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CLAUDIO ACOSTA
c.acosta@hoy.com.do 
Pocas veces tiene uno la oportunidad de tropezarse con un ejemplo tan  ilustrativo   de lo que está ocurriendo con muchos delincuentes –demasiados, en realidad– en este país como el caso de un joven de 22 años nativo de La Romana, quien el mismo día en que fue puesto en libertad por un juez, tras ser acusado de robo y otros delitos, cayó abatido a balazos, junto a un cómplice,  en un intercambio de disparos con una patrulla policial que  los  sorprendió cuando intentaban robar en una casa de cambio.

 A propósito de tan llamativo caso, del que se han hecho eco prácticamente todos los periódicos nacionales,  se podrá  decir, como otras  tantas veces, que la culpa  es de unos jueces demasiado benignos al momento de valorar  las pruebas aportadas contra los imputados,  pero también se hablará de las debilidades e insuficiencias técnico jurídicas de los expedientes que elabora el Ministerio Público,  y hasta uno que otro nos recordará, porque nunca falta en esas discusiones, el gran pecado en el que hemos incurrido al  poner en práctica una legislación tan permisiva y garantista de los derechos de los delincuentes como el Código Procesal Penal sin tener en cuenta nuestra realidad sociocultural ni las debilidades endémicas de las instituciones responsables de su aplicación, por lo que en el fondo es el gran responsable de que tantos delincuentes anden por esas calles de Dios perpetrando mil y una diabluras. Pero sea de quien sea la culpa lo cierto es que si seguimos por ese camino de nada valdrá diseñar programas de seguridad ciudadana como Barrio Seguro o invertir cuantiosos recursos de los contribuyentes en equipar adecuadamente a  la Policía, pues a pesar de la eficacia con que esta ha puesto en práctica, a través de los famosos intercambios de disparos, una sistemática política de exterminio de los delincuentes (175 han caído desde el 19 de agosto pasado hasta el día de hoy) resulta harto evidente  que la institución del orden no puede sola, mucho menos recurriendo a métodos tan bárbaros,  con un problema que hace rato desbordó nuestra capacidad de enfrentarlo con eficacia.