QUE SE DICE
“Citas citables” I

La cultura de evasión de que hablan algunos altos funcionarios tiene su profunda motivación en otra cultura muy nuestra también: la de que “a lo que nada nos cuesta, hagámosle fiesta”. ¿Quién duda que ese ha sido el grito de guerra de la mayoría de los grupos que a través de la historia han ascendido al poder en este país? Por lo regular, lo que el fisco produce termina regido por gente que no se comporta estrictamente como si se tratara de algo ajeno, o dicho mejor: que lo recaudado viene del sudor de los contribuyentes, a los que se mira como seres anónimos, sin contornos ni individualidad y a los que apenas se rinde cuenta. Muchos políticos han hecho lo mismo: llegan, se sientan y disponen, y parece habitual que tomen decisiones a espaldas de quienes (¡el pueblo!) verdaderamente generan las riquezas que les han puesto a administrar. No se necesita mucha imaginación para suponer que alguien (no se podría precisar quién) desde lo alto del Estado, pudo haber dicho en estos días: ” quiero que escojan cortinas muy caras y sillones muy caros para amueblar el nuevo edificio, y además, por favor, saquen una buena tajada de los recursos públicos para que esos pobres señores de Santiago puedan terminar su hospital; pero eso sí: lo único que no quiero que me toquen son los cuartos del Metro, que ya esa chulería que soñé cuando niño está decidida, caiga quien caiga”. Y como es lógico, los que caen son los pendejos que pagan impuestos.

“Citas citables” II

La Marina de Guerra resultó injustamente afectada por el boletín policial que puso al descubierto la presunta existencia de una banda acusada de múltiples crímenes y que habría estado integrada por miembros activos de las tres ramas de las Fuerzas Armadas más un agente policial. Alguien de la vida civil que ya tuvo acceso a documentos relacionados con el caso afirma que la Policía se precipitó con su información sin comprobar bien los detalles. Esto por lo menos en lo que se refiere a los supuestos marinos, pues se habría tratado de sujetos que habían dejado de pertenecer a la institución naval hace algún tiempo. Probablemente ocurría que con falsificaciones seguían presentándose como “navegantes”. Y ciertamente, esto duele, pues en todos los organismos castrenses hay presencia mayoritaria de honorabilidad, y es hiriente que los nombres de las ramas militares tengan que salir a sonar por culpa de bribones, y peor aún si se trata de elementos que no pertenecieron con dignidad a sus filas. He ahí un poderoso motivo más para que las instituciones castrenses acentúen a su alrededor, con la mayor fuerza posible, la frontera entre el bien y el mal. Tomen en cuenta los caballeros de los cuarteles que hay quienes pasan por el poder y después sólo dicen: “yo no sé nada, yo llegué ahora mismo; eso de enganchar, reenganchar y ascender a personajes cuestionados fueron cosas de los propios guardias”.

“Citas citables” III

La orden clave que se ha dado a los policías es la de “no se dejen matar”, sin los matices que indiquen hasta dónde puede llegarse para evitarlo. Es lo que uno puede interpretar cuando escucha lo que dice el jefe del cuerpo del orden, mayor general Manuel de Jesús Pérez Sánchez, en la continuación de su discurso tendente a exonerar totalmente de responsabilidades a los agentes envueltos constantemente en “intercambios de disparos” con trágicos saldos. Además hay que tomar en cuenta que los fugitivos o perseguidos que más rápidamente pierden la vida son aquellos a los que se atribuye haber matado a miembros de la Policía. Siempre se ha dicho que existe una especie de ley no escrita que marca destino al que osa disparar mortalmente contra los guardianes del orden o contra alguna autoridad del mismo tipo. Viene a ser algo así como una “orden extrema de cobro” de expedición automática y que en el mundo castrense es implacable cuando se trata de que algún subalterno mató a un superior. La vida dominicana presenta muchos episodios así. El creador de la “Doctrina Ludovino” figura en la historia con su propio caso. El legendario general fue abatido en San Juan de la Maguana en el decenio de los cincuenta por alguien de menor rango que de inmediato corrió la misma suerte. Por lo visto, la orden actual de “no se dejen matar” incluye, para por si acaso, una subsecuente instrucción harto sabida: “si la liebre se nos va un día, que no vuelva a pasar; que el contrincante también pague con su vida”.