Reflexiones de un abuelo

JOSÉ A. SILIÉ  RUIZ
En verdad que la llegada de una nieta, en nuestro caso la primera, Nicole Marie, puede ser definida como una gratísima sensación, una compleja combinación de dicha, de júbilo, de fruición y de compromiso. Sabemos que a través de los siglos el hombre ha procurado la inmortalidad, lo ha hecho en la búsqueda de la piedra filosofal, en obras suntuosas, en acciones guerreras, etc., pero la única perpetuidad verdadera es la progenie, que en esta bella e inteligente nieta queda nuestra perpetuidad, el gran compromiso con el tiempo sellado con creces. La llegada de la nieta ha renovado el efecto hacia los demás miembros de la familia, ella es una continuación del apego profesado a los herederos, es un relumbrón de cariño que da vida, te renueva fibras en el corazón que por el tedio del tráfago de la vida moderna tan deprisa y materializada estaban adormecidas, te enseña de nuevo la ternura, te reinventa el valor de las cosas sencillas, su almita tierna no se ha contaminado con el conocimiento, ya que ella sólo conoce un enunciado, el más simple pero el más trascendente, el lenguaje del amor.

El doble rol de padre y abuelo complejiza la vida pues queremos o no, se ensancha la visión de nuestro cosmos, sin darse cuenta uno se incorpora a un extraño mundo donde sin ser catedrático oficial, se logra la serenidad de un sabio, en quien la firmeza del profeta se armoniza con las altas aspiraciones de conjugar la cruda cotidianidad del diario vivir, con el propósito de que su generación esté repleta de gran belleza moral.

El paso de los años trae la más de veces aperado una gran dosis de reflexión, de integridad, de tolerancia y este rol de abuelo viene a llegar cuando se está en plena madurez, lo que hace que de manera más inteligente se disfrute de este don que se acoge como premio del Supremo Hacedor. Esta bendición recibida, nos envuelve aún más a nosotros a ser medio, en el compromiso digno de una conducta ejemplarizadora, para que la prosapia continúe siendo parte de un eje donde pueda aprehender la vida en ricas y profundas significaciones de bien. Este rol donde prima la alegría en una sonrisa, en una miradita sensitiva nos produce el goce más sublime, nos rejuvenece pues volvemos a ser padres de nuevo, nos gratifica un beso húmedo a su abuelo, en resumen te sientes pletórico de nuevos bríos para continuar la vida.

Se ha dicho que los nietos se quieren más que los hijos y algunos se han atrevido a señalar que los nietos deberían nacer primero, en verdad somos de particular opinión que no hay grandes discrepancias entre el amor de los hijos y nietos, lo que cambia es nuestra percepción, los nietos se quieren igual que los hijos, son verdaderos tesoros que nos da la madre naturaleza. La diferencia radica en que uno está en condiciones de brindarles mejor ese cariño, más tiempo para dedicarles, uno tiene mayores significaciones y raíces en lo que corresponde al concepto familia.

El compromiso en la búsqueda de la perfección que dan los años se refleja en esa criatura inteligente y dulce que con un simple “eeta etaa” embelesa de manera tal que uno se siente el hombre más feliz del mundo, porque en ese trato amoroso mutuo se compendia el más puro de los amores, una compleja combinación de un almita sensible y tierna con un abuelo que por edad ha madurado, esa conjugación permite lograr el disfrutarla plenamente.

Un cuestionamiento común de los abuelos es qué tipo de sociedad le tocará vivir a esa nóbel criaturita, viendo la realidad de hoy, de violencias, carencias morales, antivalores y el destino incierto que llevan las cosas, y como es inexorable el paso del tiempo crecerá y tendrá que enfrentar sus retos y tentaciones, estoy casi seguro que todos los venerables tenemos la obligada la duda, ¿logrará la nieta alcanzar con éxito esa armonía de felicidad, que es la conjugación de su vida espiritual con el complejo y convulso mundo por venir?

En este tenor debemos empeñarnos en enseñarles que tiendan siempre a la búsqueda de la perfección, hacia un sabio entendimiento de la riesgosa realidad de esta modernidad, para que de ese modo amen más que otras motivaciones, el progreso basado en el trabajo digno, siempre sobre una base de compromiso decoroso, de metas altruistas y de conducta moral nunca cuestionable.