Recuerdos y lamentos de La Generala

HAMLET HERMANN
Santo Domingo, la Capital de la República, se ha arrabalizado de manera atropellada en las dos últimas décadas. Y nos ha tocado algo peor que esa enfermedad: malos médicos. Hemos tenido como Síndicos a gente que no les duele esta ciudad y que nunca lograron entender lo que es una urbe cosmopolita.

Los Síndicos han sido mocanos, barahoneros, linieros, cibaeños, macorisanos, locutores, merengueros, cómicos y, además de todo eso, arrogantes, ignorantes e indiferentes ante la degeneración urbana que hemos sufrido.

Pongamos como ejemplo del desastre urbano capitaleño la zona donde está ubicada la sede del Poder Ejecutivo dominicano conocido como Palacio Nacional. Ese lugar se llama La Generala desde hace varios siglos. Así consta en el “Plano de la Ciudad y sus Contornos de Santo Domingo” elaborado por Casimiro de Moya en el año 1898. Por ser la colina más elevada en los alrededores de la ciudad colonial amurallada, allí se construyeron las oficinas y residencias de los principales funcionarios de la ocupación estadounidense entre 1916 y 1924. Como efecto secundario de esa otra violación a la soberanía dominicana, al otro lado de la calle “Doctor Báez”, se instaló el Centro de Enseñanza del Ejército Nacional.

A partir de la elección de Horacio Vásquez como Presidente de la República en 1924, esas edificaciones de estilo Dixie sureño cambiaron de inquilinos y pasó a conocerse como “La Mansión Presidencial”. Luego vino Trujillo en 1930 y mudó a algunos familiares y a varios Ministros de su gobierno a residir en donde los “horacistas” habían estado. El Centro de Enseñanza siguió campante con una novedosa escuela de cadetes. El tirano consideró entonces que sus principales militares debían pasar a vivir en los alrededores de ese lugar y fue así como por el Oeste, a lo largo de la calle doctor Delgado, pasaron a residir los generales Fernando Sánchez, Fausto Caamaño, Antonio Leyba Pou y los coroneles Veras Fernández, Tomás Rodríguez y Charles McLaughlin. Por la fachada Sur residieron el general “Larguito” Ciprián, el coronel “Ñiñí” Castillo y los capitanes Joaquín Montero y Euclides Gutiérrez. Esos militares trataron respetuosamente de integrarse con los residentes tradicionales de una de las primeras urbanizaciones que se construyeron en la Capital luego de la desocupación de los militares estadounidenses. Nunca pudo apreciarse algún tipo de degeneración urbana en el área.

En 1944, con motivo del centenario del surgimiento de República Dominicana, se inició la construcción de una nueva sede para el Poder Ejecutivo. Tres años duraría la construcción y la característica residencial de la zona no se vio afectada. Muy por el contrario, mejoraría por la desaparición de la soldadesca del Centro. Un hecho que favoreció a la ciudad y a la zona palaciega fue la existencia de un gerente de Santo Domingo que le dispensaba amor y respeto a la ciudad. Virgilio Álvarez Pina. “Don Cucho”, se desempeñó simultáneamente como Síndico, Gobernador, Presidente del Consejo Administrativo (Ayuntamiento) y Secretario de Estado. Más importante que todo lo anterior, era íntimo amigo, repito íntimo amigo, del tirano Trujillo, lo cual le facilitaba las cosas. Y lo que se llamaba entonces Ciudad Trujillo empezó a tomar identidad de ciudad moderna para dejar de ser aldea.

Hasta aquí los recuerdos. Ahora los lamentos.

En 2007 La Generala está completamente arrabalizada a pesar de que la sede del Poder Ejecutivo sigue estando en el mismo sitio. La mayoría de los residentes tradicionales del área han sido desplazados por el desorden y el caos ante el avance del arrabal que arrastran los organismos públicos. En los edificios que se han construido para dependencias gubernamentales, los diseñadores y constructores no han reservado espacio alguno para el estacionamiento de sus abundantes y lujosas jeepetas. Las calles son sus áreas de espera. Frente al Departamento Nacional de Investigaciones (DNI) los vehículos se estacionan en medio de la vía, repito, en medio de la vía, impidiendo el paso de los demás. Peor aún sucede con la Oficina de Ingenieros Supervisores de Obras del Estado donde la arrogancia y la impunidad garantizada hacen que los que allí laboran se comporten de forma odiosa. Las edificaciones se han hecho sin llenar las normas para aislar los desperdicios y heces fecales a través de cloacas y sistemas exigidos por las normas de la ingeniería sanitaria provocando algunas veces conflictos con los vecinos que sobreviven en el sector.

Y para colmo de los colmos, se trata de sancionar a los tradicionales residentes por los perjuicios que las autoridades gubernamentales han provocado creyendo equivocadamente que están en una relación como la del huevo y la piedra. Como si los gobiernos fueran eternos y los ciudadanos fueran eunucos.