Qué se dice

Reporteros de este diario que hace unos días visitaron, en diligencias propias del oficio, las oficinas del director general de Migración Siquió NG de la Rosa, se tropezaron sin querer con una pequeña sorpresa, que hubiera pasado desapercibida si no es porque el fotógrafo, atento siempre a los detalles, repara en ella. Sobre el escritorio del funcionario había una gorra de color rojo, puesta ahí como por casualidad, con una inscripción bien visible sobre la visera: “Hipólito Mejía: 2004-2010/ Movimiento Político Reeleccionista los Diablos Rojos”. Cuestionado por los reporteros el funcionario, un tanto desconcertado, restó importancia al “obsequio” que, según dijo, acababa de recibir de un amigo, y tal vez por eso tampoco pudo satisfacer la curiosidad de los periodistas, interesados en saber por qué la gorra, en lugar de 2004-2008, como sería lo lógico, se extiende hasta el 2010. La JCE, que ayer mismo advirtió que tomará medidas contra los partidos que utilicen símbolos y colores de otras organizaciones, sabe ya por dónde empezar a trabajar.

[b]Mirando llover[/b]

Perdida, hace rato, la capacidad de asombro, lastima sin embargo comprobar cómo se ha perdido, igualmente, la de avergonzarnos, insensibles a la insidiosa degradación de instituciones a las que vemos envilecerse, delante de nuestras propias narices, como quien mira llover. Por eso no hay que esperar mayores sonrojos tras las declaraciones del abogado del banquero Ramón Báez Figueroa, Vinicio Castillo Semán, dando cuenta de las supuestas diligencias, todavía sin desmentir, de algunos dirigentes del PPH para modificar, a papeletazo limpio, la Constitución de la República, para restablecer la reelección presidencial. Esa escandalosa revelación, sin embargo, nos ha dejado tan indiferentes que parecería que esos tejemanejes, absolutamente condenables en cualquier democracia que se respete, son el pan nuestro de cada día de nuestro Congreso Nacional. Y lo peor de todo: a nadie, ni siquiera a los legisladores, parece importarle.

[b]Súplica al general[/b]

Cada vez son más los barrios y sectores que se ven obligados a denunciar, acorralados por la impotencia, el infierno al que los somete una delincuencia feroz y desalmada, que ha convertido a sus residentes en rehenes del miedo y la inseguridad. En esta ocasión le ha tocado el turno a los moradores del paraje San Miguel de Lomas Lindas, a la altura del kilómetro 30 de la autopista Duarte, quienes se quejan de la zozobra en que los mantienen los pandilleros de la zona, que a falta de qué robar se han llevado -según cuentan- hasta los sistemas de alambrado eléctrico de las casas. Hasta hace poco una comunidad tranquila y apacible, tal y como la describen sus residentes, ha devenido en guarida de malhechores, por lo que suplican al jefe de la Policía Nacional que acuda pronto en su auxilio. O sea que el general Jaime Marte Martínez, siempre tan atento y caballeroso, ya tiene quien le escriba.