Renuncias y soledades

renuncias

Nadie pudo

recordarlas después: El viento

las olvidó, el idioma del agua

fue enterrado, las claves se perdieron

o se inundaron de silencio o sangre.

No se perdió la vida, hermanos pastorales.

Pero como una rosa salvaje

cayó una gota roja en la espesura

y se apagó una lámpara de tierra.

Yo estoy aquí para contar la historia.

Desde la paz del búfalo

hasta las azotadas arenas

de la tierra final, en las espumas

acumuladas de la luz antártica,

y por las madrigueras despeñadas

de la sombría paz…

Pablo Neruda, Canto General, fragmento.

Quise ceñirme hoy a la prosa impuesta por el intelecto. Leer, interpretar para escribir lo que la racionalidad investigativa me mostraba, como lo hice en los artículos anteriores, como lo he hecho a través de más de 30 años, pero no pude.

Quise escribir sobre las reflexiones nacidas de la lista de temas que tengo en carpeta, nacidos de mi irremediable e insaciable sed de aprender, pero no pude.

Quise que este Encuentro fuera un resultado exclusivo de las neuronas del cerebro entrenadas para hacerlo, pero no pude.

Cada palabra que escribía, eran borradas por mis manos de forma automática y en contra de mi voluntad.

Tomé la serie prevista para hablar del gran Octavio Paz, a propósito del centenario de su nacimiento, para comprender mejor su pensamiento y deleitarme con su poesía, pero no pude.

Cambié de tema, y decidí escarbar en mi interminable lista de pendientes, y localicé las obras de mi abuelo en la historia, Fernando Braudel, el maestro de mi padre histórico, Ruggiero Romano, y sencillamente, no pude, no pude, no pude.

Porque sí, porque en cada lectura que hacía solo alcanzaba a leer las palabras sin ser capaz de entenderlas, porque el corazón me palpitaba agitado y furioso buscando imponerse al llamado del intelecto, y sí pudo.

El corazón guio mis manos, y ellas comenzaron a escribir sin prisa, sin pausa, sin esquemas, ni intencionalidades precisas. Entonces me dejé llevar, y en súbito arrebato nacieron estos párrafos marcados únicamente por el sentir, sin mediar en lo absoluto el pensar. Comprendí también que tenemos alma que no se doblega ante las razones.

La vida es una hipérbole impredecible de sensaciones, sentimientos, razones y experiencias interminables e impredecibles. Y hoy, en la soledad y tranquilidad de este domingo travieso, mis dedos decidieron escribir solo el dictamen del corazón.

¿Qué puedo decir de este corazón herido, portador de tantas heridas endurecidas y acumuladas a lo largo de casi 60 años de vivencias y sensaciones?

¿Qué puede decir este corazón irremediablemente triste, que se ha negado al dictamen racional y decidido de la alegría a pesar de los pesares y de los múltiples dolores?

Mi corazón habló conmigo para calmar la ansiedad que me producía su rebeldía indomable y rabiosa. Me dijo a través de sus latidos que necesitaba hoy soltar las riendas a las tristezas para recuperar de nuevo a la alegría, que esperaba tranquila en la esquina su turno en nuestra ruta.

Sí, comprendí al corazón, porque la vida, la hipérbole, como dije, interminable de dolores, sabores, alegrías, tristezas, lluvia, risa, llanto, viento… provoca tristezas, rupturas y ausencias.

Y en la tarea irremediable de vivir, hasta que la muerte nos llame, tenemos que transitar por los caminos elegidos, a veces a paso lento y pausado, a veces con prisa y desesperación, a veces sin ganas, a veces sin motivaciones, a veces, sí, a veces, solo por la rutina y el impulso cotidiano de caminar solo por costumbre, solo por inercia.

Hoy, sí, hoy, es el domingo elegido para estar triste. Para no encontrar la armonía luminosa en el amanecer, ni para esperar con ansiedad el atardecer, disfrutando el espectáculo maravilloso que nos regala cada día la Madre Naturaleza cuando los rayos se debilitan primero y se esconden después. No es el día para disfrutar de la brisa, de la música, ni del no-hacer. Hoy es el día que he elegido para lamentarme de las ausencias y de las rupturas. Es el momento elegido para que las lágrimas tengan sentido, para que el infinito sea solo un referente, un instante donde pueda detenerse la mirada perdida.

No siento tristeza por nada preciso. Nada en particular me ha ocurrido. Me levanté y me percaté de algunas dolorosas rupturas, que mi sabio corazón había resguardado en su regazo para no hacerme daño, pero cansado de cargar solo con el peso de esta angustia, decidió dejarlas aflorar para liberarse.

En la defensa de la libertad de elegir y de sentir, he decidido hoy, en este domingo tranquilo, en que el cielo no llora, sino que brilla alegre y pretencioso sobre el mar Caribe que se emociona ante el calor recibido y destella diferentes tonalidades de azul, ofreciéndonos un espectáculo maravilloso, pero mi corazón triste se niega a verlo y a disfrutarlo.

Decidí dar riendas sueltas a mi tristeza, para revisar las razones de las rupturas, de las ausencias y los dolores que hoy marchitaron a mi viejo amigo, al compañero eterno de mi vida: mi corazón de mujer sensible de mediana edad.

Perdonen amigos, he querido compartir con ustedes estos sentimientos profundos de mi alma, sin notificarles los porqués, ya que esas razones corresponden al íntimo espacio personal, que solo comparto con sus responsables.

He decido escribir este Encuentro de ausencias y tristezas porque estoy segura que muchos de ustedes también han llorado, han recibido traiciones que provocaron rupturas dolorosas; han sentido la partida de seres amados que solo volverán a ver cuando el cielo los llame a su encuentro; porque todos nosotros, ustedes y yo, somos seres vivos de carne y hueso, que lloran, ríen, se apasionan, aman, besan, gritan, se enojan, se indignan, se resienten… porque somos, sencillamente, seres humanos.

 

Yo, incásico del légamo,

toqué la piedra y dije:

Quién me espera?

Y apreté la mano

sobre un puñado de cristal vacío.

Pero anduve entre llores zapotecas

y dulce era la luz…

y era la sombra como un párpado verde…

Pablo Neruda, Canto General (fragmento)