Qué se dice
Purga y revancha

No puede ser una pura casualidad el hecho de que después de la expulsión casi masiva de agentes en falta de la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD) los efectivos que siguen activos en sus filas por buena conducta estén siendo recibidos a tiros y pedradas a cada sitio que llegan a cumplir con sus obligaciones de perseguir el narcotráfico. No se está tratando de actos aislados.

 Ocurren en puntos distantes y a diario, como si una parte podrida y desprendida de la DNCD, esté tomando venganza de quienes permanecen en la institución bajo la confianza de su presidente. El gobierno y las Fuerzas Armadas tienen que abrir muy bien los ojos con esto, pues sucede que lo que se da en llamar “expulsión” de la DNCD  por lo regular no ha sido más que una desafiliación del organismo que de todos modo no coloca fuera de los institutos armados y policiales a los purgados, que generalmente siguen con sus mismos rangos y armas aunque no les llamen transitoriamente a servicio en las instituciones  de las que procedían antes de ingresar a la DNCD. ¿Quién monitorea a esa gente?

¿Invasores o invitados?

Basta una ojeada a miles de obras en construcción, incluyendo la fase de trabajos  de albañilería común  y corriente del faraónico Metro para convencerse de que son trabajadores haitianos en su inmensa mayoría los que hacen posible  el dinámico desarrollo urbanístico de Santo Domingo. Por lo regular quienes diseñan, calculan, y dirigen los proyectos  son los dominicanos, pero si se fuera a extraer masivamente a todos los haitianos que aportan su fuerza de trabajo a la construcción el desarrollo inmobiliario dominicano quedaría paralizado. Sobre lo que está pasando en la parte oriental del país, especialmente en los puntos turísticos y sus arrabales de las inmediaciones, hay que reconocer  que el verdadero idioma “oficial” de los pobladores de esos sitios  vinculados a la construcción es el creole, además de que va en ascenso  el índice de haitianos empleados por los resorts. La haitianización va viento en popa sin que importe el estatus de esa poderosa masa laboral. Por lo demás, son tan frágiles los controles migratorios y es tan ficticia la línea fronteriza, que llamar invasores a esos inmigrantes que llegan como Pedro por su casa y que son codiciados por empleadores agrícolas y de la industria de la varilla y el cemento, no tiene sentido. Aquí hay un país de doble moral y sobrada hipocresía que está  dando motivos de sobra para suponer que los haitianos son  nuestros más aprovechables huéspedes, con un rol  productivo de primera magnitud.

Sin garras para el orden

Ya se dijo recientemente que las calles y carreteras del país están sometidas a diario a la pesada y trastornadora incursión de vehículos pesados (camiones y patanas) que en buena ley deberían estar hace tiempo en algún cementerio de chatarras. Por obra y gracia de los remiendos y las reparaciones superficiales, esos monstruos defectuosos  se desplazan sobrecargados y contaminantes causando  los peores accidentes de tránsito de la vida nacional, Muy pocos  de los  neumáticos desgatados que predominan en el transporte de carga  podrían estar rodando en las calles si aquí hubiera  un mínimo de responsabilidad en las autoridades  para oponerse al gran peligro que causan los camioneros dominicanos con las porquerías de gomas que emplean. De cada diez camiones, quizás dos tienen las luces en condición correcta. La carburación  de motores desfasados y descuidados  constituyen  una de las principales fuentes emisoras de gases nocivos. Santo Domingo y todas las carreteras dominicanas soportan una nutrida  flota de vehículos de carga para los cuales no hay normas ni control que se apliquen en nombre de una sociedad abusada y sometida a graves daños ambientales. Ese degradante libertinaje  lo que indica es que el gobierno carece de garras para defender el bien común  como un verdadero “león” aunque se ufana en su propaganda electoral de que ruge, ruge, ruge”. Solo palabras.