determinadas por bajos salarios y calidad del empleo. Por eso, el bienestar expresado en las cifras anduvo divorciado de amplísimos segmentos de la sociedad a los que la “mejoría” no llegaba en los últimos años. Podría ser materia para entender las incongruencias del proceso electoral estadounidense: Michigan/Detroit y todo el cinturón industrial, escenarios del financiamiento automotriz y modelo exhibido por la administración demócrata para demostrar la eficiencia de su gestión fueron plazas de un voto abrumadoramente favorable a Donald Trump.
Cuando los sectores liberales reaccionaron frente al discurso agresivo del candidato republicano subestimaron la capacidad de compactación de sus propuestas, “percibidas con tintes de radicalismo”, al punto de que la cúpula del partido se replegó de un aspirante decidido a obviar los barones de la organización, pero conectado con la base social conservadora. Y lo logró!
Para entender lo que pasó el 8 de noviembre en las urnas debemos poner en contexto que los outsiders exhiben una jurisprudencia significativa, porque tanto en el orden local como en la estructuración de un candidato presidencial, figuras como Jesse Ventura, Dave Duke, Arnold Schwarzenegger tocaron las puertas del triunfo en sus respectivas demarcaciones, siendo extraños al ordenamiento electoral. Eso sí, la candidatura de Trump asimiló la participación de Ross Perot en 1992 que, presentándose en una boleta independiente, facilitó la victoria de Clinton. Ahora, lo inteligente era utilizar la plataforma de una organización histórica, y GOP (Grand Old Party) representó la vía del éxito de un aspirante sin raíces en el partido y muy consciente de la utilidad de la estructura partidaria.
Dos elementos a destacar. Primero, desde la perspectiva de la fuerza republicana triunfadora existen todas las condiciones de un partido a reorientarse alrededor de los nichos, ideas y fuerzas sociales que hicieron de Donald Trump el referente incuestionado de cómo se ganan las elecciones. Sin los Busch, Condoleza Rice, Paul Ryan, Colin Powell y John Mc. Cain el viejo orden concluye un ciclo, y el único exponente con capacidad de sobrevivir es el actual presidente de la Cámara de Representantes. De segundo, un partido demócrata que sus élites impusieron una candidatura, sin escuchar los anhelos de la sociedad enamorada de Bernie Sanders porque el discurso de la organización con los Clinton se apropió del centro-conservador, alejándose de corrientes entusiasmadas por Obama.
Lo innegablemente trascedente de los resultados electorales consiste en un Donald Trump con la valentía suficiente para derrotar a la gran prensa estadounidense. Una acción de esa naturaleza merece la ponderación y el reconocimiento.