RELIGIÓN
San Ignacio de Loyola Paje y gentil hombre

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El 31 de julio celebramos la fiesta de san Ignacio de Loyola.  ¿Qué sabemos del Ignacio de los primeros años, antes de su conversión? Sabemos que nació  en 1491  en Loyola, Guipúzcoa, país Vasco, España. El más joven de una familia de trece hijos.

De nobleza provinciana, vasallos de los Reyes de Castilla, propietarios de tierras y fundiciones de minerales y con beneficios eclesiásticos. A los doce años,  su padre lo colocó de paje de Juan Velásquez de Cuellar, contador mayor de los Reyes Católicos y señor de Arévalo, Castilla. A la muerte de Velásquez, en 1517, pasó a servir como gentilhombre de Antonio Manrique de Lara, duque de Nájera y virrey de Navarra, Aragón hasta ser herido en la batalla de Pamplona en 1521.

El padre González de Cámara, a quien Ignacio dictó su Autobiografía, relata  que el “Padre me llamó  y empezó a decir toda su vida y las travesuras de mancebo clara y distintamente con todas sus circunstancias.” Pero  no es  explícito y resume ese periodo con estas palabras: “Hasta los veintiséis años de edad fue un hombre dado a las vanidades del mundo, y principalmente se deleitaba en ejercicios de armas, con un grande y vano deseo de ganar honra.” Las frases “travesuras de mancebo”, “vanidades del mundo”, “ejercicio de armas”, y “grande y vano deseo de ganar honras”  son expresivas,  pero no explicativas. Hay que espigar otros escritos de Ignacio,  como los Ejercicios Espirituales; y de sus compañeros, los padres Diego Laynez, Juan de Polanco y Jerónimo Nadal; y  recurrir a la crítica para componer la historia.

Aunque  vasco  hablaba y escribía en español. Componía versos y se preocupaba por la buena caligrafía. Y era dado a la lectura, en particular, libros de caballería como el Amadís de Gaula, un best-seller de la época.

Era católico y de convicciones. Compuso versos a San Pedro y antes de la batalla de Pamplona “se confesó con uno de aquellos sus compañeros en las armas”, costumbre de la época que aconsejaba confesar con cualquier persona en peligro de muerte. Quien mejor describe su religiosidad es Nadal  que lo llama “populariter christianus”, es decir, cristiano no practicante.

Siendo cortesano de Velázquez de Cuellar y de Manrique de Lara, Iñigo fue testigo ocular de la evolución religiosa y política que vivió España. Bajo Isabel la Católica las fuerzas operantes  tendían al comportamiento religioso y a la centralización política. A la muerte de Isabel, y con el matrimonio de Fernando el Católico con la francesa Germana de Foix, se introdujo en la corte  un relajamiento de las costumbres. Además, al asumir el trono Carlos I,  sometió a la nobleza  a controles y presiones por lo que hubo rebeliones y necesidad de negociaciones.

Ignacio presumido, estaba atento a  su presencia.  Bajo de estatura. Acicalaba   uñas y  pelo. Rubio con bucles largos hasta los hombros. Se conservan actos judiciales de  parrandas y desórdenes que él y de uno de sus hermanos,  escenificaron  en los carnavales de su pueblo en 1515. Allí se le describe como vestido de traje acuchillado a dos colores vistosos, capa abierta. Calzas y botas ajustadas. Espada y daga  al cinto. Gorra escarlata. A veces salía  armado de loriga y coraza relucientes, espada, ballesta con saetas y de otros géneros de armas.

Las rebeliones de la nobleza lo llevaron a  acciones de armas y a negociaciones políticas. El 18 de septiembre de 1519  acompañó a Manrique de Lara a sofocar un levantamiento en Nájera, por la fuerza de las armas y el saqueo. Dice Polanco que Ignacio  “fue uno de los primeros en el asalto pero no quiso tocar el botín.”

Por otro lado, un  conflicto político-militar  nos revelará otra faceta de su persona. A inicios de 1521, enfrentados los pueblos de San Sebastián y Hernani, Manrique de Lara  lo envió a mediar  y tuvo éxito en avenirlos. Polanco lo reconoce como “ingenioso y prudente en las cosas del mundo, y de saber tratar los ánimos de los hombres, especialmente en acordar diferencias y discordias.”

El otro hecho de armas fue la batalla de Pamplona. En mayo del mismo 1521 el ejército francés atacó Pamplona e Ignacio corrió a su defensa en compañía de tropas auxiliares guipuzcoanas. Ante una prevista derrota,  todos los caballeros españoles  creían que debían rendirse y salvar sus vidas pero Ignacio  “dio tantas razones al alcaide, que todavía lo persuadió a defenderse” y herido en ambas piernas por una bala de cañón, “cayendo él, los de la fortaleza se rindieron luego a los franceses.” Era el 20 de mayo.

En la Autobiografía, Ignacio  no nos habla de sus andanzas mujeriegas. Sólo nos cuenta del amor platónico por una dama “que no miraba cuan imposible era poderlo alcanzar, porque la señora no era de vulgar nobleza: no condesa, ni duquesa, más era su estado más alto que ninguno destas.” Sus compañeros son más explícitos. Polanco dice que “era travieso en juegos y cosas de mujeres.” Laynez refiere que “fue tentado y vencido del vicio de la carne”.  El, en su proceso de conversión, nos dice de la “necesidad que tenía de hacer penitencia de la vida pasada” y del “tanto asco de la vida pasada y especialmente de las cosas de la carne.”

Dos hechos nos traerán luz. Cuando ya curado de las heridas, en febrero de 1522, deja la casa paterna e inicia una peregrinación, su primera decisión,  según  cuenta Laynez, fue detenerse en el santuario de Nuestra Señora de Aranzazu, “temiendo más de ser vencido del vicio de la carne (del cual antes había sido muy combatido y derribado) que de otros, hizo votos a Nuestra Señora de castidad.” La próxima parada,  la noche del 24 al 25 de marzo, fue en  el santuario de Nuestra Señora de Monserrate. Allí,  imitando al  caballero Amadiz de Gaula,  vela sus armas y vestidos, cuelga sus armas ante al altar de la virgen,  da sus vestidos a un pobre, y se viste  de tela de saco.

En los Ejercicios Espirituales, en la meditación de la elección y en la del Rey Temporal, identifica carne y mundo, “amor carnal y mundano” como temas que no son de elección y como mociones humanas que tendrán que ofrecer en oblación, que sacrificar y superar “los que más se querrán affectar y señalar en  todo servicio de su rey eterno y señor universal.”

En síntesis

Preferencia por las armas
Hasta los 26 años de edad fue un hombre dado a las vanidades del mundo y principalmente se deleitaba en ejercicios de armas con grande y vano deseo de ganar honras. Aunque vasco hablaba y escribía en español, componía versos y se preocupaba por la buena caligrafía. Era dado a la lectura.