QUÉ SE DICE

CLAUDIO ACOSTA
c.acosta@hoy.com.do
El turno del Metro.-Como estamos en campaña electoral -por si ya lo habían olvidado- ahora le toca el turno al Metro de Santo Domingo de convertirse en el  blanco de las críticas de la oposición política, principalmente del PRD y su candidato presidencial Miguel Vargas Maldonado, sobre todo después del espectáculo, transmitido a todo el país por una amplia cadena de televisión contratada para tales fines, en que se convirtió el prometido recorrido de prueba realizado por el presidente Fernández, los legisladores que lo acompañaron y la caterva de invitados que se sumaron gustosos al coro de celebrantes,   coronado por la turbamulta en que degeneró todo aquello cuando en horas de la tarde se permitió al “pueblo” disfrutar de un paseo gratis en el novedoso medio de transporte.

Se va a decir que el Metro se construyó sin el debido consenso, con una absoluta falta de transparencia y sin los estudios que determinaran que esa era la opción más conveniente para solucionar  nuestros problemas de transporte,  y  estarán diciendo la verdad. También dirán que por culpa de la obsesión del presidente Fernández por  el Metro, para cuya construcción hubo de arrancarle  de las costillas a los nobles y sufridos contribuyentes más de 25 mil millones de pesos, se desatendieron las inversiones en áreas tan importantes  para nuestro desarrollo como  salud, educación y obras públicas y para colmo habrá que subsidiarlo, y no estarán mintiendo. Como tampoco dice la verdad la cantaleta oficial, convertida ya  en propaganda, que proclama que su construcción  nos instala, de golpe y porrazo, en la más moderna modernidad, pues lo cierto es que  los dominicanos y dominicanas necesitaremos mucho más que un Metro de 14 kilómetros y un celular guindando de la cintura para merecer el pomposo calificativo de modernos. Se trata, sin embargo, de una estrategia condenada al fracaso, y no porque al electorado no le importe ni le duela el uso que se da a los  fondos públicos, sino porque hace tiempo que se resignó a las impunes depredaciones de quienes le han mal gobernado en las últimas décadas, al extremo de que considera casi un milagro que alguien se preocupe por legar a sus gobernados alguna obra de utilidad en lugar de echarse  esos recursos en los bolsillos y a Dios que  reparta suerte.