Recordando a Emilín y pensando en Silvio

Lamentando profundamente la ida a destiempo del inolvidable y fraterno amigo Emilín a quien recordaremos siempre en nuestra familia, escribo pensando en el artículo de Silvio Herasme del 3 del presente mes en el Listín Diario, en el que destacó algunas de mis apreciaciones sobre el futuro del PRD, el que agradezco infinitamente.

El apreciado Silvio, conocedor más que nadie del pasado y el presente, da en el clavo en muchos aspectos de lo que señalo, aunque ofrece algunos detalles sin importancia sobre nuestra trayectoria como funcionario público, olvidando que durante los 12 años de Balaguer, en 1970 acuñamos el lema: Balaguer sin elecciones o elecciones sin Balaguer; que en el 1974 fui protagonista de la creación del Acuerdo de Santiago; que en 1978 encabecé el sector socialcristiano que apoyó a Don Antonio Guzmán, y que luché contra los intentos de desconocer los resultados de dichas elecciones.

Pero precisamente lo que destaca Silvio cuando expresa con toda sinceridad que todavía recuerda con suprema frustración lo que aconteció en 1986 con Jacobo Majluta, es lo que pretendo advertir. Para que no se repita. Porque ha sido una constante que las diferencias internas han impedido que todas las voluntades puedan marchar hacia los mismos objetivos.

Jacobo Majluta y el PRD sufrieron consecuencias parecidas a las del pasado proceso entre dicha organización con Hipólito Mejía. Cualquier analista puede pasarse la vida rebuscando las causas por las que Majluta no logró asegurar el triunfo, pero entre las respuestas fáciles podrá encontrar las desavenencias inter partidarias, como las relaciones gobierno- candidato.

Porque las relaciones entre Majluta y parte de sus asesores con la dirigencia del PRD y el gobierno, no eran las mejores. Como tampoco las de Miguel Vargas e Hipólito Mejía. Es más, creo que algunas influencias asesoras actuaron más negativamente, que las posibles malquerencias entre ellos mismos.

Y aunque eso pertenece al pasado, si no toman en cuenta las causas que provocaron esas consecuencias, podrían continuar repitiendo los mismos episodios y buscando unos y otros las pajas en los ojos ajenos sin ver las que tienen en los suyos, pero frustrando otras voluntades.

No importa si Silvio, yo y otras personas no somos dirigentes de partido alguno. La vocación democrática, sobre todo tratándose de organizaciones importantes y amigas, debe impulsarnos a hacer advertencias. A sugerirles o por lo menos enseñarles cuales caminos pueden ser equivocados, porque la democracia y la institucionalidad están por encima de las preferencias partidarias.

Porque entiendo además que de esa manera pueden evitar lo que les sucedió luego de las elecciones del 1986 con el surgimiento del PRI y el BIS, como ya lo ha advertido el propio amigo Hugo Tolentino, al no encontrar salidas visibles.

Al igual que a Silvio me preocupa la situación, porque no contribuye al sano ejercicio democrático. No solo en el PRD sino en cualquier otro partido, especialmente si tiene las posibilidades de acceder al poder. Ojalá así lo entiendan ellos.