Recuerdos y diferencias

Joaquín Balaguer resultó electo en 1986 de manos del recuerdo del crecimiento económico de su gestión anterior. El pasado político quedó sepultado en ese instante, pese a que se le enrostraron excesos y crímenes diversos. Los electores tuvieron oportunidad de escuchar todas las versiones en una campaña tanto sórdida como apasionada, pero determinaron por dónde andaba el progreso. No alcanzó amplio margen para su triunfo, pero logró el poder.

Se le dijo entonces que estaba ciego, y lo admitió. Pero señaló que a Palacio Nacional no iría a ensartar agujas. Se publicaron anónimos, uno de los cuales conservamos en archivo, sobre los asesinatos que se le endilgaban de los doce años. Pero entre una pobreza que crecía y los riesgos de una gestión de mano dura, se optó por pugnar contra aquello. Y para quienes insistieron que era enorme su desprecio a las libertades civiles, respondió, hecha la jura, diciéndoles que no había cambiado él, sino que habían cambiado las circunstancias.

¡Criptográfica confesión! Han cambiado las circunstancias. En 1966 era lo que decía sin entretenerse en explicaciones heredé las secuelas de la guerra civil. Con sentido de responsabilidad del compromiso público, enfrenté estas circunstancias. Las de ahora, las de 1986, son diferentes. Apaciguados los ánimos del país, vengo sin dejar de ser el mismo de antes y de después. Pero la nación es diferente.

En estos días, durante un velatorio de un amigo ido a la vera del Creador, me tocaron el tema. Se hacían comparaciones. Y se planteaban interrogantes sobre el papel de los mandatarios no ya frente a cuestiones de orden público y paz social, sino de crecimiento y desarrollo. ¿Puede alguien decir que encontró problemas y basado en ello permitir que continúe y aumente el deterioro? Respondí sin titubeos respecto de aquellos días.

Entonces Balaguer pidió a la Organización de Estados Americanos (OEA) que cesase como pagador de las obligaciones salariales del Estado Dominicano. Quiso, desde el primer mes de gobierno, enfrentar el compromiso para el cual había jurado. Y con un presupuesto de ingresos de alrededor de doscientos millones de pesos, con un 80% comprometido en gastos corrientes, determinó promover el ahorro público. Dispuso la reducción de sueldos de funcionarios y la congelación de los de menor jerarquía. Pero también redujo el número de empleados.

Pero este ahorro público lo volcó, sin dilaciones, hacia la inversión directa. Con José Miguel Mondesí y Rafael Tomás Hernández a cargo de los diseños y dirección de obras de infraestructura social, comenzó los multifamiliares de Matahambre. A seguidas, los hermanos Bruno y Alcides Del Conte le ofrecieron crédito para continuar la autopista del Cibao que quedara en 1961 junto al río Yuna, en Bonao. Y les tomó la palabra.

Impulsó la inversión indirecta con la ventanilla abierta como fondo de inversiones para el desarrollo económico (Fide, por las siglas) durante el gobierno provisional de Héctor García Godoy. A los recursos inicialmente aportados por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), sumó transferencias de capital del gobierno central. Y creó fondos similares para el Banco Agrícola.

Aprobó que don Carlos Séliman “fiara” los impuestos del comercio exterior. Expongo este dato por vez primera, para mostrar cómo, cuando se quiere superar lo difícil, se encuentran las maneras. Los meses de cierre del sector empresarial habían determinado poco menos que quiebras reales. La OEA aportó capitales como financiamientos no reembolsables a los empresarios que sufrieron directamente los efectos de la guerra civil. Pero muchos otros se vieron igualmente paralizados en sus acciones, sin que pudieran demostrar que fueron afectados por la conflagración. A unos y otros “fió” impuestos diversos.

Pero también acreditó impuestos internos a las empresas licoreras y a muchos otros sectores urgidos del apoyo público para reverdecer.

Creó la zona industrial de Herrera y un poco más tarde acogió con beneplácito el proyecto de Charles Bludhorn para crear la zona franca industrial de La Romana, que abrió caminos a las demás. Pronto, los trece mil empleados dejados cesantes en 1966 se habían convertido en ochenta y siete mil nuevos puestos de trabajo. Pero no en el sector público para interferirse unos a otros y obstaculizar servicios, sino en el sector privado, creando riquezas, forjando una nueva y pujante clase media y estimulando el placer de la bonanza.

Apenas tres años más tarde, Roberto Martínez Villanueva hizo un estudio que determinó que directa o indirectamente se habían creado cuatrocientos cincuenta mil puestos en el sector de la construcción.

Fue sobre ese caballo que cruzó el río en 1986. Le dio brega. Lo dejaban ir en un helicóptero propiedad de Jacinto Peynado al interior del país, y apenas llegado, Aviación Civil ordenaba que el aparato regresase a Santo Domingo. Mientras más lejana era la ciudad o población a la que iba, más rápidamente se ordenaba la medida. Impertérrito aceptaba éstos y otros gratuitos agravios, a la espera, como nos decía, de una decisión de la Divina Providencia. A ella, con una fe especial que cultivó en su vida, se aferraba.

Enfrentaba un aluvión de insultos y anatemas por los acontecimientos políticos de los años anteriores. Pero sereno, impasible, decía cuanto él quería y no cuanto deseaban sus adversarios que dijese. Hablaba a los pueblos de los puestos de trabajo y las riquezas que había creado, y les ofrecía lo que habría de hacer.

Y con ese caballo cruzó el río. Cuando en 1996 desmontó de él, le dijo a su sucesor que no dejaba el alazán hallado, sino un avión carreteando en pista, listo para el despegue. La verdad es que muchas gentes se preguntan dónde está ese avión. O, al menos, dónde se encuentra el caballo. Porque ni del uno ni del otro se tienen noticias.