Revoluciones 1989

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Todo corre hacia su propia ruina o su irremediable fracaso.  Todo cuanto existe parece desviarse de su cauce natural para tomar un rumbo desconocido. Es inevitable que todo se arruine, que los sueños acaben en pesadillas, que los cambios inmovilicen la vida, que las revoluciones terminen siendo traicionadas. Toda revolución se resume en destruir un status quo y crear otro. En esta dinámica de destrucción-creación se concentra su esencia, su movimiento original y espontáneo. En el intervalo hay momentos histórico-universales muy significativos, y son ellos los que le otorgan pleno sentido y trascendencia. Ahí radica su grandeza.

 Pienso justamente en los grandes momentos que se producen mientras una revolución se va engendrando y tomando forma. Pude vivir uno de esos momentos en el otoño feliz de 1989, en los días de la Revolución de Terciopelo checoslovaca.  Se trata, a mi entender, de un momento universal de la humanidad en que ésta se reconoce como totalidad y se reconcilia consigo misma en una aspiración común.  Es un instante pleno y eufórico que exalta lo bello y lo sublime, instante único en que se anulan las diferencias y se superan las contradicciones, y los postulados de la revolución se vuelven universalmente válidos. Presente y futuro coinciden. La humanidad vuelve a ser una sola, irreductible unidad en la diversidad. No importa que después todo se desvanezca con el correr de los días. No importa que los valores se pierdan o se inviertan, en medio del tráfico vulgar de las cosas que todo lo contamina. No importa que los hombres se corrompan y que la revolución misma degenere y se convierta en nuevo aparato de opresión.  Sólo por ese instante privilegiado en que los seres humanos se encuentran y se reconcilian y son capaces de soñar juntos, y no por su derrotero posterior, las revoluciones son hermosas y valen la pena.

 Y, sin embargo, hay un sabor de desencanto en todas las revoluciones del pasado siglo. Fueron prometeicas. Quisieron robar para los hombres el fuego de los dioses y terminaron siendo devoradas. Soñaron transformar al hombre, liberarlo de viejas ataduras, y sólo le han atado a nuevas cadenas. Pretendieron crear una sociedad nueva, más libre y más justa, y sólo han creado mayores injusticias y servidumbres. La historia contemporánea ha sido también la historia de las utopías traicionadas y de las revoluciones malogradas.

 Cuando hace veinte años los pueblos detrás de la cortina de hierro se emanciparon del comunismo, imaginaron que entrarían automáticamente a un reino de prosperidad y felicidad que por décadas les había sido negado. Yalta había dividido y separado Europa Central de Europa Occidental. Las revueltas populares de 1989 volvieron a anexar aquellos pueblos al destino de Occidente. Ahora serían reincorporados a la historia europea, de la que habían sido arbitrariamente excluidos.  Crearían un orden nuevo, una sociedad libre y abierta, rica y próspera, con valores democráticos, una manera distinta de vivir y de ser. Por fin se abrirían para ellos las puertas del futuro, un futuro concebido desde siglos atrás como progreso infinito en libertad.

Veinte años son un lapso  más que prudente para pasar balance a los hechos, apreciar alcances y límites, evaluar resultados, prever consecuencias.  Veinte años es la cifra de una juventud. Admito que un balance crítico dista mucho de ser entusiasta. La tierna infancia de los países poscomunistas no ha sido todo lo feliz que uno hubiera deseado y ha estado preñada de dolores y traumas. La adolescencia ha sido difícil y conflictiva. No sería justo decir que una vez más queda ilustrado el mito de Saturno. La revolución no se ha tragado a sus hijos. Ha sido más benévola: los ha acomodado y relevado de puesto. Sus líderes han sido relegados a un segundo plano (Walesa) o convertidos en figuras decorativas o caricaturas de sí mismos (Havel), ante la mirada indiferente y la apatía generalizada de sus ciudadanos, motivados por otras urgencias.

Veinte años después, el reino de prosperidad y felicidad soñado no acaba de llegar, mientras los ciudadanos aún lo siguen esperando. Ahora saben que no basta disfrutar de libertad y democracia para ser ricos y prósperos. El nuevo orden  neoliberal encubre otras formas de enajenación. Obnubiladas por el espejismo de Occidente, las multitudes emancipadas hoy rinden culto al Objeto, supremo fetiche, y aspiran a un consumo desenfrenado. El afán de enriquecimiento rápido y la avidez de bienes materiales se apoderan de muchos, mientras la mayoría de la gente vive enfrascada en una lucha por la existencia y el estatus.

Tal parece ser el inconfundible “espíritu” de la época. Esta nueva realidad, compleja y contradictoria, ha acelerado el ritmo de vida y trastornado las escalas de valores y las relaciones interpersonales, que se han vuelto del todo utilitarias. Y lo peor: casi han desaparecido los antiguos vínculos sociales de solidaridad.

Toda sociedad está llamada a asumir y superar sus contradicciones o, de lo contrario, a sucumbir desgarrada por ellas. Las sociedades poscomunistas se enfrentan hoy a una doble contradicción: la oposición entre libertad e igualdad, por un lado, y entre libertad y seguridad, por el otro. Cualquier esfuerzo por superarla demandará las mayores energías y fuerzas creadoras de una colectividad. La respuesta sabia y eficaz de esas sociedades a este desafío sería su aporte original a la civilización contemporánea.  Sería, finalmente, otra tentativa por hacer coincidir el reino de la necesidad con el reino de la libertad.