Reglas y antecedentes

Podría decirse que el secretario técnico de la Presidencia, Temístocles Montás,logró restar peso a los argumentos de los bancos que reclaman flexibilizar el nuevo reglamento para la concesión de créditos que fue consensuado por las autoridades con el Fondo Monetario Internacional. En primer lugar, tal y como dijo el alto funcionario, la contracción del financiamiento es anterior a estas nuevas reglas.

Es imposible que un estatuto de esa naturaleza incida en las operaciones bancarias sin haber llegado su aplicación. Es razonable que las instituciones bancarias procuren la creación de un clima legal que incentive a un aumento en la demanda del servicio que prestan, para lo cual es fundamental que se haga descender las tasas de interés activas las que en este país suelen ser muy altas a causa de costos operativos y afanes de lucro que no siempre se relacionan con los controles oficiales. Lo primero que hay que ver es que aquí se viven todavía los efectos de un desastre económico que más que nada se deriva de la falta de supervisión y control (una falla de autoridad que ocasionó claramente, fraudes bancarios escandalosos) aun cuando el Presidente Leonel Fernández insista -en contradicción con lo que los mecanismos de su propio gobierno han visto a fondo- en que no hubo timo y falacias en el desastre financiero que se destapó en el 2003. Aquí no hay más camino que acentuar la supervisión sobre los negocios financieros, y viene al caso recomendarles a quienes ejercen el poder que pongan de lado sus enfoques personales del caso para evitarse eventuales daños políticos, y que permitan que la justicia camine.

Investigaciones en cero

La lucha contra el crimen puede implicar, una y otra vez, unos finales trágicos tanto para el que persigue a delincuentes como para estos mismos, como acaba de ocurrir en Santiago, donde la Policía abatió a cuatro hombres a los que buscaba por dos asesinatos. Pero no acaba de ser aceptable que los gobiernos -el presente y todos los que le antecedieron en mucho tiempo- se abstengan de investigar judicialmente cada caso y acepten la versión policial como única e irrebatible. Raramente algún fiscal asume la responsabilidad de hurgar en detalles e interrogar a los policías que participan en hechos sangrientos, para luego decirle a lo sociedad: es cierto; se trató de un enfrentamiento en el que los agentes defendieron sus vidas con los recursos que legítimamente la ley pone en sus manos. El procurador general de la República, doctor Francisco Domínguez Brito, un funcionario de muchos méritos, debería entender que algún día en este país se pretenderá hacer un balance al desempeño de cada jefe del ministerio publico, lo que incluiría averiguar si las muertes a manos de la Policía, condenadas continuamente desde el exterior por organismos como Amnistía Internacional, fueron debidamente juzgadas en tales o cuáles períodos. La Policía, por más que se quiera decir lo contrario, no puede ser juez de sí misma cuando se trata de la destrucción de vidas humanas. Y menos ahora en que existe un código que tanto vela por los derechos de los acusados y los perseguidos.

En contra del silencio

No puede ser una buena estrategia de prensa y relaciones públicas del oficialismo el que sus voceros pretendan conminar a críticos y adversarios a “callarse” la boca, como acaban de decirle –poco más o menos- al expresidente Hipólito Mejía. Por el contrario, lo que la colectividad quiere es que hable todo el que tenga algo que decir respecto de casos en la justicia. Y que ni unos ni otros (los que gobernaron o los que pasaron a gobernar) se pongan a insinuar que están en posesión de informaciones que prefieren reservarse hasta ver lo que hace o dice el adversario. Ya anteriormente el país quedó boquiabierto cuando el doctor Joaquín Balaguer advirtió a un antiguo socio suyo del poder y la política: “no toques esa tecla, porque te hundes” con lo que se esableció de inmediato un intercambio de silencios: su socio no insistió en pregonar las malas cosas que pretendía atribuirle a su viejo caudillo, ni el Doctor develó ante el país las barbaridades que hizo creer que sabía sobre el personaje de la política criolla que osaba enfrentarlo. Queda claro entonces que el “no tocar teclas” no es más que una marrullería que impide que la verdad resplandezca.