Realizan Feria de Educación Comunitaria

POR MARIEN A. CAPITAN
“Donde sembramos prejuicios no florece el amor” rezaba el mensaje inscrito en las camisetas de muchos de los niños que participaron ayer en la segunda Feria de Educación Comunitaria, una jornada que tenía como finalidad rescatar los juegos tradicionales e incentivar la integración de los niños dominicanos, haitianos y domínico-haitianos.

La feria, que fue organizada por la Red de Educación Infantil Comunitaria y se desarrolló en el Museo del Hombre Dominicano, tenía como intención que los niños intercambiaran experiencias. También que aprendieran de la más divertida que pueden hacerlo: jugando.

Así lo aseguró ayer Gabina de León, de la organización Oné Respé (honor y respeto), una institución sin fines de lucro que trabaja para erradicar la opresión, la explotación, la discriminación, la exclusión y los prejuicios sociales.

Ofreciendo detalles de la Red, de León explicó que está formada por 18 instituciones que trabajan desde hace muchos años en los campos y barrios marginados en los que hay niños que no tienen acceso a la educación formal.

“Esos niños están desde los dos hasta los trece y catorce años. Con esos niños estamos trabajando hoy. ¿Qué tenemos acá? Juegos tradicionales, tales como el gato y el ratón, el trompo, la belluga y todos esos juegos de rueda que jugábamos antes. También hay juegos cooperativos y una exposición de todo lo que han creado los niños durante el año escolar”.

Otros entretenimientos que estaban a disposición de los menores fueron lectura de cuentos, presentaciones teatrales y origami. También aprender a hacer figuras utilizando materiales reciclados.

RECORRIENDO EL MUSEO

En cuanto se cruzaba umbral del Museo del Hombre Dominicano la alegría de los niños era latente. De escasos recursos, corta edad y una energía que rebasaba cualquier límite, ellos se acercaban a quien les quisiera escuchar para comentarles lo felices que eran.

Es el caso de Luz Esther Ventura Reyes, de cuatro años, que acababa de hacer un patito pegando coditos en una hoja de papel; de Nikauly Vázquez de 8 años, que estaba presta a abrazar a quien encontrara cerca; de Cristian Lantigua Berroa, de 8, que jugaba con un jabón; de Lía Marrero, de 7 años, que hizo una bonita canasta roja.

Dispuestos en largas mesas en las que hacían las manualidades, los menores que participaron en la feria podían hacer muchísimas cosas: crear sus propios cuentos, hacer figuras de barro, pintar árboles o mariposas, hacer casitas de cartón, construir una bañera con jabón y especias, hacer muñecas de papel, tarjetas con motivos florales o una cesta partiendo de una botella de agua.

Pero el rincón más llamativo estaba bajo una frondosa mata del patio: la escuela móvil, un proyecto educativo que tiene como finalidad resaltar los derechos fundamentales de la niñez y elevar el autoestima de los menores que viven en la calle y se divierten gracias a ella.

La escuela, que no es más que un carrito de un metro y medio que está compuesto por pizarras y fichas educativas, brinda a los usuarios la posibilidad de aprender mientras refuerzan los valores morales.