Reclamemos un plan de desarrollo

BIENVENIDO ALVAREZ-VEGA
El país está cansado de estas políticas públicas voluntaristas que saltan y se varían cada cuatro años. Cada gobierno trae sus ideas, sus énfasis, sus planes y los sueños personales o grupales de quienes lo dirigen. Pero son ideas y sueños que ordinariamente no obedecen a plan alguno ni guardan relación con los que antes se ejecutaban. La sociedad camina sin un rumbo fijo, como quien  se dirige a ninguna parte. Por eso, no  llegaremos a lugar alguno, siempre estaremos en el camino, porque no hay objetivos definidos, porque no hay metas puestas sobre la mesa, porque nadie sabe hacia donde nos enrumbamos.

La República Dominicana lleva 43 años de lucha permanente por una sociedad que sea democrática y económicamente adecuada. Gobiernos van y gobiernos vienen, rojos, blancos y morados, van y vuelven, pero ninguno se encuentra con las ideas del desarrollo, ninguno se traza un plan inteligente, factible, armónico, con equidad y económicamente posible para desarrollar la economía, para fortalecer las instituciones y para mejorar la calidad de vida de la gente. Todos hacen profesión de fe con el progreso y el desarrollo, pero ello se dice como un ejercicio de retórica. En el día a día, en el ejercicio cotidiano del gobierno, esta profesión de fe es dejada de lado. La improvisación ocupa el lugar que debería tener la planificación, las ideas pensadas, discutidas y comparadas con las llamadas necesidades reales. Por esto, cincuenta años de crecimiento económico sin parar no han sido suficientes para que los dominicanos exhiban hoy en día una adecuada educación, una atención  sanitaria normal y, sobre todo, que tengamos unas instituciones sólidas y funcionales. Hay una razón esencial que explica esta arritmia: la falta de un plan nacional de desarrollo. Crecimos porque el azúcar, entonces nuestro principal producto de exportación, tuvo varios años con precios muy rentables, porque el país explotó sus recursos mineros, porque la inversión extranjera  se hizo presente, porque hubo una abundante ayuda económica de los Estados Unidos  —para apuntalar su agresiva guerra fría en el Caribe—, y porque el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo tuvieron la “disposición” de canalizar fondos hacia la República Dominicana. A todo ese esfuerzo interno y externo siguió una respuesta positiva del viejo empresariado lilisista y trujillista y del nuevo empresariado que emergió como consecuencia de las políticas proteccionistas del Joaquín Balaguer de los 12 años. Pero fue muy poco lo que de ese crecimiento económico llegó a la población llana. No había equidad. Tampoco conciencia empresarial de que su futuro estaba ligado, de manera inexorable, a la prosperidad de los ciudadanos. La riqueza quedó concentrada, hasta la fecha. Cada día, en consecuencia, había más pobres y también los beneficios que el progreso debía deparar a los trabajadores era cada vez más precario. Las escuelas fueron perdiendo su vigor y también los hospitales. Había, eso sí, muchos nuevos edificios para unos y otros, pero no buenas escuelas y buenos hospitales. Los servicios públicos también menguaban y las instituciones se hacían cada vez más infuncionales.

Esta historia, a decir verdad, no hay por qué volverla a contar. Todos la conocemos. Los que llegaron luego a la Presidencia de la República buscaron, de alguna manera, repetir a Balaguer o, como vimos luego, repetirse a sí mismos. Cada uno en su circunstancia, claro está. Pero siempre era, en esencia, una repetición. Es decir, no es verdad que Joaquín Balaguer gobernó 22 años. Su estilo y su ausencia de plan también estuvieron presentes después. El estilo es Balaguer, así podría decirse. Solo que los que vinieron luego no han tenido la capacidad balaguerista para multiplicar el dinero y para trabajar, día y noche, a favor de sus propios planes. Además, hoy tenemos que reconocer que Balaguer no se comía el Presupuesto, sino que lo invertía en sus obras públicas.  Pero ya el país no resiste más estos cuatrienios de improvisaciones y de vivir sin metas, sin planes que respondan a las reales necesidades de la sociedad. Nuestros especialistas y los organismos internacionales han dibujado de muchas maneras y formas la deformación de nuestra sociedad, a pesar del continuo crecimiento económico. Los ciudadanos necesitamos hacer que los gobernantes tomen conciencia de este hecho, que reaccionen y se den cuenta que debemos dar un giro drástico en la manera de conducir la economía y las instituciones. Hay que diseñar, urgentemente, un plan nacional de desarrollo. El país tiene que identificar sus limitaciones, sus necesidades, y procurar los medios para superarlas. No se puede seguir caminando como quien no va a ninguna parte. Todos, absolutamente todos, debemos reclamar a quienes desde el Congreso Nacional, desde la Justicia, desde el Poder Ejecutivo y desde las principales fuerzas políticas dirigen la nación y ejercen poder sobre los ciudadanos, que necesitamos un plan nacional de desarrollo.

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