Reflexiones dominicales

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Como saben mis amables lectores, nos fue concedido la pasada semana el galardón de “Maestro de la Medicina Dominicana”, en razón de las numerosas felicitaciones y muestras de afectos recibidas por este mortal, quiero resumirles mi agradecimiento a todos en una inmensa ¡gracias del alma! Cuando escuchaba la lectura de mi semblanza esa solemne noche, pensé en mis humildes aportes a la bibliografía médica y medité sobre las razones de por qué me animo a escribir. Una de las grandes alegrías de escribir es que uno puede descubrirse a sí mismo. El hecho de producir intelectualmente por un tiempo compromete a uno, pues, quiérase o no, se establece un lazo afectivo con los gentiles lectores, y más cuando se produce con cierta asiduidad. En nuestro caso más de 30 años, pues empezamos a enviar nuestras colaboraciones a la prensa, desde antes de graduarnos de médico.

Esta última etapa de más de ocho años en el periódico Hoy con la anuencia de don Bienvenido Álvarez Vega, quien nos ha permitido una sección fija dominical, lo que agradecemos de corazón.

Para algunos, ser escritor es un fenómeno cósmico, síntesis del mundo y del hombre. Soy de los que sustenta que todo ser humano con una inteligencia promedio es propietario de un cerebro productivo, que se desplaza pensando incesantemente del centro a la periferia, todo le atrae, nada le es ajeno. Me declaro que más que escritor, soy un divulgador científico. Para ser un verdadero escritor, son necesarias condiciones superiores: se debe tener la valentía de lanzar su reto al insondable misterio, preguntar sin descanso sobre los hombres y las cosas. ¿Termina un libro? exhausto y melancólico deberá iniciar el otro.

No me puedo considerar escritor, pues no me he atrevido por ser médico a luchar contra el mundo y las gentes, a sumergirme decidido donde se inquiere el dramático interior de la conciencia, allí donde se templa en enrojecida fragua ese cerebro superior que piensa.

Donde se debate un alma sensible en medio de fuegos devorantes y abismos vertiginosos que suelen derivar en el éxito, la frustración o la locura.

Sabiéndome mi propio contendor por mi “perseverante” temperamento, he decidido por convicción ser un “difusor de las ciencias”, quizás sea un poco más hermético, si se quiere un poco más esotérico en mis juicios. En lo que nunca me he traicionado, es en el hecho de ser siempre didáctico, diáfano y sutil en mis expresiones, y con todas sus consecuencias.

Si no puedo decir algo bueno de alguien prefiero callar, respeto. Para algunos quizás en mayoría seré un Bienaventurado y para otros en ocasiones un verdadero Belcebú, pues la falta de inteligencia, lo tosco, lo primario y la mala educación me son muy urticantes. Me reconozco proteico y mutable como la misma naturaleza humana, pero me asumo en ese complejo proceso de divulgación neurocientífico que he iniciado con gran honra y del que me ha tocado ser pionero nacional.

Soy en eso, como el artista en persecución de la belleza, como el filósofo detrás de la verdad y aunque muchos por benevolencia me puedan mirar como el “Maestro de la Medicina”, que recién se me ha conferido, realmente no soy más que un eterno aprendiz, el caminante sin retorno de un viaje para perennemente aprender y cultivarme.

En mi caso, pesa mucho la sucesión familiar pedagógica, tengo la herencia de escritores, una vetusta estirpe docente y magisterial en doble vía de mis padres y por encima de todo, combinado con un poco de inteligencia penetrante, todo esto es lo que me constriñe y compele a escribir. A todos, ¡gracias del alma por sus solidarias finezas!