Reunión policial

PEDRO GIL ITURBIDES
Manuel de Jesús Pérez Sánchez debe sentirse satisfecho. Si están al día mis recuerdos y no falla mi memoria, es la primera vez que se reúne la mayor parte de los antiguos jerarcas policiales, para respaldar al Jefe de la Policía Nacional. Y no es para menos, pues la gestión del actual cabeza del cuerpo del orden público está signada por la violencia  Y en algunos casos, en su forma más cruel.

Se habla de que tal vez estos acontecimientos tengan la misma función que un petardo: están destinados a explotar a Pérez Sánchez. Por supuesto, entre nosotros la tragedia es una constante. En algunas comunidades las confrontaciones más cruentas eran característica del cotidiano vivir. Y no había fiesta campesina que en medio del bullicio de la música no se llevara un muerto. O más.

Contra tal inveterada y salvaje costumbre luchó Rafael L. Trujillo. Pero sus métodos, agotados por el paso de los años, no deben resucitar. Su simpleza empataba con la barbarie exhibida por nuestras gentes, y con ella recondujo conductas que, atenuadas por el paso de generaciones más tranquilas, se muestran recalcitrantes ahora.

El país contó en aquellos treinta y un años con jefes policiales como Federico Fiallo, capaz de diezmar un pueblo y no eructar cajitas de fósforos. En Puñal, una comunidad rural de Santiago de los Caballeros, conocida por sus sangrientas reyertas entre familias, sus métodos seguían el patrón veterotestamentario. El ojo por ojo se aplicaba sin reservas, y con ventajas. Puñal es hoy una tranquila población que conocemos gracias a que la civilización penetró de manos de tan desusados recursos.

Me cuentan que el general Fiallo contuvo los robos de rateros menores y de ladrones de mayor monta con manejos igualmente expeditivos. Los hombres bajo su mando tenían instrucciones precisas de amedrentar al autor de cualquier robo. Por increíble que nos parezca, lo soltaban. Sin embargo, antes de echarlo a la calle lo “aconsejaban” para que no repitiese su hazaña. Visto desde nuestra óptica de hoy, aquello era un disparate.

Al novel landronzuelo le resultaba cuestión de conciencia delinquir por nueva vez, luego de escuchar sermones tan convincentes. Porque de la reincidencia pendía la vida. Aquella fue época en que, al decir de cuantos tienen años para ello, se podía dormir con las puertas abiertas. Un factor determinante lo era la conducta personal de los integrantes de ese cuerpo.

Al capitán Ripley, que fue jefe del departamento de robos, lo conocí en su casa del ensanche Ozama, años después de ser un oficial retirado. Poseía la vivienda porque le fue asignada al promediar el decenio de 1950, cuando se edificó esta parte de la ciudad capital. Era hombre de vida modesta. Murió por cierto, en su cama y tranquilo, hace alrededor de tres años.

Fiallo, en cambio, probó en 1961 la certidumbre del antiguo adagio, de “que quien a hierro mata, a hierro muere”.

Readaptar conductas irredentas no es fácil. Cuando las agencias que la sociedad crea para cuidar y garantizar su seguridad y sosiego dejan de cumplir su deber, se tiende al libertinaje. Surgen, como resultado, días ignominiosos como los que vivimos. Como reacción a contrario, podría sobrevenir la violencia oficial. Pérez Sánchez se niega a seguir ese camino, pues ha cultivado a lo largo de su carrera, formas atemperadas de acción policial. Tal vez por ello reunió a sus predecesores, con quienes ha conversado sobre las experiencias de cada cual.

Alguno, sin duda, puede haber alentado sus métodos. Otros pueden haberlo advertido contra la cizaña que, junto a la mies, crece en la misma parcela. Pero tengo seguridad de que alguno le contó lo de Pedro Santana con las morocotas. Ustedes, sin duda, recuerdan este hecho, porque sin llegar al extremo, tiene mucho de los consejos que en tiempos idos se ofrecía a los nóveles rateros.

Ocurre que hacia 1855, en el poblado de Guerra, surgió una plaga de ladrones. Las familias de pujantes empeños resentíanse por ello. Y se acercaron quejosos al Presidente Santana. Entre sus hombres, tenía éste en Neyba a alguien parecido a quien andando los años se llamó Federico Fiallo. Y mandó por él, explicándole el problema de los moradores de la tranquila comunidad, que era paso en el camino real hacia el Cibao y el este.

El comandante Luis Lasala nunca sintió necesidad de reunirse con sus iguales, como Pérez Sánchez. Anunció, en cambio, que haría un viaje a Santo Domingo, dejando cuatro morocotas de oro, como perdidas, en cada esquina del parque de la población. Muy de madrugada, un día cualquiera, partió con su séquito, rumbo a la capital.

A su regreso, varios días más tarde, encontró a todos los moradores velando las morocotas en alborotados corrillos. No creo indispensable decirles que nunca más volvió a perderse nada, ni en Guerra, ni en los campos aledaños.