Recuerdos del 61

PEDRO GIL ITURBIDES
Desde el tercer año del bachillerato comenzó la costumbre de reunirnos en la torre del campanario del templo consagrado a Nuestra Señora de la Altagracia. El anfitrión lo era Alcibíades Lorenzo Rodríguez, seminarista claretiano a quien papá presagió que no se ordenaría sacerdote. Julio Anibal Suárez Dubernai y yo completábamos el trío. A veces subía a interrumpirnos, en ropa de paisano, el padre Angel Sanz. Desde la entrada a la Universidad, sin embargo, cambiamos el lugar y la hora de reunión.

Lo hacíamos en la sala de espera de la casa de los claretianos, desde donde nos encontrábamos mejor situados para vigilar el paso de los volkswaguen. Aquella noche nos despedimos cerca de las diez treinta, pues el Dr. Pablo Nadal se acercó justo cuando Alcibíades se retiraba y Julito y yo nos marchábamos.

No era infrecuente aquella irrupción. Siempre se nos acercaba deseoso de obtener las primicias que Julito divulgaba en el minúsculo cenáculo.

Contra lo que era la costumbre de mi padre, aquella noche no sintonizó WRUL, la radio internacional de Nueva York. Tampoco las otras emisoras extranjeras de las que era asiduo radioescucha. Mamá esperaba, repitiendo por enésima vez el Santo Rosario, con un libro de oraciones y un ejemplar de la Biblia en el regazo.

Pero en la mañana no quería que saliese hacia Radio Caribe. El padre Sanz había llamado temprano para saber cómo estábamos. La inusitada llamada despertó sospechas en mi madre, que lucía nerviosa desde que una quincena antes fuésemos llamados del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) para hablar sobre una noticia relacionada con una Misa que se organizaba en el barrio Nuestra Señora de los Angeles. Esa vez mamá me echó todos los santos detrás y me entregó un texto de una devoción al santo Sudario.

Ahora imploró para que no saliésemos a la calle. Pero no podíamos faltar al trabajo y, en una transacción lograda entre lágrimas, le prometí pasar por casa de los claretianos. El padre Angel Abad tenía un alboroto, por los vejámenes de que fueran víctimas la noche antes. Tenía la intención de comunicarse con el Jefe esa misma mañana, y solamente esperaba una hora apropiada para establecer su contacto.

El padre Tomás Cabello, que había convertido sus oficinas en la casa parroquial en un centro de consuelo a los perseguidos y de soliviantamiento para quienes no habían sido atropellados, leía sus oraciones. Se encontraba inopinadamente tranquilo. Alcibíades lucía gozoso, porque adolescente y todo disfrutaba como niño toda expresión de desorden.

-Saliendo ustedes llegaron cinco carritos del Sim. Se colocaron frente a la casa y casi tumbaron la puerta. Lo revisaron todo. Por lo que el padre llamó a tu casa fue porque pensamos que buscaban a alguien, explicó Alcibíades.

El padre Sanz quiso reconfortarnos con la comunión. “Necesitas fortalecerte para soportar lo que viene”, dijo, mientras en una ceremonia privada administraba la eucaristía. Lo cierto es que el escándalo del padre Abad enardeció la comunidad. Aún el más sordo debió escuchar todo lo que habría de decirle al Jefe. Más tranquilos, en la sacristía del templo, el padre Sanz nos dijo que, al parecer había pasado algo serio. En el edificio de la Dirección General de Estadísticas, a escasos veinte metros, la bandera nacional lucía a media asta.

Al llegar a Radio Caribe, un soldado que prestaba servicios de civil, Rafael Núñez, nos dijo:

-No salgas hoy. Mataron a Petán. Don Enriquillo (Martí Otero) dio órdenes a Cheché Quezada de no mover el Daf para ninguna parte.

De modo que acudí a mi escritorio, deseoso de encontrarme con Gregorio García Castro, pues siempre tenía noticias de primera mano. No fue necesario, por supuesto, que lo abordase. Me esperaba a las puertas de la biblioteca, para meterme a su interior, antes de salir para continuar sus indagaciones.

-No hables nada con nadie. No vayas a los teletipos. No recibas llamadas de nadie, porque mataron al Jefe.

Pero allí mismo recibí una llamada de mamá. Lloraba, gozosa por encontrarme, al tiempo que me decía que no acudiera esa tarde a la Universidad. Ella iba a buscarme al trabajo a las tres treinta de la tarde, hora de mi salida. No hubo manera de convencerla de que debía permanecer en la casa. En horas de la tarde estaba llamándome desde la recepción, y al bajar me besó varias veces, mojándome la cara con sus lágrimas. ¡Habían matado al Jefe!