¿Quién tiene la culpa?

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Bueno. Lo cierto es que los latinoamericanos nos balanceamos entre el yanquismo y el antiyanquismo. No queremos que se metan en nuestros asuntos del modo en que lo hacen, no queremos que nos manden tan ostensiblemente, tan a las claras, no queremos que aplasten nuestras tradiciones y nos fastidia que la avalancha del poder económico volcada sobre los medios de comunicación masivos para ventaja de comerciantes, nos lleven a celebraciones absurdas para nosotros, como Halloween o Thanksgiving -sin pavo, como no sea de cartón o papel, recortado de una publicidad de supermercado-.

Pero ¿quién tiene la culpa? ¿Los yanquis, que venden unos pocos pavos más y unos frascos de Granberry Sauce, o unas cuantas máscaras y disfraces para Halloween?

No.

Es asunto comercial nuestro que además sirve a la expansión de la cultura norteamericana y a nuestro entreguismo quejoso e insignificante.

En verdad, de corazón, nos sentimos felices y tranquilos de que casos como el de Quirino y compartes estén siendo juzgados en Nueva York, en la super ciudad norteamericana, porque en ese país la justicia es una institución temible en su severidad hasta el punto de que alcanza a grandes y famosos como Jackson y Simpson y logra destronar magnates y jerarcas.

Sí. Nuestra justicia avanza. Ya vemos en televisión el lamentable desempeño de otro encumbrados personajes cuya presencia ante la justicia era en otro tiempo, impensable, aunque fuese como testigos. Vemos el talento de alguno, como el General Soto Jiménez y la incomprensible impreparación y limitaciones del un ex jefe de la Fuerza Aérea.

Cuando el embajador norteamericano, el agradable y sonriente Hans Hertell, junto a nuestro mediador por excelencia, monseñor Agripino Núñez y un grupo de representantes diplomáticos extranjeros aparecieron en la Junta Central Electoral para impedir sombrías maquinaciones reeleccionistas del Presidente Mejía, nos regocijamos de que Estados Unidos interviniera. Nos tranquilizó que la gran potencia no estuviese -como en otros tiempos y lugares, o en el tiempo presente en el Cercano Oriente- abusando de su fuerza para servir conveniencias económicas o doblegaciones políticas.

La libertad tiene un precio. Un precio alto. Cierto tipo y nivel de esclavitud, de sumisión, puede resultar mucho más cómodo que el hecho de tener que cargar con un sinnúmero de responsabilidades, alimentarias, sanitarias, en fin, vitales. Venimos a ser responsables de éxitos y fracasos. Culpables de decisiones erradas y permisividades cobardes.

Y no podemos echarle la culpa a otro.

Latinoamérica tiene más habitantes que Estados Unidos y tanta o mayor riqueza potencial que ese país, emperador del mundo, mientras otros no despierten y, conscientes de sus dormidas posibilidades, se organicen y, como empieza a verse en el Lejano Oriente, ocupen el lugar que les corresponde.

Somos los culpables de nuestros problemas, de nuestras carencias, de nuestras dependencias, de nuestra fragilidad disparatada. Continuamos con lo más superficial de la idea democrática. Tenemos “elecciones libres” que cuestan fortunas descomunales y engendran compromisos dañinos para el buen manejo de los fondos de la Nación. Tan pronto terminan las elecciones, se inician los “cobros” de quienes hicieron aportes para la victoria, sea con dinero o con griteríos alcoholizados.

Y hay que pagar. Que retribuir.

Pero el desorden sigue.

Como veo las cosas, tenemos que ayanquizarnos en ciertos terrenos sanos que ellos tienen por allá (no hablemos de míster Bush y sus halcones que parecen haber realizado algunos estudios por aquí) y crear instituciones.

Digo “crear”, porque no las hemos tenido nunca. Todo empieza por un rígida aplicación de la justicia indiscriminada.

Por una correcta valoración de la moral.

Hasta donde es posible.