“Raíces con dos comienzos y un final”

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Luego de conocer y estudiar muchas de las obras producidas por René Rodríguez Soriano en los últimos quince años, llega a mis manos la tercera edición de “Raíces con dos comienzos y un final” (mediaIsla, 2014), obra con la que inició su andadura el fecundo y admirado escritor dominicano allá por el año de 1970.

Me enorgullece verificar que su vuelo fue alto desde ese primer despegue… de ese primer viaje literario, a todas luces, paradigma de trascendencia en toda su obra posterior.

Nace la obra de ese sentimiento de ‘impotencia’, de quejumbre colectiva, de catarsis creadora que propicia en el poeta una exploración de sí mismo (existencialismo) y de los espacios vecinos para reencontrarse.

Mientras más leo y releo a Rodríguez Soriano, más me sorprende, gratamente, la claridad conceptual y la fidelidad a su estilo neorromántico, basado en un discurso, meta-concepto de ‘territorialidad y apropiación’ de su identidad cultural.

En este primer libro incursiona desde ya en esos juegos de palabras, en el tema lúdico, en ese estilo algo neobarroco, que muchos de su generación abordaron; donde los signos gramaticales se eluden y lo que importa es la semántica: las búsquedas de nuevos significados y significantes.

Para René importa la palabra y el sentimiento, y se instala en perfeccionar, digo yo, ese estilo que le da la singularidad a su impronta… que lo catapulta como el escritor depurado que es, dueño de un discurso que se opone a la banalidad que supone vivir atado a fronteras in-visibles y/o mentales, que excluyen. Su obra es universal y coherente. Plástica y rítmica. Es íntima y de todos…

Es un escritor de búsquedas humanas hacia el interior del ser, del arte de lo bello. Del tiempo y el espacio que conoce o ha conocido. Es un mago forjador de la palabra encantada.

“ven y empujemos la tarde | hasta el abismo de la noche | busquemos muy juntos los recuerdos |que una madrugada sembré | en las carnes de estas tierras” [desde la vida] pp.38

Como notamos en la cita anterior, el poeta re-crea un canto intimista-nostálgico, desde lo telúrico; otras veces, lúdico, donde ocurren todos los símbolos antropológicos que lo construyen: el ser humano que es, el niño que fue, el autor y creativo que disfrutamos. Y que, congruentemente, se nos revela en cada obra de su finísima pluma…

Este poemario es un documento que define una época donde se anhelaba, ante todo, justicia social y libertad ciudadana y, lógicamente, se expresan como escenas secundarias, como fondo de lienzos, siendo el sentimiento de angustia existencial, la pesadumbre del ser humano en sí mismo es el protagonista del discurso poético. Dicho de otro modo, el leitmotiv de sus construcciones.

Canta, René, desde el desencanto y la ‘impotencia’ vivida en aquellos tiempos cuando se suponían nuevas esperanzas de un pueblo aguerrido y abusado por fuerzas militares y políticas que se enquistaron en el poder… para seguir haciendo lo mismo. Crisis análogas se vivía en toda Latinoamérica y el mundo:

“cada hoja [en gerundio] | cambió sus vestidos | cada guardia [en calzoncillos sobre las hojas] | ha ido fornicando niñas en los rincones de la tarde | cada niña [en presente histórico] una mujer | con un recuerdo del guardia que se fue” [otra raíz] pp.39

Se puede apreciar esa sensibilidad y al mismo tiempo el humor con el que describe la realidad de esa época. Un humor inteligente y crudo:

“mildoscientostantos | metros sobre el nivel del mar | ochocientos reclutas | noventa putas | cuarenta prostitutas | tres adulones | y un síndico” [Un pueblo] pp.40

En su condición nómada, muy posterior a este libro, ha sabido portar con dignidad y orgullo nuestra bandera dominicana; ha contado en diversas obras sobre sus costumbres y la de los suyos, su música, sus ríos y montañas… justamente ha sido un agente cultural, transmisor de ese sentimiento patrio que nos define como dominicanos, que lo hace sentirse orgulloso de sus ‘raíces’, repito, y que pone en perspectiva de estudio el territorio que lo vio nacer, las luchas por una expresión de libertad y por los derechos humanos, para pasar a los grandes procesos de globalización. Ahora entiendo, más que siempre, a lo que se refiere Luis Cernuda, cuando dijo: “Cambio y distancia, si no mudan al hombre, le hacen conocerse mejor […] a sí mismo, a su ser individual, a su gente y su tierra, su lengua y su historia”. Aunque, confieso, en honor a la verdad que René nació gigante y con un lápiz en la mano.

Me atrevo a afirmar, sin temor a equivocarme, que es uno de los escritores dominicanos contemporáneos más leídos en toda Hispanoamérica y el mundo, mejor dicho, en todo rincón donde se valore la literatura en español. Y es gracias a su pericia en el uso de las figuras retóricas; pero más que nada, por la transparencia de su discurso. Por esa seductora manía que tienen los buenos escritores, como él, de decir las cosas complejas de forma sencilla y creíble. Por vestir al mito de realidad y a la fantasía de cierta clase… Por ser un constructor de posibilidades en lo poético; un constructor de utopías: “lo posible lo vuelve real y lo real ideal” (Hölderlin):

“Tú que al fornicar el surco | engendras vida y verdor | tienes todos los atributos | y el don de ser el dueño | de más de siete pies | y tus huellas” [jornalero] pp.32

René Rodríguez Soriano, con estas ‘Raíces’ demuestra que la identidad se reconstruye en permanencia, a partir de una perspectiva multifocal y que es un escritor sin fronteras. Manifiesta, desde su génesis como escritor, como poeta, y como ser humano, una calidad incuestionable y un estilo pensado y sentido desde ese primer ‘aliento telúrico, romántico y metropolitano’. Algunos títulos (Apunte a lápiz, Rumor de pez, Solo de flauta, Su nombre, Julia, El mal del tiempo, Queda la música) de su vasta obra lo confirman.