R. A. Font Bernard – Discursos y mensajes presidenciales

No todos los jefes de Estado disponen de la capacidad intelectual, o del tiempo necesario, para escribir sus discursos y mensajes oficiales. Como se sabe, detrás de la mayoría de los muy celebrados discursos leídos por éstos, han estado omnipresentes, ignorados intelectuales. Trujillo no escribía, pero señalaba los temas que deseaba tratar.

Se sabe que el discurso inaugurar del Presidente Franklyn D. Roosevelt fue escrito por un joven periodista llamado Joseph Lasch, quien posteriormente fue excluido de la Casa Blanca, por las intrigas que merodean en torno al poder político. Varios años después, publicó un libro titulado “Eleanor y Franklyn”, en el que reveló intimidades escabrosas en las relaciones de la familia presidencial. En el discurso con el que el Presidente Roosevelt le dio cara al pesimismo predominante en los Estados Unidos, tras el desastre bursátil del 1929, Lasch insertó el párrafo que aún tiene adquirida una significativa valoración histórica. “Esta gran Nación -leyó Roosevelt- resistirá como ha resistido, revivirá y prosperará. Así pues, antes que todo, permitidme que proclame mi firme convicción, de que lo único que necesitamos temer es el temor mismo, esto es, el temor sin nombre, irracional e injustificado, que paraliza los esfuerzos necesarios, para transformar el retroceso en progreso. La Nación exige acción, y acción ahora”.

Consta, que el borrador original del discurso leído por John F. Kennedy, al juramentarse como jefe del Estado, fue redactado por el periodista Teodoro C. Sorense, entonces de veinticuatro años de edad, y recién egresado de la Universidad de Harvard. Ese texto fue corregido una y otra vez, durante aproximadamente dos meses, con la supresión y añadidura de numerosas sugerencias, algunas inclusive de carácter bíblico. “Cada párrafo -escribió luego Sorense en sus Memorias – fue remodelado cuidadosamente, y retocado sin cansancio”. Y como testimonio ilustrativo citó el siguiente párrafo del primer borrador: “Celebramos hoy, no una victoria partidarista, sino la consagración de la democracia”, el que fue corregido definitivamente como sigue: “Celebramos hoy, no una victoria partidaria, sin una fiesta de la libertad”.

En nuestro país, solo tres Presidentes – Buenaventura Báez, Monseñor Meriño y el Doctor Balaguer- fueron autores exclusivos de sus discursos, sin la intervención de colaboradores intelectuales. Y entre ellos, el Doctor Balaguer sobresale por su erudición, y por la armonía arquitectónica de cada una de sus cláusulas discursivas. Nos remitimos al respecto, al discurso titulado “Elogio del Agua”, con el que logró salir airoso del compromiso que se le impuso, al designársele como Chambelán de la Reina Angelita I, en la inauguración de la Feria de la paz y la Confraternidad del Mundo Libre. Otros discurso memorable, fue; el en cierto modo improvisado, ante los restos mortales de Trujillo, el día 02 de junio del 1961.

Al referirse a Buenaventura Báez, en su obra titulada “Los Próceres Escritores”, el Doctor Balaguer le atribuye “una cultura excepcional, y una inteligencia asombrosa”. Otro tanto le reconoció a Monseñor Meriño, con el señalamiento de que éste fue “un expositor maravilloso, abundantemente dotado de condiciones extraordinarias para la función didáctica”. El profesor Bosch y el Doctor Leonel Fernández, forman un lote aparte, en el género oratorio de nuestro país.

Los colaboradores intelectuales de Trujillo, participantes en la redacción de sus discursos, mensajes y proclamas, fueron varios, la mayoría de ellos identificables, ora por el estilo, u ora por el dominio de los temas tratados. Se sabe, que fue el periodista Rafael Vidal, el autor de la proclama leída en Montecristi, el 24 de abril del 1930, para el lanzamiento de la candidatura presidencial Trujillo-Estrella Ureña. “El no hay peligro en seguirle, acentuando por el futuro dictador, confirma la prosa hermética y precisa del mencionado periodista.

Dotado de otro estilo, éste eruditamente literario, fué el discurso leído por Trujillo el 23 de Enero del 1932, en la inauguración del Ateneo Dominicano. Fué escrito por el entonces Secretario de Estado de Relaciones Exteriores, el Doctor Max Henríquez Ureña. “Yo tengo, señores, aunque en modesto grado, la pasión griega que hace sabios y Quijotes. No pocas veces, en horas propicias a los sueños, me he sentido sino tocado por la magia del arte, cerca al menos, de todos los que por virtud de dones y atributos, animan lienzos, tocan cuerdas, y eternizan mármoles”.

En todos los discursos de temas escolares leídos por Trujillo, estuvieron activas las plumas del Licenciado Víctor Garrido y del poeta don R. Emilio Jiménez. Fue éste, el autor de la “Cartilla Cívica para el pueblo Dominicano”, firmada por el Dictador. Otra pluma inconfundible por su elegancia, y por su precisión en el dominio de la historia, fué la del Licenciado Manuel A. Peña Batlle. Fue él, el redactor del discurso leído por Trujillo en la XIII Conferencia Panamericana de la Salud, celebrada en nuestro país el 16 de Abril del 1950. Ese texto fue publicado posteriormente en el titulo de “Evolución de la Democracia en Santo Domingo”.

Un caso ignorado por la mayoría de quienes incursionan en el intento de biografiar a Trujillo, es la obra titulada “Fundamentos y Políticas de un Régimen, de la autoría del escritor colombiano J. A. Osorio Lizarazo, traducida a varios idiomas. Fue firmada por Trujillo, y es en nuestro concepto, la más acertada interpretación, y hasta diríamos que la más confiable justificación de los 31 años de la dictadura.

Los jefes del Estado no tienen que ser, necesariamente cultos. Pero les favorece contar con la colaboración de intelectuales calificados. Fue el caso de don Antonio Guzmán Fernández, quien se favoreció con las plumas cultas del poeta Héctor Inchaustegui y del filólogo y ensayista Federico Henríquez Gautereaux.

Por motivos ignorados por nosotros, el actual Presidente de la República, Agrónomo Hipólito Mejía, no ha utilizado para sus discursos, la colaboración de intelectuales tan sobresalientes como los Licenciados Tony Raful, Andrés L. Mateo, Manuel Núñez, José Enrique García y Diógenes Céspedes, quienes le hubiesen acreditado lustre y nivel cultural a las exposiciones escritas firmadas por él. No es de extrañar, porque don Hipólito declaró inicialmente, que iba a ser un Presidente “atípico”.