Ramón Francisco, mentor de la promoción de escritores de 1960

Ramón Francisco, mentor de la promoción de escritores de 1960

Por Guillermo Piña-Contreras

En Literatura dominicana 60, recuerdo, Ramón Francisco da cuenta del anquilosamiento de que fueron objeto la literatura y el lector dominicanos durante la dictadura. Esos ensayos son una puesta al día, una suerte de manual para leer a los escritores que destacaron después del 30 de mayo de 1961 introduciendo, como Bosch a su llegada en 1961, términos específicos del análisis literario, de la poética de la narración, del punto de vista en el relato y la indivisibilidad del signo, al explicar con ejemplos que fondo y forma son inseparables, que el famoso capítulo 68 de Rayuela, de Cortázar, no es más que una sucesión de significantes. Experimento literario al que los escritores dominicanos de entonces eran sensibles. “Este trabajo”, escribe, “tiene solo la intención de presentar un punto de reflexión para los lectores de la obra de arte literaria que se produce en nuestro país por estos tiempos [1960-69]. ¿

Esperamos que con ello hayamos contribuido a la comprensión de esta. De vez en vez se escuchan quejas en añoranzas de tesitura, la laxitud de la antigua obra de arte literaria. Quienes así gritan se olvidan del desarrollo del hombre dominicano, física y mentalmente; se olvidan de las grandes zancadas cumplidas por este desarrollo de 1961 hasta hoy”.

En ese orden de ideas se detiene en el “retorno de las unidades o sea, un intento de interpretación de los experimentos literarios modernos” y el “sentido de movimiento en nuestra literatura” ensayos que completan su idea de la nueva literatura nacional y enfocarse en temas particulares y en el análisis de obras específicas; lamenta en, “Se busca un crítico”, la ausencia de dominicanos especialistas en literatura capaces de orientar a los autores en cierne cuidándose de ser, aunque lo estuviera haciendo con Literatura dominicana 60, el esperado redentor de la nueva literatura dominicana; entonces aborda el “compromiso” que tantos estragos hizo en el escritor dominicano después de revolución de 1965 y que finalmente los dispersó.

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Al ampliar y sustentar con sólidos argumentos su criterio evoca la magia de la literatura con acertados ejemplos del realismo mágico de la literatura latinoamericana que lideraban García Márquez, Cortázar y Vargas Llosa, entre otros para enfocarse en la literatura dominicana, particularmente en la Poesía Sorprendida y en el estudio específico de la poesía “comprometida” de Miguel Alfonseca y el boom del cuento en la literatura posterior a la post abril del 65 con textos de René del Risco, Iván García y Alfonseca que también expresan su versión del dominicano de entonces. El último de los ensayos de Literatura dominicana 60, “Carta a Aquiles García Azar”, poeta, artista plástico y destacado miembro de La Máscara organizadora de concursos de cuento que dieron el impulso que tiene hoy día la narrativa breve nacional.

Esa carta-consejo al poeta Aquiles Azar me permite entre otras cosas, considerar que, sin proponérselo, Ramón Francisco fuera visto por algunos de los más importantes autores entonces como el mentor de la promoción de escritores de entonces.

En su entonces innovador análisis de Los ángeles de hueso, de Marcio Veloz Maggiolo, Francisco resalta, la influencia de Albert Camus, aspectos poéticos de la novela: voz narrativa, el punto de vista filosófico del personaje y el manejo de la lengua. Estudio que rompe con el viejo esquema de elogiar la obra sin los instrumentos de la poética; estudia La guerra y los cantos de Alfonseca y El viento frío de René del Risco ubicándolos en el contexto literario latinoamericano; tampoco descuida los experimentos literarios del siglo XX ni la literatura comprometida post Segunda Guerra Mundial y su influencia en los escritores del 1960, en los grupos literarios, en la crítica de entonces que juzgaba la novela y la poesía según su grado de “compromiso”.

En su excelente estudio, Ramón Francisco recuerda que esa literatura “comprometida” se producía después de la ocupación militar de Estados Unidos en 1965, que el postumismo reaccionó introduciendo lo nacional en su poesía, que los poetas sorprendidos en 1943 hablaron de la poesía con el hombre universal y los del 48 sin aislarse integrarían lo nacional con lo universal. Los del 1965, con relativa libertad de expresión, ceden al “compromiso”. Insiste en que la obra literaria no es una tribuna: “El señor presidente, de Asturias ha quedado como una pintura, la más perfecta, de una dictadura latinoamericana. Asturias no juzga, no critica. Él simplemente muestra en el señor presidente. Nombra”.

Literatura dominicana 60 es probablemente la única historia de la literatura nacional que trata específicamente el anquilosamiento que había sufrido la literatura en República Dominicana durante la dictadura. En efecto, una literatura “[…]hecha totalmente en el patio”, observa Ramón Francisco, “por primera vez quizás está al día”.

Luego de hacer un balance del período, explica la idea que tienen los autores del hombre. Se propone pues reducir la brecha lector-autor, explicando en qué consisten los experimentos literarios; cómo ha evolucionado la literatura dominicana de 1960. Plantea que la nueva literatura “busca el crítico” que, escribe Vargas Llosa en La sociedad del espectáculo, asesoraba a “los ciudadanos en la difícil tarea de juzgar lo que oían, veían y leían…”.

Ramón Francisco figura en Doce en la literatura dominicana. A la luz de Literatura dominicana 60 le pregunté a qué atribuía la ausencia de críticos en la literatura autóctona. Su respuesta: “Si usted afina el oído percibe el rumor de la ausencia investigativa en todos los niveles de la conducta nuestra. No se trata solamente de crítica literaria. Tiene mucho que ver en esto nuestra educación tradicional, la cual ha tendido siempre a la memorieta. No se nos enseñó a investigar y a criticar las cosas y así estamos formados. [La] crítica coincide con los estudios de letras que comenzaron a revivir las universidades dominicanas en los últimos tiempos y con la salida al exterior [a estudiar] de algunos jóvenes escritores”.

Le pregunté si Literatura dominicana 60 no le confería la función: “De ninguna manera”, se defendió.

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