R.I.P. Por Fernández Caminero

El doctor José Antonio Fernández Caminero falleció el 18 del presente mes de diciembre, y con su deceso, pierde la sociedad dominicana no solamente a un médico cardiólogo eminente, sino también a un revolucionario sin tacha y un ciudadano ejemplar.

Un ciudadano ejemplar que nunca pasó factura al presupuesto de la República por sus esfuerzos y arrojo en desafiar a la tiranía del generalísimo Rafael Leonidas Trujillo, en aquella enorme conspiración de enero 1960, que fue la tizona que recogió una parte considerable de la juventud dominicana del legado de los expedicionarios inmortales del 14 y 19 de junio del año anterior, 1959.

El doctor Fernández Caminero integró el segundo Consejo de Estado que presidió el licenciado Rafael Filiberto Bonnelly Fondeur, conjuntamente con cinco ciudadanos más, y que organizó las primeras elecciones libres en el país desde 1924, de las que resultó electo el laureado escritor y dirigente del exilio antitrujillista profesor Juan Bosch, en una votación inolvidable contra Unión Cívica Nacional versus el Partido Revolucionario Dominicano de 619,491 votos contra 317,327.

Decidido, huérfano de miedo que nunca tuvo, supo enhebrar sus responsabilidades ciudadanas en un momento en que hacer significaba el presidio, la tortura y la muerte, padeciendo las primeras dos y escapando a chepa de la última.

En el primer Consejo de Estado, se desempeñó como titular de la cartera de Salud Pública, del que fuera revelado por el también conspirador antitrujillista doctor Rafael Batlle Viñas (Fellito), esposo de doña Indiana de la Maza, desconsiderada y maltratada en las engástulas de la tiranía por su parentesco con el motor fundamental del ajusticiamiento del generalísimo Trujilo, Antonio de la Maza Vásquez.

Las jornadas de la prisión y la militancia con el 1J4 le marcaron para toda su vida, y hasta el último aliento de su existir paradigmático, tremolaba frente a su residencia una bandera del 1J4 que enseñaba a todos con un orgullo pueril.

Realizó su especialidad en cardiología en el Instituto Nacional de Cardiología de Ciudad México y luego en la Universidad Autónoma de la capital azteca, obteniendo el ingreso para su yerno, el doctor Julio César Barnett, también eminente cardiólogo, esposo de su hija María Cristina.

Inquieto, innovador, temperamentalmente espontáneo, siempre mostró su reverberar revolucionario en artículos que traía a Hoy hasta hace pocos meses, y así lo comunicaba a quienes disfrutamos el privilegio y la honra de su enalteciente amistad y trato exquisito.

No obstante su importancia como revolucionario, cardiólogo reputado y hombre de bien, siempre intentó pasar inadvertido, porque su prudencia y humildad gobernaban su conducta y la susurraba lo íntimo de su conciencia sanota, que así debía proceder y ser.

Quizá esa manera tan suya de ser motivó a que sus exequias fuesen simples, sencillas, sin el estruendo de los 21 cañonazos que le correspondían atendiendo a que fue conjuntamente con otros seis ciudadanos, repito, jefe de Estado, en la transición de la tiranía hacia la democracia, reestrenada el 27 de febrero de 1963 con el ascenso del profesor Bosch al poder efímero, pero inolvidable, de tan sólo siete meses.

Atendió consultas a miles de personas sin pasarle un centavo de recibo, porque su espiritualidad no radicaba en el lucro, sino en una sociedad mejor y más justa para todos, nobleza honda que no logró ver cristalizar.

Paz a los restos de un ser humano especial, a un dominicano ejemplar, y pesar a sus deudos, su viuda doña María Cristina y sus hijos Gustavo José, María Cristina, Lidia Altagracia, Inmaculada Concepción y Balbina Aulia Fernández González.