Reflexión referente a la espiritualidad y la felicidad

Espiritualidad cristiana es un término que se usa para describir el sentir y actuar de la presencia de lo Divino en el alma cuando se busca a Dios. Es un estado, un desenvolvimiento de estímulos persistentes y ascendentes del alma, es tratar de ser perfecto, “como su Padre que está en el cielo”. (San Mateo 5:48).

La cita del Salmo 42:2, “Tengo sed de Dios, del Dios de la vida” es prototipo  de este anhelo de estar motivado, y deseoso de percibir la presencia y comunión con Dios. Es  pensar, conversar, adorar, orar y actuar por la voluntad propia que inspira la presencia del poder del Espíritu Santo.

 “La felicidad es un estado de ánimo que se produce en la persona cuando cree haber alcanzado una meta deseada”; (Profesor Martin Segliman)… es una satisfacción, una alegría, un sentido de bienestar, o una experiencia agradable.

“La felicidad suele entrar en las vidas de las personas de manera sorprendente y tenemos que abrirnos a la alegría inesperada limpiando nuestra ansiedad, la vanidad y el resentimiento”. (Rowan Williams, arzobispo de Canterbury).

 La espiritualidad y la felicidad tienen aspectos en común. La espiritualidad no es una condición emocional permanente, tampoco lo es la felicidad; ese estado puede estar presente en un momento dado en el alma o el corazón de la persona, y de repente aparecen  tormentos que alteran el espíritu y perturban el disfrute del bienestar.

 Son reiteradas las veces que personas aferradas y confiados en Dios, sienten que Su presencia se ha ausentado en momentos de más necesidad.

Tal como fue señalado anteriormente: “la espiritualidad y la felicidad tienen algunos rasgos en común”. Nadie es feliz de manera permanente. Sabemos que nos sentimos felices cuando hay salud, seguridad, bienestar, satisfacción, o cuando alcanzamos la meta que anhelábamos. Sin embargo, hay malestar cuando estas condiciones  se alteran por una razón cualquiera.

Hay momentos en que se está contento y a gusto; pero acontecen cambios como en el caso de Job, quien aunque vivía una vida recta y sin tacha, y que era un fiel servidor de Dios, hombre bueno, muy rico y con numerosa familia; en un momento inesperado, le sobrevino una serie de desastres: pierde sus hijos, sus posesiones materiales, y hasta su salud. 

Es de notar, sin embargo, que el patriarca Job no perdió su fe, ni se menguó su lealtad. Aunque  él cuestionó al Creador, mantuvo su espiritualidad y apego a la divinidad. En el lapso de tiempo cuando estaba en la condición más deprimente, el arruinado dijo, con un corazón sincero y una predisposición de increíble rectitud: “El Señor me lo dio todo, y el señor me lo quitó; ¡bendito sea el nombre del Señor! (Job 1:21).

Es cierto que la espiritualidad y la felicidad pueden ser estropeadas por muchas razones; mas, esa virtud  debe estar latente en el corazón de todo cristiano,  y la felicidad  debe ser experiencia y propiedad de la voluntad de sonreír a la vida, a pesar de tribulaciones,  tentaciones, sequedad espiritual,  decepciones, y  desgracias que el feligrés confronta a diario.