Rápidos y furiosos

Claudio Acosta

Probablemente todo comenzó como un juego de muchachos, siempre ignorantes del peligro, seducidos por las emociones desatadas por la velocidad y la adrenalina, pero hoy por hoy las carreras de motocicletas son una auténtica plaga que se ha   cobrado   la vida de muchos jóvenes; otros, con más “suerte”, han sufrido lesiones que los mantendrán postrados hasta  el día de su muerte.  Y como se apuesta dinero  en esas competencias, que utilizan calles, avenidas y carreteras sin importar si es de día o es de noche o si ponen en peligro  las vidas de otras personas, la violencia ha dicho presente, sobre todo cuando  aparece un mal perdedor  que se niega a  honrar lo apostado, lo que termina en una desgracia si el que ganó la carrera está dispuesto  a cobrar su apuesta  como sea o morir o matar en el intento. Acaba de ocurrir en Moca, donde un joven murió y otro resultó herido tras concluir una carrera en la avenida Ramón Cáceres, y todo porque la víctima se negó a pagar los 23 mil pesos que apostó, desatando una discusión  que degeneró en  balacera. Supongo que la Policía, en el caso de las carreras ilegales de motores, hace lo que puede, pero la verdad es que puede muy poco, pues a veces no tiene ni el combustible conqué trasladarse “al lugar de los hechos”. Otras veces, hay que decirlo también, se hace de la vista gorda o mira para otro lado a pesar de las quejas y denuncias, hasta que un mal día uno de esos muchachos se mata en una carrera o lo matan otros competidores, como acaba de ocurrir en Moca. Y seguirá ocurriendo,  lamentablemente, pues sabemos por amarga experiencia que lo malo que aquí llega aquí se queda, sobre todo si  hay dinero –poderoso caballero– de por medio y una autoridad débil, corrompida y desmotivada como la que nos gastamos.