R.A. Font Bernard – El fracaso del panamericanismo

En su convocatoria para el Congreso Anfictiónico de Panamá, el año 1822, el Libertador, Simón Bolívar, invitó a los gobiernos de México, Perú, Chile y Argentina para que formasen una confederación que se reuniese en “una asamblea plenipotenciaria de cada Estado”, para que, según el texto de la invitación, “nos sirviese de consejo en los grandes conflictos, de punto de contacto en los peligrosos cuando ocurran dificultades, y de conciliador, en fin, de nuestras diferencias”. Una iniciativa que no cuajó en una efectiva realización, pero que ha de considerarse como una lúcida visión bolivariana en torno a las futuras relaciones latinoamericanas con los Estados Unidos de América.

Posteriormente, el año 1881, el secretario de Estado de los Estados Unidos, James Blaine, convocó para una Conferencia Panamericana, a reunirse en Washington con el anunciado propósito de promover “una unión aduanera permanente”, bajo la consideración, de que el ochenta y siete por ciento de las exportaciones latinoamericanas a los Estados Unidos estaban libres de gravámenes. Se establecería una serie de tarifas uniformes, que darían preferencia recíproca a los productos o bienes americanos, en todos los países de la América Latina.

La muerte por asesinato del Presidente James Garfield, fué seguida por un cambio en el Departamento de Estado, y el Presidente Chester Arthur, revocó las invitaciones. Ocho años después, el Presidente Benjamín Harrison volvió a colocar a Blaine en la posición de promover el proyecto. Y en octubre del 1889 se reunió en Washington, la primera Conferencia Internacional Americana, con la participación de dieciocho países latinoamericanos. El tema central estuvo signado por la conveniencia de crear “una unión panamericana”. Al representante de la República Argentina la convocatoria le pareció como “la invitación de la araña a la mosca”. Fué rechazada, pero la araña estaba interesada en atraer a la mosca desde que el año 1823, en su Mensaje a la Unión, el Presidente James Monroe había alarmado a la América Latina, declarando que “Hoy en día los Estados Unidos tienen prácticamente la soberanía sobre este Continente, y sus determinaciones son ley en los asuntos a los cuales confía su interposición”… “la distancia de tres mil millas de océano hace natural e impracticable toda unión permanente entre un Estado europeo y un Estado americano”. Obviamente, en la década de los años ochenta, el espíritu del “Destino Manifiesto”, germen ideológico del panamericano, como instrumento, del imperialismo norteamericano, volvía a retornar a Washington.

El 2 de diciembre del indicado año, después de haber sido elegido por segunda vez, y con una superioridad de votos como para igualar el triunfo de George Washington, James Monroe dirigió al Congreso, un mensaje que consolidó los principios de la famosa “doctrina” que tomó su nombre. Adoptó en nombre de los Estados Unidos una decidida toma de posición contra las injerencias europeas en el Continente Americano. “América para los americanos” fue el mensaje que podría resumir la doctrina de Monroe. América del Norte, América Central y América Meridional, no debían ya ser objeto de colonización por parte de ninguna potencia europea, y cualquier tentativa de injerencia, directa o indirecta, aunque sólo fuese de alianza o de influencia, se consideraría como un acto de hostilidad hacia los Estados Unidos. En cambio, los Estados Unidos no intervendrían en ninguna cuestión colonial de las potencias europeas, ni tomarían parte en las guerras de aquellas.

Ya como una potencia reconocida en todo el mundo, los Estados Unidos, tenían, por fin, los papeles en regla para explorar sus inmensos territorios, sus infinitas riquezas y para consolidar su estatus. Hasta los rusos, que llevaron a cabo varias tentativas de reivindicación de los territorios norteamericanos lindantes con el Circulo Polar Artico, ante aquella decidida anunciación de principios que inspiraba la actitud americana, se apresuraron a comunicar, que no tenían la menor intención de adelantar sus fronteras más allá del Estrecho de Behring. Posteriormente, el territorio de Alaska fue comprado a los rusos, mediante el pago de siete millones doscientos mil dólares. Era entonces un territorio habitado por esquimales y aventureros.

Pero José Martí, en su condición de cónsul del Uruguay, dijo palabras lapidarias: “La América Latina no ha de salir por el mundo de limosna, a que le dejen caer en el plato la riqueza terrible. Sólo perdura, y es para bien, la riqueza que se crea, y la libertad que se conquista con las propias manos”.

El año 1910 fué creada en Buenos Aires, la Unión Panamericana, como resultado de la persistencia norteamericana tendente a facilitar su penetración en el ámbito latinoamericano. Pero esa internacionalidad fue enfrentada por varios países del área, especialmente por la República Argentina. El año 1916, fue notable la participación de nuestro representante, el doctor Américo Lugo, en la Sexta Conferencia Panamericana.

El año 1927, en La Habana, los Estados Unidos exigieron “el reconocimiento del derecho a la intervención en el Continente, así como el reconocimiento a su política proteccionista”. Tenían el antecedente de la Enmienda Platt, impuesta a Cuba el año 1902.

Tras la crisis del año 1929, la Unión Panamericana se convirtió definitivamente en un instrumento de la política exterior de los Estados Unidos. Y la II Guerra Mundial acentuó el carácter instrumental de ese organismo, en una evidente demostración de su ineficacia como organismo regional. Para entonces, “el gran garrote” había seccionado a Panamá de Colombia, había ocupado el puerto de Veracruz en México, y se habían ocupado militarmente, los territorios de Nicaragua, Haití y nuestro país.

En la Conferencia de Bogotá, el año 1948, se acordó la sustitución de la Unión Panamericana por la actual Organización de Estados Americanos (OEA). Y como consta históricamente, en un discurso leído ante la Asamblea Nacional, Trujillo se abrogó la paternidad de ese proyecto. Recordó en la ocasión que se lo había sugerido al Presidente Roosevelt, en una carta fechada el 11 de noviembre del 1936.

Conforme a sus “Objetivos y Principios”, la OEA está comprometida con el afianzamiento de la paz y la seguridad del Continente, con la prevención de las posibles causas de dificultades y con la solución pacífica de las disputas que puedan surgir entre los Estados Miembros. Unos propósitos apenas modificados de los del año 1889, que se referían a “fomentar por medio del comercio un mejor conocimiento de los países del hemisferio, y “a estrechar y hacer más cordiales las relaciones entre ellos”.

Entre aquellos “objetivos y principios” y las realidades circundantes, queda latente la particularidad de que, tanto por la ocupación militar del 1916 como de la del 1965, cohonestada por la OEA, nuestro país ha sido – ¿es aun?- el laboratorio del Destino Manifiesto, germen ideológico del panamericanismo como instrumento del imperialismo norteamericano.