República Dominicana invertebrada

Hace 50 años que la República Dominicana se esfuerza en ser un país organizado, es decir, democrático, justo, institucionalmente fuerte y económicamente pujante. Tenemos elecciones pero la calidad del voto está lesionada por el mercantilismo y la escasa preparación política; tenemos justicia, pero avanza entre los que administran justicia una relativización del concepto del “imperio de la ley” hasta llegar a los extremos de la prevaricación; tenemos instituciones pero no podemos asegurar que sean fuertes porque cuando no están sesgadas por la corrupción están secuestradas por el oportunismo; y… hemos avanzado en lo económico pero los niveles de desigualdad se han incrementado, poniendo en entredicho las teorías de “goteo económico”.

Lo peor es que la mediocridad de nuestro desempeño en aspectos claves del desarrollo no se plantea como un problema. La mayoría de los políticos no ven cuan tensas están las cuerdas del país porque no hay presión social debido a que no hay ninguna creatividad opositora y es obvia la incapacidad de convocatoria de todos los agentes sociales. Salvo la cuestión electoral, y algunas manifestaciones religiosas, el país luce inmóvil socialmente.

Los líderes empresariales adolecen de vocación emprendedora, en general dependen del Estado, son rentistas y clientelares. Las cúpulas religiosas lucen desvertebradas de sus bases, tan atemorizadas de perder privilegios como cualquier estamento social y están sobrellevadas por esconder sus propios y muy criollos escándalos sexuales y económicos. Así, las elecciones son válvulas de escape, pero no de solución, y la paz social es una calma chicha que esconde una ebullición que de tan obvia es invisible.

La violencia, la falta de seguridad ciudadana, el desempleo abierto y el subempleo, el crecimiento económico comprometido desde la crisis del 2003 y el deterioro de los referentes, no son sucesos aislados y no son precisamente una garantía de que la relativa inmovilidad ciudadana pueda entenderse como un estadio de paz o de equilibrio.

No quiere decir que no haya políticos con visión; empresarios con fuerza y dedicación emprendedora; verdaderos y muy comprometidos líderes religiosos o magistrados con verdadera vocación de justicia. No quiere decir que no haya periodistas apegados al mandato de informar o que carezcamos de ciudadanos con deseos de apuntalar el bien común. Existen dominicanos que al dedicarle una reflexión al país, sin que les agobie el pesimismo, perciben que hay que hacer muchos esfuerzos para romper la inercia de la mediocridad. Sin embargo, por alguna razón no estamos empujando para el mismo lugar.

El tema de nuestros tiempos es precisamente recomponer los tejidos sociales, romper con los chantajistas que tienen décadas secuestrando la esperanza, los que construyen muros en vez de puentes, los que manipulan desde sus discursos patrioteros pero no aportan a ninguna solución estructural. Esos que sin votos, mandan. Sin legitimidad, inciden. Sin razones, vociferan; y sin fuerza propia amedrentan.

La popularidad del presidente Medina, ganada con algunos gestos, es una muestra de que el país se dispone a recomponerse. Hay que hacer más…¡es posible!