Rilke y las Elegías de Duino

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En un reciente viaje a Italia, en compañía de una amiga dominicana, en la ciudad de Trieste, pude conocer el Castillo de Duino, donde el poeta checo, de expresión alemana, Rainer María Rilke, escribió su célebre libro, “Las elegías de Duino”, publicado en 1923. Fue allí donde Rilke concibió los versos más desgarrantes, en torno al destino del hombre.

La protectora y anfitriona de Rilke, en aquel majestuoso y hermoso castillo, fue la señora María Bonaparte, princesa Von Thurnund Taxis, también protectora de Freud y primera sicoanalista de Francia.

En el castillo pude leer los viejos manuscritos y observar las distintas portadas de las ediciones de este importante libro. Además, pude contactar el confort de las habitaciones y sus bellos jardines, con vistas a las costas del mar Adriático, en los cuales el poeta solía caminar, durante su larga estancia, en aquel mágico lugar, hoy convertido en museo privado de la ciudad de Trieste.

Pese a que Rilke no terminó de escribir allí sus elegías, gran parte de las mismas generan un sentimiento de panteísmo universal, lindante con la naturaleza y el clima del aquel viejo lugar.

A partir de esta experiencia, y a través de un modo discursivo sagrado o sacramental, para Rilke, las cosas elementales con las que compartimos nuestro periplo en la tierra—la casa, el puente, nuestro contacto con la naturaleza…–dejan de ser distinguibles de sus nombres, entran en el corazón, transformadas (traducidas) en nosotros mismos, y adquieren una salvación efímera (la condición efímera de esa salvación prometida es lo que convierte en una elegía el poema escrito en estado de éxtasis).

La naturaleza y las cosas son, pues, desgarrantes, desde y para la muerte, como unmisterio revelador. En Rilke, el ser es lo “inefable”. “Estamos tal vez aquí para decir: casa, puente, surtidor, puerta, cántaro, árbol frutal, ventana… pero para decir, compréndelo, oh para decir así, como ni las mismas cosas nunca, en su intimidad pensaron ser”. (Elegía IX). Sin embargo, la salvación es nombrar, o lo que es lo mismo, salvaguardar a las cosas y al ser de su destrucción y entropía. Al final, nombrar es ensalzar, pero aquello que es ensalzado no es algo que permanezca en un estado invariable, ni es esa inmutabilidad la razón de la celebración. Ser ensalzado significa ser transformado en un ser más fuerte.

Ahora bien, para que se lleve a cabo esa transformación no es suficiente con decirle al ángel lo decible; la transformación solo se soporta en el volver a contar una y otra vez. El ser humano emprende esta salvación porque en ella, accede a “otra realidad”, mucho más rica y plena que la realidad inmediata y fenoménica.

En esta búsqueda encontramos la afirmación suntuosa de la muerte. De nuestra propia muerte, aunque encontremos en las cosas de la vida nuestro propio horror. Así, la muerte está en relación con el movimiento tan difícil de aclarar nuestra propia vida. Esto no quiere decir que debamos ser artistas de nosotros mismos, como se desprende de las bellas individuales del Renacimiento; que debamos hacer de nuestra vida y de nuestra muerte un arte, y del arte una afirmación de nuestra propia persona. Rilke no tiene ni la tranquila inocencia de este orgullo, ni tampoco, como dice Maurice Blanchot, la ingenuidad: “No está seguro de sí ni de la obra, siendo, como es, contemporáneo de un tiempo crítico que obliga al arte a sentirse injustificado”. El arte es tal vez un camino hacia sí mismo, Rilke es el primero en pensarlo, y tal vez también hacia una muerte que sería nuestra, pero, ¿dónde está el arte? El camino que nos conduce al arte es desconocido. La obra exige, en efecto, trabajo, práctica, saber, pero todas estas formas de aptitud se hunden en una inmensa ignorancia. La obra significa ignorar que hay un arte, ignorar que hay un mundo.

Es cierto que en el plano existencial la alternativa parece posible: creemos poder abandonarnos simplemente a la vida, que si bien es informe, compensa con su intensidad. No es más que una ilusión; la vida encierra el germen de su propia destrucción: no solo a causa del tiempo sino también de la conciencia de vivir, que ya no es simplemente vivir. En el plano poético la opción ya no existe: escribir es crear formas, establecer un orden o una inteligibilidad en lo vivido. Pero ni ese orden ni esa trascendencia son la vida misma; por el contrario, todo lo que es configurado por la conciencia pierde su intensidad, se congela, muere–¿no tienen, justamente, estos poemas algo de “hielo justo”? Estas elegías, pues, intentan dar vida y, más bien, matan lo que nombran. O lo que es lo mismo, todo en ellas se extingue o apaga, dejando solo el canto de las cosas vacías.

Por ello las imágenes en estas elegías nunca se extravían en la extravagancia; su misterio no excluye la exactitud de la formulación verbal. El que tiendan a la abstracción más que a la sensorialidad les confiere un carácter no menos intenso: hacer del mundo un signo mental que nos devuelva su ritmo. Son imágenes que buscan no tanto describir o realzar la “physis” del objeto como modularla en un espacio a la vez real y virtual.

En una obra tan desesperada como la de Rilke, la utopía de la inocencia y de la reconciliación no es nada raro, y hasta puede ser previsible: funciona como el pasaje de la realidad del deseo, como la proporción entre el medio y el fin, como ese punto (¿alquímico?) en que todos los contrarios se fusionan y resuelven en una unidad mayor. Pero funciona también como una aporía. Ni fascinación ni ruptura, sino experiencia de la purificación.

La dualidad, para Rilke, conduce a la redención y también al éxtasis. El éxtasis no lo aleja del mundo, sino que lo sitúa más profundamente en él: es cuando se percibe que su poesía, en verdad, está más cerca de la inocencia de las cosas—y de las palabras—por el hecho de fijarlas en un tiempo puro.

Por supuesto, esta intuición no relega su voluntad de afirmar al hombre histórico, para de veras “habitar”el mundo. Pero lo cierto es que esa voluntad—muy presente en la última elegía—intenta también afirmar al hombre utópico, que, de algún modo, es el reencuentro con el hombre original.

Vivir y morir de eternidad sería, para Rilke, la forma más profunda de vivir y morir en, y, por el mundo. La eternidad se confunde con la intensidad de una vida plena, con alguna trascendencia.

En oposición a la experiencia desértica, estos poemas son un intento de “religamiento al mundo”: recuperación de lo original (el hogar, la infancia, lo sagrado); de nuevo, pues, la inocencia. Esas ideas no pueden hacer obviar otras: la propia naturaleza de las “Elegías de Duino“ y aun su sentimiento metafísico ante el mundo. Pero sobre todo está la transfiguración del universo mismo: la renovación de la vida y de la historia. Esta transfiguración es, por supuesto, “la revelación” última, el reconocimiento de que el destino del hombre está ligado a la posibilidad de la transformación existencial.