Quejas santiaguenses

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Porque resulté sorprendido al saber que a Bruni Estévez le habían quitado la cartera, lo comenté a Silvania Guzmán. ¡Qué craso error cometí!

-¡A mí también me asaltaron! ¡Me quitaron la cartera, y lo peor es que supe que los dos motociclistas se dirigían hacia mí para robarme! ¡No pude escabullirme, y nadie hizo nada en mi defensa!

No terminaba con esta queja, la terrible amargura de Silvania. Por ello, adicionalmente, me dijo que su primera reacción fue enviar una carta al Presidente de la República.

-Habría sido un exceso –intenté decirle- pues…

-Ningún exceso. Yo no voté por un relacionador público para el gobierno. Voté por un Presidente para que gobierne, y el gobernar supone asegurar la seguridad de los ciudadanos, entre otras cosas. En un pueblo en donde no haya seguridad, en el cual la gente carezca de confianza para caminar por las calles con una cartera, con un paquete, con un bulto, no se trabaja para el porvenir. En el país, sin que nos demos cuenta, paulatinamente, se está minando la fe en el trabajo. Y eso es malo.

Bruni, al contarme su caso, lució menos enardecida. También ella, como Silvania, se dirigía a la vivienda de los suyos. La interceptaron unos motociclistas, e, indefensa, entregó su cartera. Ríe al recordar lo acontecido, y únicamente la voz se quiebra al hacer recuento de lo perdido. Sobre todo, el dinero.

Silvania, por el contrario, no puede recordar el incidente. Se solivianta sin remedio, y expresa descontento, insatisfacción y frustración. Entre aquello que enarbola está la extraña indisposición de las gentes para intervenir en defensa del prójimo.

-Silvania, es que los ladrones también son su prójimo, y, sin duda, están armados, le digo en un intento de tomar a chacota lo que es irremediable. Pero no está ella para sandeces, e, intolerante, reacciona con un contenido furor.

-Forcejé por mi cartera. No por ella ni por el dinero que, después de todo, no era gran cosa. Bruni perdió más. Peleé al contemplar la impunidad con que actúan. Me amenazó el que montaba en la parte trasera del sillón, asegurándome que, de no soltar la cartera, me dispararía. ¡Y ver toda aquella gente que pasaba cerca de nosotros, sin que nadie fuese capaz de llamar un policía, vocear por ayuda! La debilidad del país, aunque no lo creas, nos arrastra hacia muy malos caminos.

Se lo creo. Pero tengo plena seguridad, también, que esta disgustada santiaguense tiene los ánimos de una indomable amazonas. Tiene los arrestos de aquellas indoblegables guerreras de días ya idos, durante los cuales las mujeres pelearon tan duro como los maridos. Bueno, santiaguense a fin de cuentas, no hace sino externar un disgusto que sienten muchos. Porque Santiago de los Caballeros está sitiado por los delincuentes. Y conforme aseguran las víctimas, de manera irreversible. Quiera Dios que así no sea.