Quintaesencia del arte

VLADIMIR VELÁZQUEZ MATOS
Hará algo de unos quince años cayó en mis manos un catálogo de una exposición colectiva de arte latinoamericano -creo, si mal no recuerdo, que del Museo Tamayo-, en el cual vi una imagen que me llamó mucho la atención; se trataba de una composición realista, una naturaleza muerta, cuya factura, inmaculada, me recordó a dos pintores extraordinarios: a Vermeer por el magistral uso de la luz, y a Zurbarán, por las armónicas composiciones y la riqueza de las texturas.

Pensé que se trataba de un gran maestro de épocas pasadas, pero al leer la fecha de su factura y su nombre, ví que no, ya que era contemporáneo y estaba en plena y febril actividad, pues se trataba del más grandes pintor realista de finales del siglo XX, el artista plástico chileno Claudio Bravo.

Tiempo después, estando de visita en Nueva York junto a Verouschka, mi esposa, entramos los dos a una de las tantas estupendas galerías de arte que posee esa bulliciosa, energética y siempre magnífica ciudad (metrópolis que es el centro, además de financiero, cultural del mundo), y vimos un par de dibujos perfectos -uno a sanguínea y el otro al pastel- de este genial artista sin tiempo ni fronteras, quedando prendados por su talento de excepción.

Transcurridos un par de años, adquirimos en una muy conocida librería de aquí un libro de artistas de este continente: “Artistas latinoamericanos en su estudio”, de Marie-Pierre Colle Corcuera, con prólogo de Carlos Fuentes, en el que el nombre de Claudio Bravo figura con algunos de los más connotados creadores de plástica continental (Matta, Gerzso, Carrington, Szyzslo, Botero, Tamayo, etc.), siempre queriendo poseer, a partir de ahí, más materia visual de su obra –de los cuadros reales me abstengo, pues Bravo es uno de los pintores más cotizados del mundo–, ya que a través del Internet, cosa rara, las imágenes e información biográfica es bastante escasa (salvo algún que otro escrito como el muy profundo y bellamente escrito que le dedicara al chileno en su página web, Fernando Ureña Rib).

Había ido recogiendo de ahí y de allí alguna información, algunas imágenes en la red, y a veces, a algunas personas amigas que viajaban para Chile les daba el encargo de traerme algún libro o monografía sobre este personaje, pero siempre me decían: “excúsame, pero es que el libro de tu artista está siempre agotado…”.

Y así pasando varios años y prácticamente había tirado la toalla, conformándome con el capítulo del susodicho libro de los artistas latinoamericanos, algunos recortes de periódicos– principalmente de El País–, y la sumarísima, repito, del Internet, hasta que mi padre me trajo como regalo de su viaje a Chile un extensísimo y profusamente ilustrado libro con la obra de este maestro de maestros, con la introducción de dos renombrados escritores como lo son Paul Bowles y Mario Vargas Llosa, además de un interesantísima entrevista in extenso que le hiciera la televisión chilena en 1995 a cargo de Hugo Arévalo sobre su vida y obra, lo que para mí, como artista plástico que soy amante, desde luego, de las bellas artes, este obsequio me ha llenado de una felicidad y satisfacción enorme, cimentando aún más mis puntos de vista en cuanto al oficio y la creación artística se refiere.

Quizás peco de ser muy reiterativo, pero en vista 0de los muchísimos “valores emergentes” que surgen de la noche a la mañana y que son promocionados con tanta alharaca, no sólo a nivel local, sino alrededor del mundo, uno no entiende el por qué tendencias carentes, desde mi punto de vista, de ningún valor estético (y ético), realizadas con lo que sea, usando hasta desperdicios procedentes de vertederos o del mismo cuerpo humano, o usufructuando las modernas tecnologías para crear nuevos géneros –“artistas del ruido”–, no entiendo, repito, el por qué se le ha dado la espalda a la meta a alcanzar por todo creador de veras conciente de su rol en esta dimensión que nos toca competir, que no es más que ser el portador de la “gracia y la belleza”, tal y como esa belleza era concebida desde el punto de vista de los griegos, es decir, como “verdad”, a través de uno de los dones más maravillosos que hacen de este mundo un lugar mejor para vivir: el arte.

Y nunca me he parcializado en cuanto a tendencias, porque cualquiera de ellas producida con talento y seriedad, ya sea expresionistas, abstracta, cubista, estructuralista, surrealista, etc., tiene el mismo valor y dignidad (aunque debo confesar que al ver un retrato bien hecho, la perfecta solución de un escozor o un hermoso paisaje, me llaman poderosamente la atención, pues se trata de cosas muy difíciles de realizar), pero no puede ser que la crítica, sobre todo cuando se producen eventos tan importantes como las Bienales -estatales y privadas-, se reconozca al que tiene menos méritos y si mejores relaciones, en donde se evidencia un decaimiento muy pronunciado en los niveles de calidad con relación a otros tiempos.

Decía Tiziano –probablemente el pintor italiano más grande de todos los tiempos–, que para llegar a poseer el dominio técnico del arte, el llamado “oficio”, había que estudiar en un taller por espacio de treinta años, y luego toda la vida durante la carrera del artista, pues de lo contrario no se produce nada que valga la pena.

Pero volviendo al maravilloso libro de Claudio Bravo, en la entrevista que sostuvo este artista con la televisión chilena hay una recomendación para el joven aspirante con talento, diciendo: “Que se lo tome muy en serio porque esto es muy difícil, que no sea un capricho de jovencito frívolo, sino algo para toda la vida y que cada día se aprende algo nuevo. La pintura no es hace en 24 horas, es larga, lenta, dificilísima. Si tiene coraje suficiente, que se dedique a ésto, pero que no crea que es fácil.