Relatividad del tiempo y cuido de la buena niñez

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JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
No es verdad que el tiempo pasa, o transcurre, como uno cree. La relatividad del tiempo es desconcertante. Gran ilusión tenía yo cuando, hace veinticinco años, cumplí cincuenta. Escribía regularmente en el Listín Diario y, al igual que en la oficina de Cuchito Alvarez en el periódico que ahora están leyendo ustedes, HOY, ni me anunciaba ni esperaba en antedespacho.

Si había visita importante no iba, por supuesto, a dar la lata y a poner conversaciones. Saludada lo más discretamente posible, entregaba mi artículo y partía raudo para no interrumpir y exponerme a una mirada descortés (que nunca se ha producido). A menudo Don Rafael Herrera no me dejaba marchar, conforme a la consecuencia de mi prudente brevedad, así se encontrarán allí personajes como Bosch o políticos importantes, aunque en menor medida.

Don Juan era capaz de cortar una conversación de alto nivel para referirse a los años en que yo era un niño poco común, en los cuales mi padre me imponía exigencias de cumplimientos laborales y artísticos, sin violencia aunque con firmeza contundente y cariñosa.

En una ocasión Bosch se refirió a cuán sorpresivo resultaba que las imposiciones laborales (musicales o no) del peculiar Bienvenido Gimbernard, mi padre, no incluyeran violencias verbales o físicas, siendo él tan adicto a la ira y a las imposiciones impetuosas.

Una tarde penetré a la oficina de Don Rafael, entre eufórico y desconcertado.

– Don Rafa -le dije como de costumbre- estoy sorprendido.. he cumplido cincuenta años y no siento nada… soy el mismo… Yo veía esos respetables señores de cincuenta años, amigos de mi padre, y siendo un niño, pensaba en lo maravilloso que sería alcanzar tal edad, tal sabiduría, el porte de Peña-Battle, la respetabilidad de su bigotillo y la altivez de su mirada inteligente; la arrogancia aristocrática de Gilberto Sánchez Lustrino (que fue mi padrino de confirmación católica), la dignidad comedida de Abelardo Nanita como gran personaje del Senado de la República, cuando tal posición inspiraba respeto solemne… aquellos trajes formales y bastones con empuñadora de plata y oro, impactantes sombreros de fieltro estilo diplomático… movimientos lentos, poses calculadas… impecables trajes de tres piezas y calzado relucientes.

Me fastidiaba que la gente se refiriera a mi como “una promesa” y me indigestaba que me llamaran “jovencito”.

Quería ser un respetable señor de cincuenta años.

No lo logré.

Cuando le conté mis cuitas a Don Rafael, el desengaño de haber cumplido cincuenta años, él, con su tabaco recién sacado de una caja de oloroso cedro y parsimoniosamente encendido con el respeto hacia aquellos puros que le habían hecho llegar desde Cuba, me dijo calmadamente, con obvia intención de conformarme, que él no creía haber cumplido cincuenta años, a pesar de haberlos sobrepasado “hace rato”.

– La vejez, los “cincuenta (que se cuentan) son un estado de ánimo, posiblemente una pretensión de sabiduría falsa… ¿recuerdas los “consejos de los sabios” en la antigüedad, que eran grupos de ancianos? ¿Sabían más que jóvenes como Julio César? No. Eran más cautos y mentirosos porque tenían menos que arriesgar ¿Cuánto les quedaba de vida por cuidar?”

Lo que hay que cuidar es la buena salud espiritual (y física hasta donde sea posible) del tiempo que nos queda- agregó.

Tuve el grandísimo honor de reunirme dos o tres veces con el formidable cellista Pablo Casals en su residencia de Isla Verde, Puerto Rico, gracias a la intervención del gran amigo de ambos, Alfredo Matilla. Realicé para Casals una interpretación de una famosa Partita de Juan Sebastián Bach, obra que él adoraba. Al finalizar, me eligió con tanto entusiasmo que le dije que nadie me creería tal opinión suya.

Pues me la dejó por escrito, y aún la conservo, como es de suponer. Pero me advirtió que había muchos violinistas excelentes y que mi singular valor no estaba en comprender a Bach y ser fiel a él….estaba en ser “un niño” (yo sobrepasaba los veinte años) y que si bien había muchos grandes violinistas, no había muchos niños a mi edad; que él conservaba su niñez en medio de su ancianidad, como el más valioso tesoro que el Creador le había otorgado porque eso era lo más importante.

-”Nunca dejes que te quiten la niñez -me dijo admonitoriamente- no pierdas el asombro por la Creación, la percepción maravillosa de Dios… y tu pertenencia a Su Obra. Ni busques más. Ni quieras más”.

Si he entrecomillado sus palabras es porque son imborrables.

Palabras de un iluminado.