Recuerdan la mente prodigiosa
de Francisco  Domínguez Charro

http://hoy.com.do/image/article/136/460x390/0/1DBF871C-FC1F-4C0A-B0F8-3472C3DF2921.jpeg

En el corazón y la casa de Emma Miranda, Francisco Domínguez Charro es un recuerdo latente que se evoca con alegría y dolor porque antes de que el asma atacara al poeta y de que una vena se quebrara en su cuerpo, “Paquito” era todo dulzura, el amor y la gracia expresados en versos que salían como brotes de su mente prodigiosa y que escribía espontáneo con sus inseparables lápices afilados.

 María Trinidad, que tenía al bardo como hermano predilecto, volvió al hogar paterno cuando tras 19 meses de feliz matrimonio con Severo Miranda, enviudó. El único fruto de aquella unión era esta niña  intranquila, traviesa, que hoy cuenta acongojada o animosa las vivencias con aquel tío consentidor que le escribió a su “rostro oval, apetalado, de leve rasgo oriental”, en un intento por aquietar sus infantiles interrupciones cuando él recibía clases de inglés con “Mister McKey”.

 Las fotos de “Paquito”, sus padres, sus hermanos, son tan veneradas en la vivienda de esta sobrina-hermana, como las cartas de literatos acusando recibo de libros del fecundo cantor o el recordatorio precioso de cuando recibió las aguas bautismales.

 Al novelista, que se desempeñó en un tiempo como ingeniero químico del ingenio Boca Chica, le sobrevive un hermano, Darío Alfonso, residente en Nueva York, y una inmensidad de primos, y sobrinos hijos de sus otros hermanos fallecidos, Ángela del Pilar, Mariana, Irene, Ramón Emilio, Rafael Antonio, José Osvaldo y Danilo Ernesto. Todos admiraron y apreciaron a este artista sensible dolido de los pobres y explotados y hasta de la muerte de una mariposa herida por el impacto de una caída estrepitosa.

 “Paquito era tranquilo, alegre, estudioso, pasaba todo el tiempo estudiando y leyendo”, relata Emma Miranda, hoy con 79 años de edad, tres hijos y casada con el doctor Fernando Escovar Pardo. A ese ilustre tío agradece su pasión por la música clásica y haber recibido como regalo, a los 15 años, una suscripción a la revista “Selecciones”.

 Vivían en la calle Hostos de San Pedro de Macorís, una vía corta que comienza en la Sánchez y termina en el puerto al que acudía a diario Domínguez Charro con su inseparable Mauricio Báez. El lugar, que le inspiró tan sentidos y recitados poemas, le rinde homenaje con la designación con su nombre que hicieron al malecón que lo bordea. Otros amigos de “Paquito” fueron Víctor Villegas y Domingo Moreno Jimenes, que para él fue como un hermano.

 “Paquito” nació el 22 de agosto de 1910, no de 1911 como afirman erróneamente algunos biógrafos. Era hijo de Francisco Domínguez Prieto y de Francisca Emilia Charro. Nunca casó, aunque se enamoró de algunas chicas de la La Sultana del Este, pero la enfermedad impidió una relación estable. María Trinidad, que sentía por él un cariño entrañable, fue la depositaria de sus tesoros más preciados, entre los que están sus poemas inéditos que hace poco recogió en un libro la familia Armenteros.

Graves sufrimientos. Cuando habla de la enfermedad de su apreciado tío-hermano, Emma Miranda se conmueve al recordarlo, casi asfixiándose en sus últimos días por el asma, no por la tuberculosis como se publicó en un reportaje anterior.

 “Le daban prolongados accesos de fatiga y para calmarlos mi mamá le inyectaba ampollas de adrenalina cada cuatro horas”, refiere Emma. “Nunca, nunca usó morfina”

 Mary, como él llamaba a esta hermana abnegada, paciente, le ofrecía jugos y él asentía, pero se los pedía tibios. “Todo lo que deseaba eran líquidos calientes, dicen que eso le perjudicó bastante”, manifiesta la sobrina. Su madre se ocupó de él “con amor incomparable”. Emma recuerda que había noches en que “Paquito” amanecía sentado en la cama, con la cabeza inclinada sobre sus brazos cruzados en una almohada colocada en el espaldar de la silla de su aposento, “buscando la forma de respirar”.

 Los médicos que le atendían recomendaron un cambio de ambiente para contrarrestar los accesos tan difíciles del asma, y fue enviado a Santiago donde obtuvo una notoria mejoría que hizo pensar que su mal había sido vencido. No fue así: dos años más tarde hubo de regresar a su hogar paterno”. Su estancia en Santiago, narra Emma, fue feliz. Lo visitaban estudiantes y él disfrutaba esas visitas, “hizo allí muy buenos amigos”

 Pero Domínguez Charro también sufría un mal “que le fue diagnosticado como várices”. Y una tarde,  cuando el celebrado autor de “Viejo negro del puerto” observaba a su hermano Rafael Antonio hacer piruetas en una bicicleta, sintió que algo dentro de su cuerpo había explotado. Fue la víspera de su partida el 15 de septiembre de 1943.  “Ante un pequeño esfuerzo, una de sus venas interna se rompió, llevándolo a la muerte”.

 La madre de Emma Miranda lo tuvo entre sus brazos en ese postrer instante en que el hermano moribundo le dirigió sus últimas palabras: “Mary, yo estoy rogando”.

Zoom

La calle.

 Sus parientes no tuvieron noticias de la designación de una vía en Santo Domingo con el nombre de “Francisco Domínguez Charro”. Tampoco fueron invitados al acto de inauguración.  Suponen que se escogió el ensanche “Atala” para ese tributo, porque la hermana que tanto quiso al poeta, María Trinidad, vivió en ese vecindario, pero en la calle “Bartolomé Olegario Pérez”. De todos modos, suponen, fue una forma de exaltar su memoria, relacionándolo con la familia.