Qué se dice

CLAUDIO ACOSTA
c.acosta@hoy.com.do
Atrapado y sin salida.-  No hay dudas de que la  a      dmisión, por parte de Antonio Marte, de la existencia de irregularidades en la distribución del gasoil subsidiado, tal y como ha venido denunciando, de manera sistemática, ANADEGAS, debilita aún mas la precaria situación del gobierno, obligado a justificar un privilegio al que no hay forma de encontrarle justificación, y enfrentado a los reclamos de otros grupos de transportistas que se creen con tanto derecho como los  “dueños del país” a recibir el auxilio de la generosa mano del gobierno.

Sin querer queriendo y gracias a su errática política de subsidios, que acaba de integrar a los productores avícolas, el gobierno  se ha metido en un callejón del que le resultará muy difícil salir, a menos que esté dispuesto a enfrentarse con transportistas que han probado hasta la saciedad su capacidad de trastornar gravemente un servicio tan vital y, por vía de consecuencia, también el sagrado orden público. Precisamente por estar metidas en ese callejón sin salida es que las autoridades  han cerrado sus oídos a la propuesta de la presidenta de ANADEGAS, Sandra Watley, quien para evitar  quejas en torno a ese subsidio propone la  eliminación pura y  simple de los impuestos que se aplican al gasoil, para q            ue todo el mundo  pague el mismo precio por el combustible, sin favoritismos ni irritantes privilegios.

Al que le sirva…-  Fray Arístides Jiménez Richardson, coordinador general de la Pastoral Penitenciaria, ha ganado merecida fama de no tener pelos en la lengua,  lo que acaba de probar una vez mas con su declaración de que la política pública de persecución del crimen que auspicia el gobierno a través del Plan de Seguridad Democrática es un completo fracaso,  por  lo que necesita de una urgente revisión. Es probable que, dadas  las circunstancias en que se producen esas declaraciones,  se interprete que sus críticas van dirigidas al jefe de la Policía Nacional, el mayor general Rafael Guillermo Guzmán Fermín y su política de mano dura, pero lo cierto es que el religioso se cuidó de ofrecer su apoyo, aunque tímido, al trabajo de la uniformada. Pero sea quien sea a quien le sirva el sombrero hay una cosa que deberíamos tener bien aprendida desde los tiempos de Candelier: matando delincuentes no se acaba con la delincuencia.