Reflexiones de Semana Santa

POR TEÓFILO QUICO TABAR
Es increíble cómo al pasar el tiempo la mayoría de los políticos, los sectores de poder, como algunos que se dicen defensores de los intereses populares que se han acomodado a las bondades que les ofrece el llamado modernismo, han olvidado los verdaderos problemas que viven las mayorías.

Sus discursos, cada vez menores y sus propuestas solo coyunturales, dejan de lado los graves problemas que provocan las grandes distancias que día a día se producen entre los que solo transitan por vías privilegiadas y los que lo hacen por caminos empedrados, empolvados o enlodados.

La mayoría de los que hablan de progreso, alaban los adelantos y disfrutan de un modernismo concentrado, no se están dando cuenta de que el país se ha convertido por un lado, en una gran vía lujosa, muchas luces y elegantes entornos por donde transitan en vehículos apropiados, y por el otro, callejuelas y caminos llenos de hoyos y sin luces por donde transitan millones de personas en medios sin condiciones y casi vacíos de combustible y de esperanzas.

Hay muy pocas voces y voluntades dándole la atención debida a esta situación. No se trata de que la cosa está mejor o peor que hace un tiempo, ni de si hoy se gana más que hace unos años. Tampoco de si hay más vehículos, televisores y neveras en los hogares dominicanos. Se trata de que las diferencias sociales y económicas cada día se agigantan creando mayores desequilibrios económicos y sociales que tendrán mañana o después repercusiones políticas.

Lo que gana la mayoría de la gente común y corriente apenas les alcanza para pagar vivienda, energía, transporte y “comida”, sin hablar de las otras cosas que tienen que enfrentar diariamente si tienen hijos y trabajan, como ropa, escuela, libros, merienda, combustible, etc. La situación está llevando a muchas familias a desintegrarse antes de tiempo en busca mejoría, pero no mejoría para vivir en medio de opulencia y lujo, sino simplemente para poder comprar un par de zapatos nuevos, salir del hacinamiento o sacudirse un poco de la agonía que viven la mayoría de sus hogares. La descomposición que está creando esta tragedia, promueve cada vez más el surgimiento de grupos que viven de la aventura y de venderle ilusiones a jóvenes que no tienen esperanzas de alcanzar el éxito por si solas o solos, y que se sienten desamparados y abandonadas por la sociedad. Lo peor es que de esa fuente de descomposición en todas las magnitudes, casi siempre los que se aprovechan son precisamente los que tienen recursos para comprar, ya no solo voces y voluntades, sino para comprar desesperación aunque vayan acompañadas de ingenuidades e inocencias menores que las de sus propias hijas.

Cada día aumentan los que traumatizados por los trágicos problemas hogareños que viven, son reclutados en la esperanza de ganar dinero fácil y rápido haciendo cosas que los padres en su mayoría desconocen, pero sin gran autoridad para exigirles lo que la sociedad y el Estado no les ha ayudado a proporcionarles, comida, educación y trabajo.

No son pocos los padres y madres que viven con las manos en las cabezas preocupadas por sus hijos, ya que no saben lo que hacen ni saben por dónde andan, esperando solo las bondades que a veces les llevan para mitigar sus graves problemas de subsistencia.

La mayoría de los políticos como los que ya forman parte del grupo de privilegiados enclaustrados por la cúpula de poder que usa lentes especiales para no ver lo que ocurre a su alrededor, no se están dando cuenta de que ese ejército de hombres, mujeres y niños que vienen detrás, no siempre bien comidos, bien vestidos ni bien montados, son parte de la sociedad que les ha permitido amasar riquezas, alcanzar avances y disfrutar progresos y adelantos, muchas veces a costillas de ellos mismos.

Eso no lo estamos enfocando sola y exclusivamente desde el punto de vista moral, sino desde el punto de vista original de nuestra preocupación, para que cuando se repartan sombreros no falten cabezas.