Reelección y adicción

Uno de los pocos aciertos del DSM-5 es la idea de adicción‘conductual’, similar a la adicción química.
En sujetos vulnerables, y siempre influidos por su grupo de iguales, la repetición de una conducta placentera puede terminar atrapando el cerebro, de modo que no puede parar. Esa es la esencia de la adicción: ¡el sujeto pierde la capacidad de parar a pesar del daño que la droga le produce! Las adicciones se complican con el fenómeno de la tolerancia, pues, para lograr el mismo efecto cada vez se necesita mayor cantidad de froga, hasta llegar a un punto en que la dosis activa es igual a la dosis letal, y es cuando se produce intoxicación e incluso la muerte.
La reelección necesita, en primer lugar, un sujeto vulnerable, que disfrute el poder como un niño con un juguete nuevo, y que no sabe jugar con otros juguetes que no sea la presidencia de la República. En segundo lugar, se necesita un ‘grupo de iguales’ que haga creer al presidente aquello de que ‘sin ti, se hunde este país’, lo que provoca una enorme secreción de dopamina y endorfinas cerebrales. En tercer lugar, el presidente llega a un momento en que literalmente no puede parar, y ese es el origen de la dictadura como una expresión genuina de adicción al poder. Lo peor finalmente es el momento cuando las necesidades del Presidente contravienen el orden institucional, pues para reelegirse tiene que hacer lo indebido, aunque fuera tragarse un tiburón podrido… sin eructar.
El objetivo terapéutico es: cómo hacer entrar en razón al adicto, y para esto puede utilizarse la Intervención familiar, esto es, un grupo de familiares cercanos y queridos por el paciente, que le visitan en grupo para reiterarle su apoyo, y para proponerle un ‘bajadero’ a fin de prevenir la recaída en el habito, y no pasar vergüenza ni caer en una intoxicación.
En otras palabras, el dilema es un ‘bajadero’ para que el paciente no toque fondo y viva sin la droga, pues de lo contrario, ¡puede sufrir intoxicación!