Realidad y ficción

Parecería que la República Dominicana tiene dos caras, una agradable que exhibe al mundo y otra horripilante que pretende ocultar.

Exhibe, por ejemplo, gran crecimiento y estabilidad económica, aunque paralelamente vive el monstruo de la extrema pobreza, de las insuficiencias en materia de salud, educación y oportunidades de trabajo.

Presentamos al mundo la cara agradable de nuestra indiscutible hospitalidad, pero no somos capaces de lidiar exitosamente para preservar la seguridad pública y yugular a la bestia de la criminalidad.

Hay muchos otros ejemplos que pueden citarse en este contexto de las dualidades.

El sacerdote y economista José Luis Alemán afirma que la República Dominicana tiene una situación institucional mala, y remata que la situación en ese contexto es “pésima” si se la ve desde el exterior.

Su afirmación la apuntala citando estudios como uno del PNUD sobre la democracia en América Latina que afirma que en nuestro país operan “poderes fácticos” que influyen directa y extralegalmente en nuestros gobiernos, o el divulgado en el 2005 por el World Economic Forum (Foro Económico Mundial) que denota el descenso de la República Dominicana en cuanto a posiciones de competitividad.

Hay, definitivamente, dos caras muy disímiles, una que se esfuerza en presentar el país para exhibir las bonanzas, y otra que se empeña en ocultar para tapar las miserias.

Parecería que emuláramos a aquellos que llevan doble contabilidad en sus negocios, una “buena” que se presenta al fisco y otra “mala”,  que refleja la realidad de las operaciones y que, por supuesto, se oculta.

En nuestras debilidades institucionales, más que en cualquier otra materia, residen todos y cada uno de nuestros problemas. Sólo cuando presentemos la cara real de las cosas podremos decir que tenemos voluntad para resolverlas. De lo contrario, continuaremos batiéndonos entre la ficción que exhibimos y la realidad que nos aniquila como sociedad.

Prueba al canto

Una muestra de esas debilidades nuestras es la gran acumulación de basura en Santo Domingo Este, que se ha producido a partir de que resultaran derrotadas las autoridades que pretendían repetir en la sindicatura.

La politiquería de campaña suplantó la institucionalidad municipal y garantizó por un tiempo el aseo del municipio y unas cuantas obras. El resultado electoral aniquiló esa “vocación de servicio”.

El caso de Santo Domingo Este es una reedición de situaciones similares que se producen con mucha frecuencia en nuestro país y que corresponden a la cara fea. Son, sin duda, fruto de las debilidades institucionales que nos resistimos a admitir.