Recuerdos de la Feria de la Paz

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
En 1955, todavía diciembre era invierno. Un acariciante invierno tropical que venía a ser equivalente al encantador tiempo de primavera en París.

El Generalísimo escogió el 20 de diciembre de 1955 para conmemorar los 25 años de la Era de Trujillo. Aquello parecía otro mundo. Poderosos edificios construidos en tiempo récord, que aún están en uso pleno (el latrocinio estaba controlado y dosificado según méritos y anteriores pruebas de honestidad “para ladrón, yo” – se le atribuye haber dicho – lo cual resultó en anchas avenidas, fuentes, eficiencia, limpieza pulquérrima… en fin, todo el despliegue de poderío económico de aquellos tiempos de bonanza financiera debida al alza de los precios de exportación que originó la Guerra de Corea (1950-1953).

Aparte del impresionante “Teatro Agua Luz” con sus cambiantes cascadas de agua coloreada, las modelos y bailarinas del Lido de París, con los senos al aire y otras sorprendentes desnudeces, fue contratado un espectáculo español de operetas y zarzuelas, de gran nivel. Se actuaba en una especie de galpón, adecuadamente preparado para cambios escénicos y efectos de luces. En la zona estaba representado todo el progreso logrado en la “Era”, la mayoría de los cuales nos eran desconocidos.

Allí, en un modesto espacio, empezó el restaurant “Vesuvio”, y conocí la Saltinbocca a La Romana y los Escalopines al Marsala que los primeros Bonnarelli preparaban personalmente de manera inolvidable, con el apoyo de una Virgen que mantenían iluminada con una vela. Pero llegó el peligro.

Yo era el Primer Violín o Concertino de la orquesta acompañante de los espectáculos de opereta y zarzuela. Mientras se cambiaba raudamente la decoración o tenía lugar un intermedio, no había tiempo para abandonar el puesto y una hermosa joven trigueña, que siempre se sentaba en primera fila, permanecía, a su vez, en su asiento, muy cercano al mío. Yo la miraba discretamente cuando podía, pero ella, con esa filosa percepción femenina, me puso conversación, y se hizo notario un diálogo interesado y cálido.

Fue entonces que me pidió que le regalara una foto para guardar un recuerdo de aquellas noches encantadoras. No sé cuál Santo me protegió, pero le dije que no tenía fotos mías, lo cual no era verdad.

Entonces, al fin de una función de “La Viuda Alegre” de Franz Lehar, se me aproximó un alto funcionario del gobierno, el Secretario de Estado Jaime Guerrero Ávila y me preguntó: ¿Tú sabes quién es esa mujer?      – No,  repuse extrañado del tono misterioso.

– Es la querida preferida del Jefe – susurró levemente.

– ¿Y de qué es que ustedes hablan tanto en los intermedios?

– De la obra ¿de qué otra cosa?

– ¿Ves ese hombre con sombrero que no se despega ni un momento de su lugar de observación? Es su padre. Está para vigilarla…ella es muy romántica, ¿Y qué te estaba pidiendo?

– Una foto mía, de recuerdo.

– Si se la das, desapareces…tal vez no, por tu padre… pero lo ibas a pasar muy mal.

Muchos años después, al encontrarme con Guerrero Ávila y su sonrisa suave, que ya se ha llevado a otros planos, pienso que posiblemente le debo la vida.

Y que Dios goza su sonrisa tenue.