Hoy quiero hacerte algunas confidencias, compartir reflexiones, inquietudes por la perturbadora violencia que desangra el país llenando cada espacio de inseguridad y temor. Confesarte que me aterra la explosión de criminalidad, los asesinatos con frialdad y sadismo cometidos con mayor protagonismo de jóvenes, desde menores imberbes hasta gente curtida en el sicariato.
Voy a confiarte que conturba mi ánimo la delincuencia incontenible, desde raterías de muchachitos callejeros hasta el crimen ecológico y financiero, el robo millonario al Estado y los emergentes delitos tecnológicos.
Imagino que a ti también te angustia la peligrosa conjunción de narcotráfico, delincuencia y pobreza en un ambiente de inseguridad y crisis de confianza, las manifestaciones anómicas de una sociedad con creciente proclividad al delito, con gran propensión a transgredir normas y códigos que rigen nuestra convivencia.
Presumo tu indignación e impotencia ante la degradación moral, la corrupción e impunidad en nociva amalgama de bomba molotov con la violencia intrafamiliar, altos índices de homicidios y suicidios, accidentes de tránsito y el auge de la adicción al juego, droga y alcohol.
Esos y otros males intrincados en esta sociedad violenta, autoritaria, que se arma como si estuviera en guerra. Bueno, en cierto modo lo estamos, pues día tras día, a cada minuto, en ciudades y campos, en la calle o la casa nos amenaza una bala al acecho, un asalto, un secuestro.
Respuestas violentas. Quisiera poder decirte lo contrario, pero la nuestra es una sociedad violentamente estructurada, del hogar al Estado, de la escuela a las instituciones que manejan la violencia con respuestas violentas, generando más crímenes y agresiones.
Por eso te hablaré de una violencia que arraiga profundamente en el entramado político, económico, social y cultural. Fomentada desde altas instancias del Estado con represión y abusos de poder, reproducida en el estilo tradicional del quehacer político, en la forma de gobernar y educar, y que se propaga por todo el tejido social. La intervención estatal frente al delito tiene altos componentes de violencia, además de una incompetencia que nos deja la sensación de vulnerabilidad por la desprotección e incredibilidad en los organismos de seguridad y el sistema jurídico, induciendo a linchamientos que reeditan las ejecuciones extrajudiciales de la Policía.
Alerta. Sin duda te estremecen los horripilantes crímenes, los homicidios que dejan a sus víctimas con signos de sadismo, decapitadas, descuartizadas, brazos o piernas cercenados. Tal realidad no te es ajena y si te la rememoro es para alertarte sobre algo inquietante, de alto riesgo.
La resignación, nuestra peligrosa pasividad ante la criminalidad es más preocupante por la relación existente entre el grado de conformidad y la violencia, lo cual avalan estudios como el paradigma de Mirgram.
Nos vamos acostumbrando, acomodando, y así, poco a poco, lo que parecía inconcebible se ha vuelto una trágica realidad. Deliberadamente o no, nos volvemos tolerantes, temerosos, indolentes ante el drama ajeno, una conducta que refuerza la complicidad del silencio.
– Pienso que la sociedad no se fastidia y la permite porque esa violencia no está golpeando los sectores realmente de poder, dice Sergio Sarita Valdez, viceministro de Salud, encargado de Patología Forense:
– Además se tiene la creencia de que con violencia se combate la delincuencia, no es verdad, así aumentan las muertes, la delincuencia. Gandhi lo dice bien claro: Ojo por ojo y el mundo terminará ciego.
Sin duda compartes su opinión, pues la criminalidad afecta más la clase baja, pero el fenómeno se traslada a otros estratos, es cada vez más frecuente el asesinato de un profesional, de un comerciante.
En el hogar. No puedo dejar de comentarte inconcebibles paradojas, ironías de la vida. Cuesta creerlo pero es así, nuevos estudios lo confirman: la violencia germina en el hogar. Evidente o soterrada, brota entre gente que se ama, nutrida de engaños y desengaños, abusos, desamor y abandono.
Difícil concebirlo, en el que debía ser el sacrosanto recinto del amor anida la violencia, la cual se aprende y reproduce en el día a día familiar, el padre con una conducta licenciosa o autoritaria, la madre que traduce conflictos maritales en ira contra los hijos, futuras personas violentas.
Célula a célula esas familias conforman el tejido social, que se desgarra con cada mujer asesinada, un niño golpeado, cada hombre que se suicida o un joven que cae en la trampa del alcohol o de las drogas.
En la calle. Del hogar, la violencia sale a la calle, se vuelve sórdida en el tránsito, asalta, secuestra, asesina con el brazo ejecutor de sicarios, delincuentes y policías, llega al centro laboral con despidos, el trabajo opresivo y mal pagado, penetra a las escuelas con trifulcas y drogas, contamina parques y plazas, desangra los barrios marginados.
Las claves
1. Tolerancia
La sociedad se muestra tolerante ante la violencia, la reproduce y transmite, permite su arraigo en las estructuras de poder, de control económico, político y social.
2. Resignación y violencia
Todos aportamos al clima de violencia, a una conducta violenta que padecemos y/o participamos en su ciclo de formación. Según el paradigma de Mirgram, la violencia sádica se origina más que en patologías sicológicas, en el grado de conformidad al poder de influencia de una figura de autoridad: los gobernantes, el marido, su jefe en el trabajo… ya sea ejercida coercitivamente o no. Y así se va gestando, produciéndose comportamientos, crímenes donde no nos explicamos cómo se actúa en forma tan cruel o sádica.
Causas visibles y subyacentes
Como los efectos, algunas causas de la violencia se aprecian fácilmente, otras son subyacentes.
Investigaciones indican que aunque ciertos factores biológicos y otros individuales explican parte de la predisposición a la violencia, a menudo interactúan factores familiares, socioeconómicos y culturales. Es un problema multicausal con fuerte arraigo en la desintegración familiar y descomposición social, la exclusión y la pobreza, el desempleo y falta de acceso a la educación y la salud, las inequidades que provocan una fractura social amplia y peligrosa.
La violencia encuentra una de sus explicaciones en cambios bruscos, radicales, en nuestra identidad, en la ruptura de patrones sociales y culturales, el surgimiento de nuevos valores como resultado del choque de la cultura tradicional dominicana y la norteamericana, acelerado por la emigración.
Este fenómeno tiene profundas raíces en el sentido economicista del progreso que, centrado en el beneficio de unos pocos, legitima o legaliza la injusticia y el abuso económico, obligando al desempleo o a jornadas diarias agotadoras en dos o más trabajos, y al final el dinero no alcanza pese a las privaciones y el asfixiante pluriempleo.
La competitiva vida material compele a responder a las presiones de una cultura en constante cambio, a desbordadas aspiraciones que refuerza el bombardeo publicitario. Y surgen ambiciones desmedidas de dinero y poder, presiones acumuladas en hombres y mujeres que viven como en camisas de fuerza, con un frenético estilo de vida que los mantiene ansiosos, agobiados, lo que a la postre se traduce en rabia y desaliento que vuelcan en los más cercanos, los más débiles, vulnerables e indefensos.
Y sufrimos la violencia infantil, violencia de género, de la que el país es un notorio exponente, la violencia cultural, la política y la socioeconómica.