¿Regresan los golpes a Latinoamérica?

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Osaron romper las sucesiones democráticas en su país y casi seis meses después de sacar del poder al presidente Manuel Zelaya para enviarlo en pijamas al exilio, los golpistas hondureños prevalecen.

Lo acontecido en Honduras despertó temor en otros países gobernados desde hace relativamente poco por movimientos de izquierda, que temen que las fuerzas conservadoras desaten una seguidilla de golpes para recuperar el poder como acostumbraban décadas atrás.

“Hay países que denunciaron intentos de golpe de estado”, dijo el director regional de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) Francisco Rojas Aravena. Días después del golpe de estado en Honduras, el presidente de Venezuela Hugo Chávez aseguró que en Guatemala, El Salvador y Nicaragua se gestaban acciones similares.

Meses antes, el presidente guatemalteco Alvaro Colom enfrentó una ola de protestas desatadas por el asesinato de un abogado que días antes había dicho que si lo mataban, el responsable sería el mandatario. Las autoridades señalaron que el crimen y las manifestaciones eran parte de un plan desestabilizador para destruir al gobierno.

Luego Rafael Correa, Fernando Lugo y Evo Morales mencionaron la posibilidad de que poderosas elites de sus países quisieran replicar lo acontecido en Honduras.

Pero Kevin Casas-Zamora, ex vicepresidente de Costa Rica y experto del Brookings Institution, un grupo no gubernamental de análisis político con sede en Washington, opinó que “no creo que lo que pasó en Honduras sea fácilmente replicable en el corto plazo en países de la región. Pasó con condiciones muy particulares. Una de las razones es que Zelaya tenía un control muy limitado del sistema político como para intentar” una reforma constitucional.

“Eso no significa que las oligarquías de la región no saquen lecciones de esto: Estados Unidos se volvieron puro cuento y terminaron bailando al son de (el presidente de facto Roberto) Micheletti, (por) la facilidad con que terminaron consintiendo el golpe”, añadió el ex vicepresidente costarricense.

El presidente Barack Obama condenó la acción militar horas después del golpe y lo calificó como “no legal”. Pero pasaron semanas antes de que el Departamento de Estado lo calificara como un “golpe militar”, casi dos meses para revocar las visas de los funcionarios del gobierno de facto y más tiempo para enviar un funcionario de alto rango a Honduras.

A criterio del ex consejero de seguridad estadounidense para asuntos interamericanos Richard Feinberg, “lo que tendrían que haber hecho es enviar esa misma mañana (del 28 de junio) a un alto funcionario del departamento de Defensa de Estados Unidos… a decirles que era totalmente inaceptable y que Estados Unidos regresaría a Zelaya esa misma tarde para reparar la idiotez de haber expatriado al presidente”.

En cambio, una semana antes de las elecciones del 29 de noviembre, Estados Unidos reconoció al ganador de los comicios.

“Desde mucho tiempo antes fue evidente que quienes dieron el golpe estaban desesperados porque Estados Unidos reconociera la elección”, dijo. “No hubo negociación alguna al final, (en Estados Unidos las autoridades) dieron una voltereta y al final simplemente ganaron” los golpistas.

Y mientras el gobierno entrante se enfoca en lo que le resulta positivo, es decir en la postura de Estados Unidos, Perú, Colombia y Costa Rica, que han reconocido el proceso electoral, la mayoría de países del hemisferio mantienen distancia o dicen que no mantendrán relaciones con el gobierno hondureño que asuma el poder el 27 de enero.

“Será muy dificil (que más países le den el aval al gobierno del presidente electo Porfirio Lobo) si no hay gestos concretos de parte de su gobierno… no es que el problema se resuelva con el reconocimiento de Perú, Colombia y Costa Rica”, dijo Rojas Aravena.

El 28 de junio un comando militar irrumpió en casa del presidente Manuel Zelaya y lo expatrió hacia Costa Rica. Horas más tarde, el Congreso lo separó de su cargo por “un comportamiento irregular”. Tras meses de presión y gestiones internacionales para restituirlo, el 2 de diciembre el Congreso ratificó su decisión inicial.

En el trasfondo de la crisis, está el abierto desafío de Zelaya a los demás poderes del estado que le tenían prohibido instalar una cuarta urna en las elecciones de noviembre para que los hondureños eligieran integrantes una asamblea para reformar la constitución, con lo que, según sus detractores, el gobernante pretendía perpetuarse en el poder.

Zelaya, un acaudalado hacendado, se convirtió en uno de los principales aliados de Chávez en la región y provocó el pánico entre los empresarios de su país al aumentar el salario mínimo a los trabajadores y firmar el ingreso de su país a Petrocaribe y a la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de las Américas (Alba), dos iniciativas impulsadas por el gobierno del presidente de Venezuela.

“Las elites económicas, políticas y de negocios se unieron en el miedo de que su país podría seguir rápidamente los pasos de Chávez”, dijo Heather Berkman, del Eurasia Group, un centro de investigación en política exterior basado en Washington.

Feinberg expuso que la elite hondureña pareció haber dicho “estamos solos en esta, tenemos que actuar por nosotros mismos para proteger nuestros intereses más vitales”.

Al final, ni los intentos de mediación ni las sanciones internacionales revirtieron lo sucedido y el analista costarricense consideró que el resultado final refleja los “20 años de abandono de América Latina en el Departamento de Estado… (el golpe en Honduras) los agarró muy mal parados”.

El canciller de facto hondureño Carlos López dijo en una entrevista con AP en julio que “Honduras es tan chiquito y su influencia en el mundo es tan pequeña que (no se puede) decir que el modelo de lo que ha ocurrido va a replicarse en otros países. Luego preguntó: “¨cómo hubiera estado Honduras con un presidente ‘modelo Hugo Chávez’?”.

¨Quienes resultaron ganadores? Es una pregunta difícil de responder, pero Rojas Aravena contrastó al afirmar que “uno podría decir que el gran perdedor es la política exterior” de Obama.