Qué se dice
Marineros somos…

El capitán de navío Milcíades Romero Florentino, no es solo un hombre de mar sino de Dios. Capellán de la Marina de Guerra, para mayor seña. Antier, con motivo de una Eucaristía por el 163 aniversario de la fundación de la institución naval dominicana, este pastor de almas demostró que tiene muy presente las cosas materiales que son importantes para sus “ovejas”, los marineros, y para la República en sentido general.

Con los pies firmemente puestos sobre la tierra, el capellán formuló la clara advertencia de que en este país no puede hablarse de seguridad ni de garantías de paz para el ciudadano mientras los policías y militares (entre los cuales están, desde luego los miembros de la Marina) sigan ganando sueldos de miseria porque entonces la delincuencia es susceptible de extenderse corrompiendo a muchos de los propios guardianes de la ley. En el lenguaje de la navegación, el reclamo del padre Milcíades vendría a ser lo que llaman “tirar el cabo”. Lanzar una cuerda desde cubierta a algún tripulante que cayó al mar y podría ahogarse, pues es evidente que la mayoría de nuestros hombres de uniformes devengan salarios de hambre y seguramente viven con el agua al cuello, como los náufragos.

Aunque usted no lo crea

El derecho a exportar metales (en su mayoría robados descaradamente casi ante los ojos de la sociedad) es tan “sagrado” en este país que al gobierno no le ha importado todavía que la sustracción de cables lesione continuamente las finanzas de empresas que prestan servicios imprescindibles para la nación, como son el suministro de electricidad, la comunicación telefónica y la transmisión de señales de radio y televisión. El hurto indetenible de objetos metálicos ultraja la memoria histórica dominicana haciendo desaparecer símbolos y tarjas colocadas en honor a los patricios y para resaltar momentos estelares de nuestra pasado. Para las autoridades nada de eso cuenta, pues permiten que siga el único incentivo que tienen los ladrones de metales que es el de la libre exportación de sus botines, que salen sin tropiezos por los puertos dominicanos.

¡¡Inaceptable!!

El honor y prestigio del Congreso Nacional van a estar amenazados por las sombras de la duda mientras exista el infame mecanismo que se ha dado en llamar “El Barrilito”, que permite un grueso suministro de dinero del Erario a los congresistas para que atiendan necesidades de sus prosélitos. Es decir: para que mantengan en alto su imagen frente a conciudadanos y se garanticen así sus futuros electorales. ¿Quiénes pagan esa protección de imagen y esa vigencia política? Los contribuyentes, injustamente obligados a hacerlo en base a un pacto congresional inaceptable, traída por los cabellos. Además de haberse establecido por este medio una condición de privilegio y de inequidad en favor los legisladores, el país puede temer, razonablemente, que no logre ejercerse un efectivo control sobre el buen o mal uso de esos recursos, aparte de que la asistencia a los necesitados es tarea de otras áreas del Estado. Pretender que los legisladores funjan de “reyes magos” y de filántropos, en vez de usar esos recursos para fortalecer institucionalmente la asistencia social del propio Estado, es un extravío.