Ramón Oviedo Semblanza de una Retrospectiva

Ramón Oviedo Semblanza de una Retrospectiva

A su memoria

Una retrospectiva relata hábitos, formas y estéticas disímiles; manifiesta al desnudo la historia plástica social y humana de un pintor. Es atrevida manifestación insurrecta del artista serio, que a través de los años, una hermosa, triste y amarga preocupación, ha colmado su espíritu con el infinito afán de narrar su verdad y el porqué de su existencia, existencia estigmatizada y lacerada por el dolor recurrente de la vida misma, tránsito agobiante destinado a las almas sensibles.

¿Se escapa Oviedo de este destino lúbrico y ardoroso, parámetro vital de su razón de ser? ¡Decididamente no! Esa es su trampa, compleja estructura vivencial que le arrastra de la mano y del alma hasta dejarlo exhausto.

Con el espíritu lacerado de viejas y nuevas heridas, cicatrizadas unas y otras, fustigando su dolor como un reto en transitar con todas las caídas, su calvario de firme fe y estoicismo. Porque así es Oviedo; fundamental creyente en su cielo y en su Dios, su religión, esa, la de colmar el mundo de arte, un arte con el agrio sabor de todos los sudores y la amarga muesca de los sin sabores. Preocupado anfitrión de ofrecer su mejor pan, con la humanidad de quien todo lo da y la gallarda osadía de quien todo lo exige.

El hombre, piedra angular en la pintura de nuestro artista, es su único motivo, su cotidiano tema, su insondable modelo. Tratado y descuartizado en sus entrañas psíquicas o modelado con exotérico criterio, el de los más comunes hábitos, pero siempre, el hombre.
Letanía, coro de gemidos y lamentos, friso de la verdad difícil, encendido color del fuego, humilde, gris, sensible y parco, negro mechón de pura línea, mancha profunda con todos los tonos concebidos; así es la pintura de Oviedo.

Tambor que ruge presagiando el derrumbe de los cielos, afinadas notas que anuncian el amor y la belleza, bronca presencia que señala el miedo, la desesperanza, la miseria humana; así es la pintura de Oviedo.

Violadora de todas las formas concebidas, amasijo informe de vísceras asomadas, profundo laberinto lindando la demencia, aguerrido dolor del pueblo, costumbre diaria de su gente; así es la pintura de Oviedo.

Soterrado disturbio psicológico, penas y tribulaciones, confuso laberinto en el más profundo rescoldo del espíritu; así es la pintura de Oviedo.

Frugal manjar de triste color y línea, sol ardiente que calcina las entrañas, fecunda canción de afinado canto, resonancia en el tiempo infinito; así es la pintura de Oviedo.

La pintura de Oviedo encarna un transcurrir en que las características sociales y políticas de nuestro convulso quehacer histórico no están narradas con un criterio cronológico de orientación didáctica, sino en la más auténtica denuncia del comportamiento del hombre en su contexto. Plantea de manera militante y humana, la actitud de éste y los separa y retrata con su auténtico comportamiento, sin excusas cobardes, como lo son: víctimas y victimarios, con la más ética razón de su moral.

Veinticinco años de quehacer pictórico, de puro quehacer artístico, formado con la más pulcra virtud profesional, ha sido el más importante proceso de su vida, diríamos mucho más, la nutriente y apasionada fuente de su existencia. El crecimiento cualitativo en sus facultades de creador ha sido un ardoroso canto a la superación y al éxito.


Madurando en su esencia autocrítica, ha convertido su arte primero, emotiva expresión de auténticos sentimientos, en depurada especulación conceptual, donde la mano maestra de viejo y acabado pintor, aflora como sabia rectora de todos los deseos y como catalizadora de todas sus facultades

Es ya, el viejo maestro de taller, es ya, el gran virtuoso de la materia, el color y la línea, es ya, el gran conocedor de todos los secretos profesionales y sigue siendo el auténtico y fresco pintor; sigue siendo aquel joven artista que se artilló de colores y pinceles hace veinticinco años para ganar la más hermosa de las batallas: la batalla del alma, el espíritu, el amor y la belleza.

Aventura aquella, acrisolada con las altas, las bajas, con mil caídas que estimularon su acervo de artista y pintor.

Tantos caminos diferentes caminados con un solo destino. Ignominias, falsedades, ocultas zancadillas; nada amedrentó su templada alma luchadora. Nada impidió trillar el sendero de la más pura verdad creadora, y como el poeta, se bañó del polvo de todos los caminos.
Profundas experiencias vitales colmaron su lucha y sus deseos.

Ambicioso proyecto realizado paso a paso con la calma de aquel que espera paciente, pero en guardia, su destino; destino fraguado golpe a golpe, cara a cara con las vicisitudes, con el dolor profundo de lo vivido y la loca esperanza del provenir. Sueños violados por las desesperanzas, por las angustias amargas de vivir, morir día a día en cada fantasía, nacer noche a noche con la lucha en la frente.

Pintar, pintura, pintor, ¿acaso no será lo mismo decir Oviedo?

Símbolo mágico del buen pintar. Ramón Oviedo anuncia su arte en el mayor de los tonos, con respeto y plena convicción de que su discurso plástico está hecho con vigoroso lenguaje, claro, preciso, armónico y bello.

Por eso nuestro artista defiende lo que hace, discute sus criterios, cree saber que no sabe nada, valor fundamental en la sapiencia. Oviedo, punto final de un destino, su destino ¡la gran pintura!

Ramón Oviedo es ya, importante pieza de nuestra historia del arte. Gran artista, estelar figura nacional, con un destino universal incuestionable. Su obra es formidable; respuesta a cualquier duda.

Enhorabuena, maestro nacional, enhorabuena, maestro latinoamericano, enhorabuena, maestro en cualquier rincón de los cuatro puntos cardinales.

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